ahora ya sé

julio 5, 2020 § Deja un comentario

La experiencia mística supone, según cuentan, un abrir los ojos a la verdadera realidad. Ahora ya sé. De ahí la incompatibilidad entre el místico y el sujeto de la reflexión, el que se pregunta si acaso su sensación de certeza no tendrá que ver con las maniobras de un genio maligno. Más aún: ¿acaso no serían místicos aquellos topos que, por un instante, vieran el mundo que, con tenacidad, taladran? ¿No se equivocarían si creyesen que han experimentado el cielo? La lúcida impresión del místico ¿está libre de sospecha? ¿A quién sirve su verdad? Mejor aún: ¿quién la necesita? ¿Acaso aquellos que verían justificada su creencia en un Dios-ente, aunque fuese magmático? ¿No podría ser que fuera el síntoma de quienes, habiendo purificado su alma, ya pueden ser devorados, tras morir, por aquel con quien se han unido antes de tiempo? ¿No hay aquí demasiado saber, aunque sea afásico, como para poder hablar de Dios? ¿No será ese Dios excesivamente real como para ser verdadero?

lo insuficiente

julio 4, 2020 § Deja un comentario

No es que el hombre, a diferencia del chimpancé, no tenga suficiente con lo suficiente, sino que tampoco le basta con el todo. Como si el todo no pudiera ser el todo para el hombre. De ahí su inquietud. Pues nadie que sea inquieto se encuentra en donde está.

La carretera

julio 3, 2020 § Deja un comentario

En un mundo sin Dios, tan solo puede caber un Dios encarnado. Hay que leer The road de Cormac McCarthy para entender, cuando menos, de qué va el cristianismo.

Leningrado

julio 1, 2020 § Deja un comentario

El hambre te somete a la tiranía del cuerpo. Cuando llevas días sin comer, no eres más que tu estómago. El hambre fácilmente nos deshumaniza, nos transforma en bestias, revelando como impostura cualquier elevación. En las grandes hambrunas de la historia, el prójimo se presenta, por lo común, como el que quiere devorarte. A ti y a tus hijos. De ahí que la invocación de Dios en tiempos de hambre sea el clavo al que se agarra el último resto de humanidad. Sin embargo, esa invocación no se dirige a un Dios que aún quepa imaginar. En realidad, se trata de un pedirle a Dios por Dios, o en clave mesiánica, de la pregunta por el quién de Dios: ¿quién saciará nuestra hambre? Y la respuesta nunca será el deus ex machina de las tragedias griegas, sino aquellos hombres y mujeres que responden a la invocación de los hambrientos como la invocación misma de Dios.

todo Heidegger (o casi), en unas pocas frases

junio 30, 2020 § Deja un comentario

A pesar de la jerga, el pensamiento de Heidegger es muy simple, lo cual no equivale a simplón, obviamente. Todo gira en torno a la cuestión de la verdad, que es lo mismo que decir en torno al sentido del Ser. ¿De qué hablamos cuando hablamos de lo que en verdad tiene lugar? No, de cuanto sucede, sino de lo que acontece, en definitiva, de lo que aparece como dado. Pues lo dado solo es posible desde el retroceso —la desaparición— del donante, por decirlo así. En cambio, la simple sucesión de los hechos siempre es relativa a la conciencia que decide qué puede ser admitido, precisamente, como hecho. La verdad del observador omnisciente e imparcial no es la de quien, en medio de la escena, se enfrenta a la muerte. Aquí, la pérdida se revela como el estigma de lo real. Como si no hubiera otra alteridad que la que dejamos atrás donde el mundo se convierte en el campo de un posible dominio.

Hoy en día, el prestigio de la verdad científica es indudable. Ahora bien, el científico no deja de ser un entomólogo. Todo es insecto. Como si el científico ocupara la grada de Dios. Sin embargo, la verdad que se le revela a quien fue arrojado al mundo —y se experimenta como tal— no es una mera impresión. Más bien, se trata de la verdad más originaria, aquella por la que el sujeto, a pesar de su extrañamiento de sí, sigue formando parte de un exceso. De ahí que ciencia y deshumanización vayan a la par. Al menos, en tanto que el científico trata con el mundo sin preguntarse por la falta —el olvido— que ha hecho posible la autonomía del mundo. Al fin y al cabo, el hombre de la civilización técnica es un instrumento de la voluntad de poder, la que se rige por el principio de si es posible, debe hacerse. No en vano Nietzsche sostuvo que donde muere Dios, muere también el hombre. Como tampoco es casual que Heidegger fuera quizá el lector más perspicaz de Nietzsche.

Gran Torino

junio 29, 2020 § Deja un comentario

Hay más verdad en las palabras de Walt Kowalski —Clint Eastwood— que en el sacerdote con quien dialoga sobre la vida y la muerte. El sacerdote, solo tiene respuestas. Walt, preguntas sin solución (y por eso mismo, únicamente podrá ofrecer gestos). Estamos ante una variante de la parábola del fariseo y el publicano. Se encuentra más lejos, quien se cree más cerca de Dios. Con esto, ya está dicho todo. La urticaria que provoca la Iglesia, aún actualmente, ya no se basa, obviamente, en el ejercicio de un antiguo poder (y donde hay poder, hay abuso de poder), sino en su facilidad para dar respuestas. Sobre todo, antes de tiempo.

una salvación moderna

junio 28, 2020 § Deja un comentario

El capitalismo, al convertir la mercancía en fetiche, sobre todo si es de marca, ha conseguido que nos creamos que la salvación no pasa por la renuncia a las cosas mundanas, sino por poseer lo que brilla. Evidentemente, basta con poseerlo para que de repente deje de brillar. De ahí que la propuesta del mundo sea algo así como un de oca en oca y tiro porque me toca. Entretenido, sin duda. Pero se trata de la dicha del hamster. Tenían razón los clásicos, desde Platón hasta Montaigne: la felicidad no pasa por satisfacer nuestro deseo, sino por la capacidad para reconocer el carácter excepcional, por no decir milagroso, del presente. Y esto exige desenmascarar la ilusión —derribar unos cuantos ídolos—, lo que no es fácil. Para los clásicos, la vida del espíritu, la fortaleza interior, comienza con el memento mori. Ciertamente, podemos preguntarnos qué vida cabe esperar cuando el mundo se hunde bajo nuestros pies —qué milagro, para los vencidos. Pero este es otro asunto.

Terrence (1)

junio 26, 2020 § Deja un comentario

El poeta es capaz de rescatar la belleza que anida en el fondo de lo prosaico. También el horror. En cualquier caso, solo puede hacerlo separando el trigo de la paja —la plata de la ganga. Pues en lo prosaico todo es mezcla. De ahí que el poema muestre una belleza absoluta, sin tara. La cuestión es cómo lo muestra. Pues de hacerlo directamente la revelación se hundirá en las cristalinas aguas del mito —en la imagen paradigmática—, con lo que resultará increíble (aunque también ilusionante). Quizá el único modo de evitarlo sea contando una historia en donde la belleza —el bien, la bondad— se ofrece como un destello de pureza en medio de la degradación. Pero aquí, nos quedará un sabor agridulce. En el primer caso, la belleza es suprema (y por eso mismo, divina). Está ahí, indiferente a las luchas de los hombres, aun cuando necesitemos del poeta para verlo. En el segundo, deviene promesa. Aunque en ambos casos no podamos evitar la sensación de que la belleza no es para nosotros. Como si tan solo fuera posible contemplarla. De hecho, es lo único que cabe hacer frente a un Dios. Esto, y permanecer fiel a la obligación de preservar la distancia. Aunque sea al precio de morir a manos de los heraldos de la oscuridad.

Jakob, el padre de Freud

junio 25, 2020 § Deja un comentario

Freud se avergonzó de su padre porque no fue capaz de responder a la humillación que sufrió de un antisemita. Sencillamente, no estuvo a la altura del paradigma del padre. Algo semejante podríamos decir de un Dios que cuelga de una cruz. ¿De veras? Vergüenza debería darnos… Pero una fe que no parta de este avergonzarse de Dios —de lo que la cruz revela acerca de Dios— sigue siendo una ilusión.

