metafísica y capitalismo

abril 24, 2019 Comentarios desactivados en metafísica y capitalismo

El pensamiento de Hegel puede ser leído como una metafísica cristiana —o, si se prefiere, de un cristianismo pasado por el tamiz de Plotino—. Pues el espíritu absoluto que todo lo absorbe no deja de ser el trasunto del Uno que integra la totalidad de cuanto es. Ahora bien, quien dice cristianismo podría decir igualmente capitalismo. Pues el capitalismo es el único sistema económico capaz de hacer de las voces discordantes un objeto de deseo. Así, podemos protestar siempre y cuando sigamos comprando. De lo que se trata, al fin y al cabo, es de sentirse bien. Aunque sea contra el sistema.

Filosofía y fe

abril 23, 2019 Comentarios desactivados en Filosofía y fe

El creyente y el filósofo difícilmente pueden andar de la mano. Al menos, mientras el horizonte de la filosofía siga siendo el de una cierta autosuficiencia, algo así como un estar por encima de lo que pueda sucerdernos. Incluso de cuanto pueda sucederle al otro. No es casual que los griegos estuvieran convencidos que nada humano sobrevive a la catástrofe, literalmente, al derrumbe de los cielos. En cambio, para el creyente la cuestión es, precisamente, qué vida cabe esperar tras la caída de Dios. Y su secreta convicción —o no tan secreta— es que acaso solo entonces comenzamos propiamente a vivir, si es que sobrevivimos.

fijación creyente

abril 22, 2019 Comentarios desactivados en fijación creyente

Un creyente permanece, por definición, fijado a su creencia. En gran medida, es su creencia o, si se prefiere, en su creencia. Sin embargo, esto no significa que el creyente esté atado a la superstición. Pues creer no es lo mismo que idolatrar. La existencia creyente está referida por entero a aquel que no termina de aparecer, aquel que se encuentra más allá de la presencia. El enteramente otro constituye, en este sentido, el principio de integración que impide que la existencia se disperse en los motivos que la distraen, los que nos convierten en reos de nuestra circunstancia. Incluso donde estos motivos exigen de nosotros la mayor concentración (como ocurre en el caso de los juegos que se toman en serio). La concentración —la ocupación en una tarea— no es mucho más que un sucedáneo de integridad. El punto de partida del creyente es, por tanto, el de un comprenderse a sí mismo como arrancado de una genuina alteridad. El otro como tal es aquel que se encuentra eternamente en falta. La eternidad del absolutamente otro es la eternidad de su sustraerse a la presencia. Las imagenes que nos hacemos del otro, aquellas que regulan el comercio diario con quienes nos rodean, pueden darnos la impresión de que estamos ante el otro. Pero se trata de una ilusión. Pues las imágenes son, precisamente, cuanto cabe asimilar del otro. Y asimilar es matar. Donde nos hacemos una imagen del otro, el carácter otro del otro ha dado un paso atrás. Ahora bien, en el momento que el creyente se pregunta por la adecuación de su creencia —una vez tematiza su creencia como representación problemática— deja de ser creyente para situarse en la posición de quien decide sobre la verdad de sus contenidos mentales. Desde la óptica de este último, lo primero no es un encontrarse ante el exceso de la alteridad, sino ante su representación de dicho exceso, y, por eso mismo, para él no puede haber otra verdad que la que se entiende como correspondencia entre la idea que nos hacemos de los hechos y las hechos. Sin embargo, el otro como tal, en tanto que se revela como el resto invisible de lo visible, nunca podrá darse como el objeto de una representación mental. La verdad aquí, antes que adecuación, es acontecimiento, aquel por el que el otro tiene lugar como el que no termina de tener lugar. El otro como tal no posee la entidad de cuanto puede ser tomado o percibido. De ahí que haya más realidad en el fue que en lo que pueda ser indicado —en lo perdido que en lo poseído—. La alteridad del otro es para el hombre un eterno por-venir. Es lo que tiene el haber sido arrojados a la existencia: que no podemos evitar comprendernos, salvo olvido o ignorancia, como los que dependen, en un sentido muy elemental, de aquel cuya desaparición hizo posible nuestro estar en el mundo. El creyente, antes que pensarla, sufre la ausencia del otro, lo cual da pie tanto al asombro como a la inquietud, por no decir al escándalo. Al fin y al cabo, es posible que el ateísmo sea un error. Como lo es también la creencia en fantasmas. A menos que el fantasma sea esa voz espectral que, precisamente porque aún no es nadie, invoca al hombre desde un pasado inmemorial para, precisamente, llegar a la presencia.