Ciertamente, la lectura habitual de la resurrección deja a la cruz en mal lugar. Como si esta hubiera sido una anécdota desagradable. Al fin y al cabo, Dios, al levantar al crucificado de entre los muertos, demostró su poder ex machina. Pero esta lectura, aunque probablemente fuese la que hicieron los primeros cristianos, recuerda demasiado a la historia de superman —el pobre Clark Kent es, en realidad, un superhombre— como para poder ser verdadera (y esto aun cuando las cosas hubieran sucedido tal y como nos las cuentan). O también al cliché de los personajes de Bruce Willis: el paria, el desarraigado, al final se carga a los que inicialmente le vacilaron. Es como si Freud hubiera finalizado el relato sobre su padre diciéndonos que su humillación fue aparente… dado que, después de levantarse del suelo, destrozó a golpes el rostro de quien le había humillado. Pero no hubo final feliz en ese caso. Tras ese episodio, Freud cayó en la cuenta de que no tenía padre —que nadie, de hecho, lo tenía. Acaso la modernidad sea la época, y Freud contribuyó, sin duda, a ello, en la que la figura del padre se revela como ficticia. De ahí que para el sujeto moderno un Padre, con mayúsculas, siempre esté por ver —o por venir.

Con todo, a Freud quizá le falto unas dosis de perspicacia cristiana para comprender de qué iba el asunto. Al menos, porque lo que la cruz revela es que el verdadero padre no es el que nos sojuzga, estando por encima de nosotros, sino aquel con cuya debilidad el hijo debe cargar. Esto es lo que significa un Dios que, contra toda expectativa, se identifica con las víctimas —y solo desde ahí nos provoca. Nadie sabe quién es Dios si antes no lo ha despreciado. Papá en realidad pesa como un muerto. El cristianismo no dice mucho más que lo que sucede —o sucedió— entre el Padre y el Hijo, a saber, que el Padre no tiene otro rostro —otra presencia— que la del Hijo que, al sobrellevar su impotencia, ocupa su lugar. Por lo común, como los niños que seguimos siendo, no queremos saber nada de un padre tan real —tan de carne y hueso (y este es uno de los sentidos de la encarnación). De ahí que prefiramos un padre fantástico. Pero en esto consiste nuestro extravío. Pues nadie sabe quién es hasta que no sepa quién es su verdadero padre —qué es lo que su padre quiere de él. Y, ciertamente, no es lo que imaginamos.

qué difícil es ser mujer

junio 24, 2020 § Deja un comentario

Decía Freud poco antes de morir que, tras años de hurgar en la psique de tantos, aún no sabía qué es lo que quiere una mujer. Traducción: la mujer, en gran medida, permanece en su insatisfacción. Nada —ni nadie— puede colmar su deseo. Esto, sin duda, podríamos decirlo también del hombre. Pues va con el desear, al menos porque el deseo siempre promete en falso. Sin embargo, de lo que aquí se trata es de la relación con el propio deseo. Y la relación no es exactamente la misma en un caso y en otro. La figuras que fijan nuestro deseo son imposibles, algo así como una contradictio in terminis. Así, y con respecto al deseo sexual, la mujer deseará un amo al que poder dominar, mientras que el hombre a una mujer de putamadre. Es obvio que si el hombre fuese una bestia, la mujer no podrá dominarlo: el fantasma de la otra seguirá ahí. Pero también lo es que si comiera de su mano, terminaría despreciándolo por calzonazos. Paralelamente, ningún hombre puede admitir que una madre se comporte como una vestal: la boca que besa a sus hijos no puede ser la que lo succiona.

Sin embargo, socialmente, el hombre puede lidiar con su deseo, exorcitar su hechizo, al permitírsele separar las imágenes antagónicas que lo configuran. La puta por un lado, la madre, por otro. Tradicionalmente, al hombre se le ha tolerado que tuviera una amante, siempre y cuando su relación no saliera a la luz —siempre y cuando la esposa pudiera guardar las apariencias. Ya se sabe: los hombres son así. Podríamos decir que la institución familiar se sostiene sobre el silencio de la mujer: sé que hay otra, pero de momento haré como si no lo supiera. El amor, en este caso a los hijos, exige sacrificio. Pero aquí el sacrificado es siempre el mismo —en realidad, la misma. Culturalmente, la mujer nunca tuvo la oportunidad del hombre de separar las figuras contradictorias de su deseo. Una mujer promiscua es tachada de zorra. Incluso hoy en día, a pesar de que el discurso oficial legitime su liberación. Al fin y al cabo, el trato entre hombre y mujer no deja de ser un asunto político. Pues la cuestión de fondo es quién manda, aunque aquí las relaciones de poder queden enmascaradas al operar sobre un deseo que espontáneamente se concibe como natural. Y en el juego del poder pierde quien tiene más que perder. Claudica antes.

Ciertamente, podríamos decir que una mujer, por cómo es, nunca aceptará separar los dos rostros del deseo: la bestia debe comer de su mano; no hay otra mujer para el príncipe. Pero también podríamos preguntarnos si aquí, más que enfrentarnos a una esencia, no estaremos naturalizando lo que, en definitiva, es el efecto de lo político, a saber, que la mujer quede fijada a su fantasía. O dicho de otro modo, que el hombre diga que la mujer, por definición, no es capaz de lidiar con su deseo acaso tenga más que ver con lo que el hombre necesita decirse a sí mismo. A la mujer no se le permite desembarazarse de su naturaleza. Hay en el hombre un miedo posicional —un temor a perder su posición natural con respecto a la mujer. Sencillamente, el hombre no sabría qué hacer ante una amazona. En cualquier caso, como decía Lacan, el amor es dar lo que no se tiene a alguien que no lo quiere. Y aquí aún queda mucha tela por cortar.

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la evidencia de la fe

junio 23, 2020 § Deja un comentario

La fe de los apostóles reposa sobre una evidencia: Jesús resucitó de entre los muertos y se apareció a unos cuantos. Estamos ante un dato, aunque no en el sentido objetivo de la expresión, pues de entrada ninguno de los que vieron al resucitado llegó a verlo como tal. Las apariciones tuvieron lugar a través del reconocimiento. Y no hay reconocimiento que no repose sobre un cierto saber de antemano —sobre una expectativa—, en este caso, la del mesianismo apocalíptico de la época: al final, resucitarán los muertos para que Dios pueda hacer justicia. De ahí que los testigos de las apariciones estuviesen convencidos de que el fin de los tiempos era inminente: Jesús fue, sencillamente, el primero. Y, por eso mismo, Jesús sería el encargado de juzgarnos en nombre de Dios. Ahora bien, lo curioso es que Jesús resucita en otros, esto es, como otro… que sigue siendo el mismo. Sin duda, estamos ante algo enormemente desconcertante. Con todo, las apariciones no se limitaron a la imagen: el visionario —desde Maria hasta Pablo— no solo ve, sino que, sobre todo, escucha. El testigo es invocado por el que regresó de la muerte con la vida de Dios. De ahí que el testigo no se limite a constatar: debe responder. Un testigo, precisamente, es el que testifica, en el sentido casi jurídico de la expresión. Y testificar es dar (la) fe. Hasta aquí los hechos. Más o menos.

Algunos exegetas sostuvieron en su momento que los relatos de las apariciones no son más que relatos que pretenden legitimar posiciones de autoridad dentro de las primeras comunidades. Ciertamente, no podemos evitar, como modernos, creer que dichos exegetas tienen razón. O al menos, algo de razón. Pues para nosotros, la resurrección no puede ser un dato de la experiencia. Pero nos equivocamos donde proyectamos hacia el pasado lo que solo vale para nosotros. Si Pedro, Pablo, María de Magdala… estuvieron legitimados a liderar sus comunidades es porque antes se les apareció el resucitado —porque vieron lo imposible. Desde fuera nadie puede ver lo que el testigo ve. De haber estado junto a María cuando reconoció a su rabbuní nosotros hubiéramos visto tan solo a alguien que sufre una variante del síndrome de Capgras: cree estar hablando con el muerto… al hablar con el jardinero. Al igual que un antiguo aborigen australiano no vería dinero en lo que, para él, no puede ser más que un pedazo de papel… al que nosotros le conferimos un valor que, en realidad, no tiene. Sin embargo, hay dinero, aun cuando el aborigen, desde los presupuestos del mundo al que pertenece, sea incapaz de verlo. O mejor, aunque en su mundo no pueda haberlo.

Así, y contra nuestro prejuicio moderno, podemos decir que hubo resurrección y no una lectura, entre otras, de hechos en sí mismos neutros porque la lectura que da pie a la fe no es exterior a la visión. Esto es así, a pesar de que, en nuestro mundo, la resurrección no pueda darse como un dato de la experiencia. Toda visión supone un ver como, un cierto saber sobre lo visto, una mínima interpretación. No hay algo así como hechos químicamente puros. El carácter sagrado de un tótem, pongamos por caso, no se añade a la visión de un simple tronco de madera. No es que, quienes reconocen al tótem como tal, primero vean un tronco y, posteriormente, proyecten un significado sobre él. De entrada, ese tronco de madera es más que un tronco de madera. En cualquier caso, dicho significado tendría que añadirse, y no sin que se tambalease, si el mundo en el que ese tronco aparece como sagrado hubiera sido dejado atrás. Es lo que ocurre hoy en día con respecto a Dios: que la fe ya no reposa sobre la evidencia, salvo en el caso de quienes permanecen pegados a la superstición de la infancia, sino sobre el supuesto. La muerte de Dios, en realidad, es la muerte del mundo de Dios —del mundo donde cabe sentir la presencia de Dios como cabe sentir, aunque no del mismo modo, la presencia de árboles o montañas. De ahí que la visión de Pablo camino de Damasco no fuese tan solo un modo de expresar figurativamente una nueva lectura de los hechos. No hay aquí un como si. Pablo no dijo como si se me hubiese aparecido el Señor al igual que nosotros no decimos, ante un foca, veo algo como si fuera una foca. El problema es que nosotros ya no podemos tener la experiencia de Pablo y compañía. Para nosotros, en cualquier caso, vale lo que la resurrección revela, a saber, que Dios no tiene otro rostro que el de un crucificado —que Dios no es nadie sin el cuerpo que cuelga de una cruz. Pero uno podría preguntarse perfectamente qué fe puede mantenerse en pie donde no encuentra un arraigo en lo sensible —donde difícilmente podemos seguir tomándose en serio la aparición de un cuerpo espiritual, algo así como un oxímoron. Quizá no sea casual que, para sobrevivir, el cristianismo se transformara con Agustín en una religión de la interioridad, al constatar que esto del fin de los tiempos iba para largo.

¿antes espirituales que cristianos?

junio 22, 2020 § Deja un comentario

El cristianismo, hoy en día, no puede entrar a competir con otras fuentes de sentido. Y no solo porque su credo haya dejado de ser espontáneamente inteligible, sino también, y quizá sobre todo, por su carácter disruptivo. Sin duda, muchos cristianos viven su fe como una opción perfectamente legítima entre otras. Como si la comunidad fuese un club. Pero por eso mismo, el cristianismo pierde por el camino su pretensión de verdad, su fuerza originaria, su vigor. Por no hablar de la tendencia a acentuar, dentro de las comunidades postconciliares, todo cuanto provoque buen rollo. Así, preferimos hablar de solidaridad antes que de sacrificio —de compasión antes que de un encontrarnos sub iudice frente a los que sobran. No sea que perdamos a los parroquianos.

Ciertamente, el punto de partida de cualquier vida interior es un sentimiento de pertenencia. Y esto es indiscutible. Sin embargo, lo natural hoy en día es que este sentimiento no presuponga un quien espectral. La paz que experimentamos ante un puro haber, como leemos en Las ensoñaciones del paseante solitario de Rousseau, esa paz en donde el canto de los pájaros, el rumor del viento, la luz… se nos presentan como silencio, no apuntan a ningún dios que habite tras el paisaje. En esa paz, el hombre se libera de las coerciones de la identidad. El sentimiento de formar parte anula cualquier diferencia social, la inquietud por ser alguien, el deseo de reconocimiento. No es casual que los desiertos, a pesar de su ambivalencia, hayan sido considerados, dentro de las diferentes tradiciones espirituales, no solo como el lugar de un combate interior, sino también como el de la revelación. En frase de Merton, tarde o temprano deberíamos experimentar que formamos parte de aguas que nos cubren. Para la vida espiritual, lo razonable hoy en día, al menos aquí en Occidente, es recuperar las tradiciones helenísticas, volver al estoicismo o al epicureísmo.

Sin embargo, el cristianismo no juega en la misma liga. El Dios cristiano no responde a la necesidad espiritual del hombre. O al menos, no responde tal y como el hombre espera. El Dios que pende de una cruz no es el final de un camino interior. Hay una discontinuidad entre lo que el hombre espera de Dios y la verdad de Dios. Pues lo que el hombre espera de Dios es lo que espera de sí mismo, una elevación, un ensanchamiento del alma. De ahí que un Dios caído en desgracia sea inaceptable para quien espera participar de la vida de Dios. Dios es interrupción. Y quien dice Dios, dice el sufrimiento de los abandonados de Dios. De ahí que el punto de partida del camino cristiano sea el grito de los desamparados, de los que no forman parte, los excluidos del mundo. La voz de Dios siempre nos coge con el pie cambiado. Como se lo cogió a Moisés, mientras estaba cuidando a sus cabras. Moisés deja de estar en paz, tras haber escuchado el clamor de los esclavos de Egipto como una voz insoslayable —como el clamor mismo de Yavhé . Sencillamente, ya no pudo volver a ser el mismo. Ese clamor no incitó tan solo un sentimiento de compasión, sino que lo situó ante un tener que responder a una demanda, en el doble sentido de la expresión. Tan solo basta con imaginar a Moisés arando los campos alrededor de Auschwitz para hacernos una idea de lo que estamos hablando.

Ahora bien, cuanto hemos dicho a propósito de lo poco razonable que resulta el cristianismo hoy en día, ya lo encontramos en los evangelios. La perícopa sobre el joven rico no pretende decirnos otra cosa. Como sabemos, el joven que se dirige a Jesús cumple con la Ley. Y cumplir con la Ley significa, entre otros asuntos, atender a la viuda, al huérfano, al extranjero. Estamos ante un buen tío, un solidario. Sin embargo, no tiene suficiente. Y en este punto la respuesta del maestro es, cuando menos, desconcertante: despréndete de cuanto posees, dáselo a los pobres, y sígueme. Es demasiado —superogatorio, diríamos en técnico, algo admirable pero que humanamente no nos podemos exigir. Los discípulos fueron perfectamente conscientes de que Jesús se había pasado de rosca. ¿Quién será capaz? De ahí la respuesta de Jesús: solo Dios puede hacer del hombre lo que es imposible para el hombre. Traducción: tan solo el hombre que se encuentra sujeto por entero al llanto de aquellos con quien Dios se identifica. Actualmente podríamos decir que si se trata de ahondar en la vida interior, basta con que seas budista. Pues en el budismo también hay mucho de compasión. Pero la pregunta es qué hay más allá. Y esta pregunta no nos la planteamos mientras no topemos con el muro del Mal. Pues el Mal es un Poder del que no llegaremos a liberarnos simplemente haciendo los deberes. La guerra, como decía Levinas, revela la moral —la pretensión espiritual del hombre— como farsa. Cristianamente, todo comienza con la cruz, esto es, con el derrumbe de los cielos. Cuanto antecede, es penúltimo, si no irrelevante.