no dualidad

abril 21, 2019 Comentarios desactivados en no dualidad

Están de moda las espiritualidades de la no dualidad. Y podemos suponer que su éxito se debe a la necesidad de compensar el aislamiento de una existencia que ha quedado reducida a la función de una pieza en un engranaje. En lo más hondo de sí misma, la mónada aspira a salir de su soledad. Ahora bien, el éxito no deja de ser un malentendido. Que no haya dualidad significa que no hay alteridad. Por tanto, si aún nos preocupa la verdad, no podemos evitar preguntarnos, si realmente hay alguien en verdad otro o, por el contrario, la separación es una ilusión de la conciencia. Pues si lo hay, la fusión no puede ser en modo alguno el horizonte de una espiritualidad bíblica. Y bíblicamente es indiscutible que haberlo, lo hay. Pero no como, literalmente, lo imaginamos. Cuanto se nos muestra como otro no es nadie realmente otro, sino la imagen —la representación— que nos hacemos del otro, aquella con la que tratamos a diario, la que inspira nuestro deseo o provoca el rechazo. El otro como tal retrocede en su mostrarse a una determinada sensibilidad. El enteramente otro es, por defecto, aquel que se encuentra en falta, fuera de campo. Por eso, el otro como tal no admite un trato. Siempre negociamos con lo que el otro nos parece que es, pero no con lo que es en verdad. Con respecto a esto último, tan solo cabe responder, cuando menos porque el otro se revela de entrada como la voz que nos invoca más allá del presente —desde su no terminar de ser sin nuestra respuesta—. Su extrañeza —su indigencia, su carácter espectral— es lo que no es posible asimilar, el resto invisible de lo visible. Es lo que tiene el haber sido arrancados de su presencia. De ahí que lo primero en relación con Dios —el absolutamente otro— no sea el ver, sino el escuchar. En este sentido, el desiderátum de la existencia no es la fusión, la cual implica la disolución de los polos, sino el encuentro. Pues el encuentro preserva, al superarla, la distancia de la alteridad. Por parafrasear a Karl Rahner, Dios en los cielos seguiría estando más allá. No es casual que cristianamente digamos que de Dios tan solo veremos el rostro de de aquel que volvió de la muerte con vida, mejor dicho, con la vida de Dios, en el doble sentido del genitivo.

horror vacui

abril 20, 2019 Comentarios desactivados en horror vacui

Ahora las Iglesias están vacías —y nos quejamos—. Pero antes, aunque llenas, también nos quejábamos, pues —decíamos— no son todos los que están. La distinción entre los cristianos por inercia y los auténticos fue operativa hasta que los primeros, o mejor dicho, sus hijos, abandonaron el barco. Por no hablar de las disputas de la baja Edad Media entre los representantes de una Iglesia corrupta y los carismáticos. Quizá la fe siempre haya sido un asunto de pocos. Pero, en cualquier caso, es difícil que el cristianismo sobreviva sin la masa crítica de sus falsificadores. Como si lo genuino necesitara de lo espurio para legitimarse a sí mismo.

ambigüedad de la caída

abril 19, 2019 Comentarios desactivados en ambigüedad de la caída

Con la caída, fuimos arrancados de la presencia de Dios. Es por esto que Dios deviene el enteramente otro, la alteridad que los mundos tienen pendiente (y por la que el mundo es, precisamente, mundo). Sin embargo, la caída dio pie a un extrañamiento de sí —a una mayor conciencia— y, por eso mismo, a una genuina libertad. Pues la conciencia es, en primer lugar, conciencia de la separación. Y ciertamente la separación es dolor, pero también liberación. A diferencia del chimpancé, el hombre se encuentra a una cierta distancia de sí mismo. De ahí que experimente el afuera (incluyendo el propio cuerpo) como el campo de lo posible. ¿Se trata de una maldición? No lo tengo tan claro. Ciertamente, con la conciencia de sí el hombre cree que la posibilidad es su posibilidad. Y, en este sentido, decimos que existe de espaldas a Dios, sometido a la impiedad. Pero al mismo tiempo, con la caída, el hombre se abre a la posibilidad de responder a la demanda que procede, precisamente, de Dios y no solo reaccionar al clamor con la que esa demanda se expresa, como si simplemente fuéramos máquinas compasivas (aunque solo sea a veces). Somos libres porque somos responsables —porque se nos exige una respuesta y no solo una reacción—. El otro se revela como el que nos acusa donde aparece como el que no aparece, como el que fue sepultado por nuestra voluntad de autosuficiencia. Y ante la acusación no responder es ya un responder. El otro es aquel con el que estamos en deuda, aun cuando como arrancados no nos lo parezca. Al menos porque el otro como tal quedo reducido a impotencia —desplazado a un pasado inmemorial— con el desprecio de Adán. Estamos en deuda —y por tanto, sub iudice— porque Dios se dejó desplazar para que dejáramos de ser unos chimpancés. Con la caída, el hombre es aquel referido al otro avant la lettre y no solo a su imagen, aquella con la que negociamos a diario. Quizá tengamos que leer la caída, no únicamente como maldición, sino como el último acto de la creación del hombre. Como si Dios no quisiera ser sin la respuesta incondicional del hombre, la cual solo es posible, como sabemos, sin Dios mediante, en aquellas situaciones en las que no parece que haya Dios.

encuentros en Pamplona

abril 18, 2019 Comentarios desactivados en encuentros en Pamplona

En las charlas que vamos dando por ahí a propósito del tema, observo que hay dos tipos de oyentes. Los que están del lado de la comunión con el fondo nutricio del cosmos, por decirlo así, y lo que están por la transformación del mundo, aunque crean que se trata de un imposible. Las teologías que hay detrás no son, estrictamente hablando, las mismas. Los primeros suelen decantarse por una concepción oriental o pseudo-gnóstica de la divinidad, mientras que lo segundos parten de la indignación bíblica ante el sufrimiento indecente de tantos y, en este sentido, son más sensibles a aquello de Bonhoeffer de que estamos ante Dios, sin Dios. En este sentido, no deja de llamarme la atención que entre el público siempre haya quienes, durante el turno de las intervenciones, manifiesten que se sienten unidos a lo divino hasta el punto de proclamar, no sin provocar mi perplejidad, que son uno con dios. Por lo común, suelen ser mujeres, quizá por aquello de que la sensibilidad femenina, cuando menos tópicamente, es más proclive a la disolución oriental. En cualquier caso, no puedo evitar la impresión de que estamos ante una variante de la negación del principio de realidad, por decirlo a la manera de Freud. Pues el mundo se rige por una lógica dialéctica: hay bien porque hay mal (y viceversa). Sencillamente, si todo fuera luz, no habría luz. Creo que la perspectiva bíblica es más lúcida. Al menos, porque admite que el mal parece tener la última palabra. No es casual que en el libro de Job, la bendición y la maldición terminen mostrándose como las dos caras de una y la misma trascendencia. La vida y el horror se nos dan desde el horizonte de la des-aparición Dios. Es lo que tiene haber sido arrancados de la presencia divina. Desde la óptica del monoteísmo bíblico, el asombro y el escándalo van de la mano. O lo que viene a ser lo mismo, la esperanza y la desesperación son debidas a un Dios que se encuentra en falta o fuera de campo —un Dios que se ofrece como por-venir—. Dios no es, así, la sustancia del mundo —el fondo nutricio al que nos referíamos antes—, sino el quien que los mundos tienen pendiente y por el que el todo no es aún el todo. Para el creyente —para aquel que se encuentra sujeto por entero a la imposible posibilidad de Dios— el mundo pende del hilo de una última palabra, una palabra que nosotros no podemos pronunciar. El hombre, en tanto que arrancado, existe de espaldas a Dios y, por eso mismo, no tiene solución. O mejor dicho, no la tiene desde su lado. El sí no es algo que podamos dar por descontado, aun cuando el creyente viva desde la convicción de que el sí que fue proclamado con anterioridad a los tiempos, como quien dice, y que dejamos de escuchar, salvo como el rumor del espíritu, tras la caída, prevalecerá sobre la negación que divide a los hombres, tanto interiormente como socialmente. Y ello en nombre de la experiencia del don, de una vida que nos ha sido dada desde la nada —el aún nadie— de Dios. El creyente, sencillamente, permanece a la espera, aunque ignore el cómo y el cuándo.