mort

junio 21, 2020 § 1 comentario

La muerte de quienes forman parte de tu mundo —papá o mamá, el amigo, el hermano, el hijo…— significa nunca más volveré a verte. Se fueron dejándote un hueco —un cráter. Ciertamente, muchos creen que la muerte es un traspaso, un cruzar la puerta que nos separa de otro mundo o dimensión. Pero el que demos por descontado que nos reencontraremos en el más allá impide que caigamos en la cuenta de la profundidad del asunto. Aquí y ahora, su partida es irreparable. Ahora bien, por eso mismo, llega un momento en que los muertos pesan más —están más presentes— que los vivos. Como si al final no quisiéramos otra cosa que ir hacia ellos (y de ahí que la suposición de que continuan vivos en el más allá enmascara que, en el fondo, se trata de un querer, aunque no de un simple ya me gustaría). Sobre todo, si perdimos a nuestros hijos. Puede que, en definitiva, la seriedad de la existencia consista en tener que responder a la voz de un fantasma. Evidentemente, esto resulta inaceptable para quien sostiene que no hay más que lo medible. Sin embargo, probablemente no haya otra realidad —otra solidez, otra presencia— que la que del desaparecido. El resto es, precisamente, apariencia. Aun cuando podamos cuantificarla.

lo que fue

junio 20, 2020 § Deja un comentario

Quizá, una vez hemos acumulado unas cuántas pérdidas, debido, por lo común, a nuestras desafecciones o ilusiones, creamos que cualquier tiempo pasado fue mejor; que no supimos ver el relieve de lo que nos traíamos entre manos. Sin embargo, el valor solo se nos revela después de echarlo a perder. En el día a día, prevalece el trato. Y en el trato solo tenemos presente lo conveniente, la satisfacción, el ajuste. El valor ya estaba ahí. Pero antes tuvimos que dejarlo ir para caer en la cuenta. Y quien dice valor, dice amor.

un poco más de Hobbes

junio 19, 2020 § Deja un comentario

Hobbes se dio cuenta de lo que muchos hoy en día parecen ignorar, a saber, que decir que el mundo es Dios equivale a decir que no hay Dios. Ateísmo y panteísmo no dejan de ser las dos caras de una y la misma moneda.

el sujeto de la reflexión

junio 18, 2020 § 1 comentario

Descartes en el articulo sexto de sus Principia dice lo siguiente: pero aunque el que nos ha creado fuera todopoderoso y se complaciera en engañamos, no por ello dejamos de experimentar una libertad tal, que cuantas veces nos plazca podemos abstenernos de adoptar en nuestra creencia las cosas que no conocemos bien. Traducción: como hombres y mujeres capaces de interrogarse sobre la verdad de las creencias más espontáneas, las que van con el hecho de formar parte del mundo, podemos distanciarnos de lo dado. Incluso nuestros deseos pueden ser contemplados como un implante —como un picor. Evidentemente, el deseo sigue ahí. Pero ya no posee la misma fuerza, el mismo poder de seducción. El sujeto de la reflexión —el de quien vuelve sobre sí mismo con la intención de alcanzar la sólidez de cuanto es en verdad más allá de lo que nos parece que es— no juega en la misma liga que la de quien se pliega sin más a lo que se dice o se hace, a la inercia de lo común. Ahora bien, que, para el amante de la verdad, el mundo termine siendo algo extraño —que lo obvio pase a ser problemático— implica una extrañeza de sí, al menos en tanto que su cuerpo sigue perteneciendo al mundo. De ahí que la cuestión sea cómo regresar —como integrar el fruto paradójico de la reflexión. Pues el que busca la verdad, ciertamente, ya no podrá creer como quien no quiere la cosa en lo se da culturalmente por descontado. Pero a cambio no podrá ofrecer otro saber que el que confiesa que aún cuando haya realidad, no es para nosotros. Esta —y no otra— es la definitiva lección del platonismo: con respecto a lo absoluto tan solo obtendremos verdades inútiles. Esto es, díficilmente podremos evitar quedarnos con el pie cruzado. Es lo que tiene la dialéctica, la visión de que el carácter otro de lo real —la alteridad tot court— solo puede revelársenos desapareciendo como tal en su mostrarse a una sensibilidad. O por decirlo de otro modo: hay un hiato —y un hiato insalvable, desde nuestro lado— entre el Otro y su aspecto o manera de ser, de tal forma que el Otro es lo eternamente pendiente del mundo. En cualquier caso, la vida queda transformada —o si se prefiere, dislocada— por este saber. Como si la reflexión consistiera en anticipar la ancianidad.

resurrección y síndrome de Capgras

junio 17, 2020 § Deja un comentario

Podríamos entender las apariciones del resucitado como una variante del síndrome de Capgras: es él mismo, pero no es el mismo. Como en los sueños, cuando hablas con tu padre —y sabes que hablas con él— a pesar de que estás hablando con otro. Sin embargo, esto es lo que podríamos decir nosotros hoy en día. En modo alguno, María, la que incialmente confundió al maestro con el jardinero: dime dónde lo has puesto. Ella sencillamente, de admitir nuestro diagnóstico, hubiera creído que, gracias a su síndrome, llegó a ver lo que nadie más podía ver. Todo lo que vemos depende de lo que damos por sentado con respecto a lo que hay, de los que presupuestos que rigen una determinada visión del mundo. Y María, junto al resto de los testigos, en absoluto podía poner en cuestión que hubiera un más allá. El problema es que el más allá, modernamente, se ha convertido en el objeto de una creencia —en la suposición de la subjetividad creyente. Quizá, con respecto a este asunto, no tengamos más remedio que partir de la sentencia del cuarto evangelio: dichosos los que creen sin haber visto. La cuestión es qué supone este punto de partida en relación con la naturaleza de la fe. Pues no se trata de caer en el fideísmo. Aunque tampoco de quedarse solo con el Jesús que andó por Galilea anunciando el final de los tiempos.

sobre poesía y verdad

junio 16, 2020 § Deja un comentario

La poesía supone la ruptura del uso habitual de las palabras por la que el puro haber llega al lenguaje. No tiene sentido preguntarse si el verso afortunado es verdadero, si se corresponde con los hechos. Es verdadero porque está bien dicho —porque las palabras tienen peso o, mejor, porque soportan el peso, no necesariamente insufrible, de lo patente. No hay hechos que puedan verificar el logro del poeta. Sencillamente, las cosas tienen que ser tal y como las dice el poeta. No hallaremos ningún explicación, ningún argumento en el poeta. Tampoco ninguna exhortación moral. La rosa es sin porqué, escribió el Silesius. De ahí que el poeta sea un heraldo —un receptor, un inspirado. No inventa, descubre. Y lo que descubre es un motivo de asombro donde los demás no vemos más que costumbre. El poeta revela la extrañeza que amaga lo familiar. Aunque lo descubra jugando con las palabres. O por eso mismo. Para el poeta hay más. Pero este más no se encuentra en otro mundo. En realidad, el más es más lo mismo, pero visto como dado —como donación. Hay más verdad —más presencia— en unas botas desgastadas, que en las que aún podemos usar. Hay más verdad en lo inútil que en lo útil. El poeta, al proporcionar una palabra a lo intratable, deja que lo que es simplemente acontezca. Sin embargo, lo dado no es solo la paz, aunque sea la que sucede a la derrota, acaso la única que humanamente nos corresponde. También, se nos concedió el horror.