Podríamos decir que, al fin y al cabo, la cuestión que aquí está en juego es nuestra relación con la alteridad tot court. En el caso de la espiritualidad a la oriental —la que defiende una especie de no dualidad, tan en boga hoy en día— no hay propiamente alteridad. En el de la espiritualidad bíblica, es lo único que hay. De ahí que el carácter enteramente otro del otro —su extrañeza— sea, precisamente, lo que siempre se encuentra más allá de las imágenes que del otro nos hacemos, las que incitan nuestro deseo o desaprobación. La extrema trascendencia del otro aparece, por tanto, como lo que no aparece en el aparecer —como el resto invisible de lo visible—, y en este sentido no termina de darse. La naturaleza sagrada —intocable o inaprehensible— del otro se ofrece como indigencia, como un no terminar de ser sin nuestra respuesta a su invocación. Por eso, para una sensibilidad bíblica, lo primero es la llamada —el clamor— que nos arroja fuera de los muros del hogar. El otro interrumpe nuestra existencia como el que nos acusa de impiedad —y, cristianamente, como el que nos acusa con su perdón—. Ante la aparición del intocable —ante su demanda—, el creyente se avergüenza de seguir siendo como antes. Por eso, bíblicamente no hablamos de iluminación —de un ahora caigo en la cuenta—, sino de revelación. Pues la revelación siempre se decide desde el lado del otro. No se trata tanto de un saber como de un responder (y un confiado esperar), no tanto de la felicidad como de la redención, de un ser liberados de nuestra constitutiva impiedad (y aquí la dicha se da, de darse, como un producto lateral). Es verdad que, por detrás de ambas espiritualidades, hay inquietud, la creencia de que existimos en medio de aguas que nos cubren, por emplear la hermosa expresión de Thomas Merton. Y es verdad también que la sensación de formar parte ayuda a superar la soledad que muchos padecen a causa de la vida que nos ha tocado vivir. Pero no es lo mismo creer que la redención se origina en el otro —que nuestra fe es la respuesta a la fe de Dios en el hombre, un Dios que aún no es nadie sin el fiat del hombre— que creer que de lo que se trata es de tomar el sol para sentir que formamos parte de su poder. El Dios bíblico nunca fue homologable al arkhé de los filósofos, ni por supuesto, a la equívoca inmensidad del océano. Pues nadie dijo que las aguas que nos cubren, a veces tan placenteras (de placenta), no terminasen ahogándonos.

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