Russell

junio 15, 2020 § Deja un comentario

Ayer me entretuve releyendo algunos de los fragmentos dedicados a la existencia de Dios del libro de Bertrand Russell Por qué no soy cristiano, un libro que leí hace ya tiempo, cuando era un adolescente. Las tesis de Russell son las típicas del libre pensamiento, aun cuando algunas, en la forma, sin embargo, de cuestiones a resolver, fueron avanzadas por el nominalismo medieval, por no hablar de Platón. La principal, quizá, sostiene que si las leyes del mundo obedecen a la voluntad de Dios, entonces o bien son sin razón —y, por tanto, el mundo pende de lo arbitrario y, para llegar a este punto, basta con el azar— ; o bien, la voluntad de Dios se encuentra sujeta a razones, y en ese caso tampoco necesitaríamos de la mediación de un Dios. Sin embargo, la impresión que me llevé releyendo a Russell es que eso ya lo sabíamos. Los argumentos de Russell son definitivos con respecto a un dios que se concibe al modo del ente, aunque lo carguemos con esteriorides. Un dios-ente formaría parte de la totalidad, y por tanto su más allá sería solo un efecto óptico, algo relativo a nuestra posición, a lo que nos parece que es divino: también nosotros seríamos dioses para aquellas lombrices que fueran capaces de, cuando menos, intuirnos. Pero lo que encontramos en la Biblia es que la realidad de Dios no puede concebirse según los modos del ente. Y no porque se trate de algo o alguien cuyo perfil no terminamos de percibir con nitidez debido a su superioridad. El misterio de Dios no responde a nuestra ignorancia o impotencia, sino al hecho de que, en tanto que absolutamente otro, siempre queda fuera del mundo —de hecho, fuera de los tiempos— como el Otro eternamente pendiente. Pues la pérdida de la genuina alteridad es la condición de la existencia del hombre —de su estar en el mundo, en cualquier mundo, incluyendo, de haberlo, el sobrenatural.

De ahí que no sea secundario que, bíblicamente, Dios en verdad, y frente a lo que espontáneamente se nos presenta como divino —lo gigantesco, lo desproporcionado o sin medida—, se revele como promesa de Dios, esto es, como su eterno por-venir. Desde el punto de vista del monoteísmo bíblico, de Dios tan solo tenemos lo debido a Dios: el don y la Ley —una vida que se nos ofrece, desde el horizonte de la nada, como milagro o excepción, y el deber de preservarla frente a la amenaza que supone nuestra voluntad de poder, de querer ocupar el lugar de Dios. Podríamos decir que el presente de Dios es su testamento, en el sentido casi forense de la expresión. La desmesura de Dios no es la una fuerza inconmensurable, sino la de su estar en falta —la de su des-aparición o paso atrás. Aquello que nos supera no es, salvo episódicamente, el fenómeno paranormal, sino el silencio de Dios en Getsemaní. Aunque también —y esta sería una aportación cristiana— la palabra que sucede a ese silencio, el perdón de un crucificado como apestado de Dios. En cualquier caso, la bendición y la maldición, desde la óptica de Israel, son las dos caras de una misma —y extrema— trascendencia. Nadie se encuentra expuesto a Dios que no sufra, de entrada, su falta. Sin embargo, esta falta nos obliga a la fraternidad. Una cosa va con la otra. O al menos, esta es la convicción bíblica. De ahí que solo podamos reconocernos como hermanos —como iguales— bajo el peso de un cielo impenetrable. La promesa de Dios es, en realidad, el envés de su ausencia. Como arrancados de Dios, el clamor del hambriento nos invoca como si de nuestra respuesta dependiera el sí o el no de nuestro estar en el mundo. Por eso mismo, ante Dios —un ante Dios que es sin Dios, como decía Bonhoeffer— nos vemos empujados a elegir entre la fraternidad y el infierno. No es cierto que si Dios no existe, todo esté permitido. Al contrario: porque el haber de Dios es el de un pasado anterior a los tiempos —Dios es el que fue y, en el mejor casos, será—, tan solo nos tenemos los unos a los otros. Dios es el misterio del mundo. De cualquier mundo. Incluso del de los ángeles. Y esto significa que la existencia no se resuelve, si es que pudiera resolverse, en los términos de un saber de Dios. Ni siquiera hipotético.

De Dios no veremos otro rostro que el de aquel que carga con el peso de su trascendencia… y obra en consecuencia. Es solo por su obrar —por su fidelidad— que podemos creer que el verdugo no pronunciará la última palabra. Y aquí el no pronunciará debe entenderse según el modo del imperativo, y no como si simplemente se tratase de una desiderata: solo porque hubo un gesto de piedad en medio del horror, podemos creer que Ha-Satán no juzga el mundo —que lo juzga Dios. Aunque no nos lo parezca. Ahora bien, precisamente porque Dios no es aún nadie sin el fiat del hombre —y esta sería la convicción cristiana—, el juez del mundo no es otro que el que fue crucificado en nombre de Dios, esto es, en su lugar. Sin embargo, para entender cuanto acabamos de decir hay que estar situados en la posición de quienes no pueden evitar ver el mundo como un campo de combate entre las fuerzas del bien y las del mal. A ojos de Israel —es Israel fue un pueblo de parias—, la historia es una teodramática. Desde la grada del espectador, no veremos más que un mundo que en modo alguno puede desprenderse de la ambigüedad, de su estar tensado por la oposición entre el Yin y el Yan. Desde la distancia teórica —literalmente, desde la posición de un dios— el sufrimiento de los hombres solo nos alcanza por empatía. Y la empatía en cualquier caso nos inclina a la reacción, pero no a un tener que responder. Para esto último, tendríamos que sentir el peso de la acusación, aunque, cristianamente, se trate de la acusación que se desprende de un perdón ofrecido de antemano. Pero este es otro asunto.

sin Buda

junio 14, 2020 § Deja un comentario

Actualmente, en muchas canchas cristianas se da por descontado que solo la espiritualidad oriental nos proporciona el lenguaje con el que poder seguir siendo cristianos. En este sentido, el libro de Knitter Sin Buda no podría ser cristiano sería algo así como el manual del nuevo progresismo cristiano. Sin embargo, cristianamente lo que deberíamos decir es que sin Moisés, no podríamos ser cristianos. Desde la óptica oriental, Jesús no es mucho más que un maestro de verdad, en modo alguno el quién de Dios, su modo de ser —aquel con el que Dios se identifica en el centro de la historia y, por eso mismo, llega a ser el que es. A lo sumo, el que representa un Dios cuya esencia es independiente de la respuesta del hombre a su invocación —como Adriana Lima puede representar el paradigma de la belleza femenina en Occidente—, pero no aquel sin el cual Dios aún no es nadie. Sencillamente, el Dios que se revela en la cruz, precisamente, como un Dios crucificado no es el denominador común de las diferentes sensibilidades religiosas. El cristianismo no es una manera, entre otras, de acceder a la cima de Dios. De hecho, el Dios de la fe cristiana es inaceptable para quien presupone que la esencia de Dios está determinada de antemano. Entre otras razones porque Dios tiene un cuerpo y un cuerpo que cuelga de un madero como si fuera un apestado de Dios. Estamos lejos de la tesis de Knitter con respecto a la naturaleza de Dios, la que sostiene que Dios no es más, aunque tampoco menos, que el espíritu de interconexión. Y estamos lejos porque, cristianamente, el espíritu, ese resto, no se nos entrega antes de la cruz, tal y como se nos dice en el evangelio de Juan. Literalmente, el espíritu es de Dios, un espíritu, tal y como proclama el credo, que procede del Padre y el Hijo, de su encuentro en la cruz. El problema de una fe a la Knitter es que el espíritu no es, cristianamente, una especie de fondo nutricio al que deberíamos conectarnos, si se trata de vivir con plenitud. Desde la óptica cristiana, el espíritu es un don, un resto, lo que queda de Dios donde ya no queda nada de Dios. Y esto es lo mismo que decir que el espíritu es lo que permanece de un Dios que se hizo hombre —y consecuentemente, mortal—… porque no quiso ser sin el hombre. El espíritu, en tanto que alcanza el tuétano del creyente, atestigua la presencia de Dios en la historia tras el acontecimiento de la cruz. La esperanza —y como dijera Pablo, fuimos salvados en la esperanza— no encuentra otro motivo que el espíritu que mantiene con vida al arrodillado. Es por el espíritu de Dios que el arrodillado pudo ofrecer un gesto de misericordia en medio del infierno, algo que el mundo no puede admitir como su posibilidad. De ahí el carácter increíble de la esperanza creyente.

Por tanto, podríamos decir que la dificultad de la tesis de Knitter es que resulta demasiado razonable como para que podamos confesarla. En cualquier caso, se trata de una suposición entre otras. Sencillamente, la propuesta del nuevo cristianismo progresista no es un evangelio para los que sobran, los gaseados. De hecho, los Auschwitz de la historia revelan toda fe en el espíritu de interconexión como farsa. El punto de partida de la fe es la fe que tuvieron quienes, en medio del infierno, ya ni siquiera podían sentir a Dios —la fe de los muertos, de aquellos que ya no tenían vida por delante. Se trata de una fe que no se ofrece como saber, ni siquiera hipotético, sino como un gesto de piedad donde no cabía ninguna piedad. Esto es, sin Dios mediante. O en los términos de Bonhoeffer, estamos ante Dios, sin Dios. La fe en Jesús parte de la fe de Jesús. Es la fe de Jesús la que nos salva —la fe por la que cabe esperar, contra todo pronóstico, que el verdugo no pronunciará la última palabra. Por eso mismo, el cristiano debe responder a la pregunta que Jesús, el galileo, le hizo a Pedro: ¿y tú quién dices que soy Yo? De lo contrario, la fe deja de ser una confesión para convertirse en una simple conjetura.

sabiduría y dicha

junio 13, 2020 § Deja un comentario

Antes de la irrupción del cristianismo, el saber, en su sentido sapiencial, siempre fue la condición de la felicidad. Pues es feliz quien sabe vivir. Ahora bien, la pregunta es en qué consiste dicho saber. Y podríamos decir que, al fin y al cabo, se trata de aceptar que no hay solución —que las piezas del puzle nunca terminan de encajar. Estamos ante algo así como la ley de la gravedad de nuestro estar en el mundo. Comenzamos a saber de qué va el juego una vez admitimos—y abrazamos, al menos en lo posible— la discordia, el desencuentro, el hiato. Y no porque no sea posible encontrarse, sino porque el encuentro, de darse, solo tendrá lugar como reconciliación. Ahora bien, la reconciliación, contra el espejismo de la fusión, preserva las distancias. Únicamente quien permanece en el mundo de Instagram, por decirlo así, cree que cabe realizar su deseo tal y como se presenta. Se trata, obviamente, de un error. El deseo, en realidad, está hecho de piezas incompatibles. Así, la mujer puede soñar con un amo al que poder dominar, una bestia a la que transformar con su amor. Pero en el caso de topar con un amo, difícilmente llegará a dominarlo. Y si lo consiguiera, tarde o temprano, terminará despreciándolo. Paralelamente, el hombre puede fantasear con una mujer de putamadre. Sin embargo, es elemental, o debería serlo, que los términos que forman la expresión son incompatibles. El destino de una existencia centrada en el deseo es la insatisfacción, el desprecio de sí, la desdicha. Sencillamente, creer que queremos cuanto deseamos es propio de aquel que ignora de qué va el juego. Para vivir la vida, hay que saber. Y no es fácil. Cuando menos, porque fácilmente sabemos qué deseamos —un deseo no deja de ser un implante—, pero no lo que queremos.

crisis

junio 12, 2020 § Deja un comentario

Durante las crisis, lo que quiere la gente es que haya alguien que se haga cargo de la situación —que cargue con su peso. Esto es, que tome las riendas, haciendo frente al griterio habitual —y cambiante— de las opiniones. Al fin y al cabo, que ofrezca una salida, un final feliz. Hablamos del líder o, en judío, del Mesías. El problema es que, en situaciones críticas, siempre habrá quien se presente como redentor. Y cuesta distinguir al verdadero del falso. Más bien, tendemos a dejarnos seducir por el falso. Pues la verdad no suele hechizarnos. De ahí el carácter desconcertante del canto de Isaías sobre el siervo sufriente: el redentor no aparecerá como tal, sino como el chivo expiatorio que soporta sobre sus espaldas nuestra tara. René Girard probablemente diera en el clavo con sus tesis sobre el carácter revelador de la cruz, al menos desde una perspectiva antropológica: el sacrificio salvífico, tal y como lo concibe la religión política, es una ilusión óptica. Y esto es lo mismo que decir que no hay solución política a los problemas de la política. O mejor, la solución política no termina de ser una solución, sino en cualquier caso una solución de compromiso, un parche. En bíblico, no hay solución histórica a los trances de la historia. Es lo que tiene estar en el mundo: que erramos de tregua en tregua, mientras seguimos soñando con una paz ex machina.

el libro negro

junio 11, 2020 § 1 comentario

Leyendo el Libro negro de Ilyá Ehrenburg y Vasili Grossman, un inventario de las masacres nazis sobre territorio soviético, escrito sobre todo a partir del testimonio de los supervivientes, uno no puede evitar preguntarse de nuevo cómo fue posible. ¿Quién será capaz de tanta barbarie? Aquí no tardamos en ponernos junto a Hobbes, al menos en lo que respecta al diagnóstico: el hombre no es de fiar, no tiene remedio. Homo homini lupus. No es causal que Hobbes escribiera su Leviatán teniendo muy presente las guerras de religión que, en su momento, devastaron Europa. El libro comienzo con la matanza de Babii Yar en Kiev. Miles de ancianos, mujeres y niños, principalmente judíos, murieron sin piedad a manos de los alemanes —y con la entusiasta colaboración de la población no judía. El relato te hiela la sangre. Puedes seguir con el resto de matanzas. Pero hay que tener estómago. Sencillamente, nos enfrentamos a la desproporción. Y ante esta, la normalidad deviene una farsa. Puede que no haya Dios —y si lo hubiera, no sería tal y como nos lo imaginamos. Pero de lo que no hay duda es de la existencia de Ha-Shatán. La paz es siempre una tregua.

Sin embargo, nos equivocaríamos si creyéramos que los alemanes que invadieron Kiev —y los colaboracionistas ucranianos— fueron los malos, mientras que nosotros, los que fácilmente nos escandalizados ante sus actos, estamos del lado de los buenos. Mientras no salte la chispa, todo el mundo es bueno. O más o menos. Entre los carniceros de Kiev, hubo buena gente. Pero en el corazón de la buena gente anida espontáneamente el odio, el resentimiento, la rabia. La raíz es el desprecio natural: el cerdo español, la rata catalana, el pijo, la cucaracha tutsi. La nani que cuida de tus hijas con cariño casi maternal será la primera en anudarles la soga al cuello… si se diera la ocasión. Como si el hombre solo pudiera comprenderse a sí mismo —estimarse— en relación con el enemigo, aquel que representa lo peor, la tara que no podemos soportar en nosotros mismos. El chivo expiatorio fue antes un chivo, esto es, un animal abyecto. Para amar al enemigo, antes tendríamos que dejar de ser quienes somos. Y no parece que esté en nuestras manos dejar de serlo.

De hecho, el mismo llyá Ehrenburg escribió lo siguiente:

«¡Maten! ¡Maten! En la raza alemana no hay nada aparte de mal. ¡Acaben con la bestia fascista de una vez para siempre en su guarida! Apliquen fuerza y rompan el orgullo racial de esas mujeres alemanas. Tómenlas como su despojo legal. ¡Maten! Cuando su asalto avance, ¡Maten, ustedes, bravos soldados del ejército Rojo!» Más aún: «¡Maten! ¡Maten! En la raza alemana no hay nada aparte de mal. ¡Acaben con la bestia fascista de una vez para siempre en su guarida! Apliquen fuerza y rompan el orgullo racial de esas mujeres alemanas. Tómenlas como su despojo legal. ¡Maten! Cuando su asalto avance, ¡Maten, ustedes, bravos soldados del ejército Rojo!»

Y por si no bastara con lo anterior:

«Los alemanes no son seres humanos […] No debemos hablar más. No debemos excitarnos. Debemos matar. Si no has matado al menos un alemán en un día, has derrochado ese día […] Si no puedes matarlo con una bala, mátalo con una bayoneta. Si tu sector del frente está tranquilo, o estás esperando para un gran ataque, mata un alemán mientras tanto. Si dejas un alemán vivo, él matará a un ruso, violará a una rusa. Si ya has matado a un alemán, mata a otro. Nada nos es más grato que un montón de cadáveres de alemanes. No cuentes los días. No cuentes los kilómetros. Cuenta solamente el número de alemanes que has matado. Mata al alemán, es lo que te pide tu abuela. Mata al alemán, es lo que te pide tu hijo. Mata al alemán, es lo que te pide tu patria. No lo olvides. No lo dejes pasar. Mata.»

otro mundo

junio 10, 2020 § Deja un comentario

¿Hay otro mundo? Sin duda, es el mundo extramuros —un mundo aparte. El que habitan los excluidos, los que sobran o apestan. Se trata de un mundo inconmensurable, sin proporción. Ahí no hay cielo que valga —ninguna imagen que garantice un sentido, una ubicación. El dios de la ciudad —se muestre con aspecto humano o magmático— es un dios doméstico y, por eso mismo, un dios a medida del hogar. Nada que tenga que ver con la verdad de Dios. La pregunta por Dios solo puede plantearla el excluido —y la plantea como invocación de un Dios que ni siquiera puede concebir, un Dios imposible. Solo el excluido posee legitimidad para hablar de Dios. Y poco tendrá que decirnos si es que no prefiere callar. Pues el Dios con el que se encontrará, de encontrarse, no es otro que un Dios, a su vez, excluido —un Dios que está, en el mejor de los casos, por venir. En realidad, nadie topa con Dios, sino con aquel que ocupa su lugar. De ahí que no tenga sentido llenarnos la boca con lo que nos parece que es Dios. De Dios, tan solo lo que se desprende de su originario paso atrás —en judío, el don y la Ley.

inadmisible

junio 9, 2020 § Deja un comentario

Lo que no puede admitir nuestro mundo —el ángel, el fantasma, un dios— queda relegado al ámbito de la fantasía o de la ciencia ficción. Como ocurre con el adolescente contrahecho al que las chicas rehúyen: que solo liga en su mente. O con la cenicienta, ese cuento con el que las chicas sin valor —las inválidas, las que se ven fuera del mercado— creen que hay un príncipe para ellas, un hombre capaz de descubrir, y rescatar, su belleza interior. Sin embargo, hay mundo porque lo imposible es la eterna posibilidad del mundo (y no solo una compensación para el desfavorecido).

neocarbon

junio 8, 2020 § Deja un comentario

¿De rodillas ante Dios? Quizá inevitable ante la aparición. Tan solo basta imaginar que topamos con el fantasma de nuestro padre para caer en la cuenta de cuál sería nuestra reacción. ¿Quién no bajaría la mirada, doblegándose sobre sí mismo, o cubriría su rostro como los niños cuando quieren desaparecer? ¿Acaso habría quien permaneciese en pie encarando al espectro? Sin embargo, bíblicamente los que se arrodillan en verdad ante Dios no son los que creen ver a Dios, sino lo que son doblegados por su desaparición. De ahí que ver a Dios sea lo mismo que ver a quienes soportan su inaccesible trascendencia. O bien porque la sufren, o bien porque responden a quienes claman por Dios. Basta con este dato para, cuando menos, intuir que los tiros de Dios no van por donde espontáneamente cabe suponer. Aunque no nos lo parezca, un fantasma todavía es demasiado natural. Sería suficiente con que pudiéramos darlo por descontado como para que su aura se disolviera como azúcar en el café.

aporías cristianas de hoy

junio 7, 2020 § Deja un comentario

Sin resurrección, la fe es un absurdo (o vana, que dijera Pablo). No obstante, hoy en día que Dios resucitara a Jesús de entre los muertos está muy cerca de ser una fórmula vacía —y, precisamente por ello, una fórmula que podemos rellenar cómo nos parezca. Así, para muchos la resurrección sería un modo de decir que Jesús vive en su interior, por no hablar de quienes la entienden como si simplemente se nos hablase de la inmortalidad del alma. Pero quienes proclamaron la resurrección del crucificado quisieron decirnos mucho más de lo que hoy en día aún podríamos admitir. Ahora bien, que nos contentemos con el relleno —que las parroquias ya lo den por bueno, sin hacer demasiadas preguntas— quizá sea el síntoma de que el cristianismo se ha convertido en un sucedáneo de sí mismo.

otras barthianas

junio 6, 2020 § Deja un comentario

Dijo Barth: la gracia es el hacha aplicada a la raíz de la buena conciencia. La frase es brillante. Pero esta no es la cuestión. La cuestión es si estamos ante una frase verdadera. Y si lo fuera, cómo es que no nos estremecemos. Con respecto a la verdad, no basta con el saber. Es necesario también un caer en la cuenta.

fenomenología de la fe (5)

junio 5, 2020 § Deja un comentario

El presupuesto de la religión es que hay vasos comunicantes entre nuestro mundo y el sobrenatural. También que en ese otro mundo habita Dios —o los dioses. Así, topar con Dios sería como topar con un marciano cuya mente y poder fueran inconmensurables. Aquí podríamos añadir aquello de su bondad infinita o cualquier descripción por el estilo. En cualquier caso, el modo de ser de Dios estaría determinado, como lo está el de una foca, con independencia de la relación que pudiéramos mantener con Él… si es que fuera posible relacionarse con un ente inconmensurable —pues ¿acaso tendría sentido decir de los ácaros del polvo que se relacionan con nosotros? Ciertamente, podemos ser más sofisticados y, con la intención de esquivar las trampas de la superstición, imaginar lo divino como si fuera una sustancia, etérea y sin rostro, o como el fondo nutricio del cosmos. Pero de hacerlo no habríamos ido mucho más lejos que los antiguos presocráticos al sostener que, al fin y al cabo, todo dependía de un arjé, aun cuando, a diferencia de ellos, añadiéramos una suposición sobre el destino de las almas.

Sea como sea, un Dios con el que pudiéramos topar no sería más que un ente entre otros y, por eso mismo, un ente que nos parecería divino —como nosotros se lo pareceríamos a un ácaro si fuera capaz de vislumbrar, cuando menos, nuestra existencia. Aquí no vamos más allá de lo que nos parece que es Dios. Y lo que pueda parecernos en un momento dado, puede dejar de parecérnoslo en otro. Si muchos siguen suponiendo que hay un Dios de estas características es porque probablemente nunca se hayan preguntado por la verdad de su creencia. Quizá porque ya les va bien permanecer en ese sentimiento —porque acaso les sirva para seguir en pie. O quizá porque no están junto a los que, a causa de un sufrimiento inhumano, difícilmente pueden hacer más que clamar por un Dios como el náufrago de una isla perdida que arroja una botella al mar. Es posible que la experiencia de Dios pase por un encontrar a Dios en falta —como si fuéramos unos abandonados de Dios. Y no porque permanezca oculto tras las bambalinas del mundo —Dios no juega al escondite—, sino porque la pérdida del Otro es el horizonte insuperable de nuestro estar en el mundo. En este sentido, no es casual que la pregunta bíblica no sea la que se interroga por el lugar de Dios, sino por su tiempo, un tiempo que no es el de la historia. Como tampoco es anecdótico que, cristianamente y cuando se trata de hablar de Dios, comencemos hablando de aquel que soportó sobre sus espaldas el peso de un Dios silente. Como si Dios no tuviera otro rostro que el de quien cuelga de una cruz (y, por eso mismo, como si aún no fuera nadie sin el fiat del hombre). 

anchor

junio 3, 2020 § Deja un comentario

Quien permanece anclado en su creencia sobre un más allá con final feliz, porque ya le va bien creer en lo que cree, no se pregunta por su verdad. Y evidentemente el sujeto que se plantea la pregunta no es el mismo que el que continúa con lo suyo. No es que simplemente tengan opiniones distintas. Sin embargo, hay dos vías para la sospecha. Una es la meramente intelectual. La otra es a través del dolor. Y tampoco se trata de lo mismo. Una fe que no se tome en serio la posibilidad del desmentido —la posibilidad de que el mundo triunfe— es, ciertamente, una ilusión.

Jean Vanier

junio 2, 2020 § 1 comentario

Incluso los santos estan llenos de barro —y un barro maloliente. Aunque no es lo mismo ir de la santidad al barro —y esto tiene que ver, en la mayoría de los casos, con el el ejercicio del poder— que ir del barro a la santidad (aunque el barro siga adherido a la piel). Al fin y al cabo, con respecto a lo que decide nuestra humanidad, tan solo cabe contar una historia. De ahí que la cuestion no sea quién eres, sino quién terminarás siendo. Ahora bien, el final de la historia no lo escribiremos nosotros.

fenomenología de la fe (4)

junio 1, 2020 § Deja un comentario

Es posible que haya otro mundo. Pero, desde la perspectiva moderna, esté no será mucho más que una dimensión desconocida, un territorio aún por explorar —y, sobre todo hoy en día, por cuantificar. La razón es la medida de cuanto es. No cabe lo que no encaja en los esquemas de la razón. Como dijera Parménides, es lo mismo ser y pensar. O en su variante hegeliana, solo lo racional es real. Lo inconcebible es, por tanto, imposible.

Sin embargo, también a través del uso dialéctico la razón concluimos que lo real, en su carácter absolutamente otro o extraño, es inconcebible. Es decir, inconcebible por principio. De hecho, más que posible, el absoluto —lo enajenado o absuelto— es lo único que merece el nombre de real. Sin duda, nada es que no se haga de algún modo presente. Pero el presente solo se da según el molde de nuestra receptividad (y en este sentido decimos que es apariencia). Ahora bien, lo que se amolda en absoluto es posible: en sí mismo no puede darse, salvo como lo que perdimos de vista en su aparecer. Nada llega a la presencia sin que, en su ser-otro, retroceda o eluda la representación. La ignotum X del mundo en modo alguno es cosa, ni siquiera etérea. No hay Otro. Sin embargo, este no hay es lo que en verdad hay —lo único que acontece, a saber, el continuo paso atrás de Dios. Y esto equivale a decir que el Otro —lo absoluto— se da como eterna promesa de sí mismo. La alteridad avant la lettre es lo que ningún mundo puede admitir como posibilidad. De ahí que el mundo se nos ofrezca como presente —como don. De Dios tan solo tendremos lo debido a Dios, a su des-aparición. No hay disparo que no implique un retroceso —no hay acción sin reacción. A fin y al cabo, hay mundo —o mundos— porque el Otro es lo siempre pendiente del mundo.

Un chimpancé no se enfrenta a ningún mundo. El chimpancé es incapaz de caer en la cuenta de la efectividad de lo negativo —de la presencia de lo siempre ausente, del resto invisible de lo visible, de un porvenir sin proyecto. Un chimpancé es como la ola en el mar. La fusión mística tiene algo de regreso al planeta de los simios. O por decirlo en clave freudiana, la unión sin diferencia es la fantasía de quien anhela la vuelta a la matriz. El místico no se encuentra con Dios: es arrebatado por un ente magmático. El Dios de la mística produce el mismo efecto que ciertas drogas. Aquí Dios sigue mostrándose como lo que nos parece que es, a pesar de que, en este caso, la impresión sea la de una conciencia alterada. Quien existe se resiste a la alteridad —y por eso mismo solo puede haber Dios para quien existe, aunque se trate de un Dios que solo pueda revelarse como el que fue sepultado en un pasado anterior a los tiempos. Estamos en el tiempo porque lo real —lo que permenece— se impone como falta. Todo es en Dios porque fuimos enajenados de Dios. Los chimpancés no existen. Ningún chimpancé vive como arrancado.

fenomenología de la fe (3)

mayo 31, 2020 § Deja un comentario

Sin duda, intelectualmente, podemos partir de la inexistencia de Dios, sobre todo hoy en día. El ateísmo se ha convertido en un tópico —en nuestro lugar común. Dios, sencillamente, no se da por descontado. Pero el ateísmo como tópico, como postura intelectual, no parte del sentimiento de desamparo —el ateo de salón, no clama por el Dios cuya ausencia sufre—, sino de la crítica ilustrada al imaginario religioso. En última instancia, de nuestro modo de relacionarnos con cuanto nos rodea. Un mundo que se presenta como técnicamente dominable ya no es un mundo en el que los ángeles y los demonios campen a sus anchas.

Es cierto que podemos creer que los hay. Pero este creer será más bien un creer que se cree. Difícilmente, diremos de alguien que cree honestamente en la existencia de vampiros si, por la noche, no sale con una estaca. La creencia en vampiros no encuentra hoy en día un lenguaje que la legitime. Solo es creíble donde suspendemos, de hecho, la credibilidad, esto es, en el espacio de la ficción. Y quien dice vampiros, dice Dios. Pues al convertir a Dios en un dato de la intimidad, en el correlato de un sentimiento, acaso el último recurso de la conciencia religiosa, dejamos de encontrarnos expuestos a la desproporción de lo divino (y a lo que esta implica). Es lo que tiene la distancia infranqueable que nos separa de una alteridad avant la lettre. Ciertamente, ante tal distancia podemos decirnos lo de Epicuro: no hay que preocuparse de un dios que, al pertenecer a otro mundo, necesariamente nos ignora. Pero este dios aún no es en verdad Dios. Todavía sigue siendo un ente, aunque sobrenatural. Con respecto a un Dios en falta, no cabe otra interioridad que la de quien clama por Dios —y, consecuentemente, la de aquel que ha sido conmovido hasta los huesos por ese clamor, cuyo eco resuena en los estómagos del hambre.

fenomenología de la fe (2)

mayo 30, 2020 § Deja un comentario

2. Sin embargo, también cabe sentir que no hay nadie tras el muro —ningún ángel de la guarda. Es, precisamente, el sentimiento de los desamparados. Y la fe no es fe si no pasa por este sentimiento, en definitiva por Getsemaní. El sentimiento de hallarse bajo una bendición de fondo se tambalea —y se tambalea seriamente— donde no parece que haya un Dios de nuestro lado, esto es, donde el cielo cae sobre nuestras cabezas. La fe encuentra su medida en los Getsemaní de la historia. El creyente, en este sentido, nada contracorriente en nombre de un Sí que el mundo ha sepultado. No es casual que la fe, bíblicamente, se entienda como fidelidad. Aunque, a ojos del mundo, sea absurda —y no pueda dejar de serlo. Donde nos quedamos solo con el sentimiento de la infancia —el que apunta al cuidado de un padre espectral— la fe termina siendo la excusa de nuestra necesidad de amparo. Por muy intenso que sea dicho sentimiento. Al fin y al cabo, solo la experiencia del desamparo nos arroja fuera de los límites de la satisfacción narcisista. Esta más cerca de Dios quien se ve, debido a su impiedad, incapaz de Dios —e incapaz ante un Dios que encuentra en falta— que el que se regodea en sus mejores sentimientos como el fariseo de la parábola (Lc 18, 9-14). Hay ingenuidad en la fe. Pero la ingenuidad de la fe es la de quien está de vuelta —la de quien vuelve con vida del infierno, una vida que, sin embargo, ya no podrá reconocer como suya. Y no porque haya un fantasma que mueva los hilos desde el más allá. Pues, en realidad, no lo hay —y si lo hubiera no sería Dios. Con respecto a Dios no hay saber —ni siquiera hipotético—, sino tan solo apertura, un permanecer eternamente a la espera. Y esto es lo mismo que decir que de Dios tan solo veremos a quienes, con su fe y sus obras, ocupan su lugar.

fenomenología de la fe (1)

mayo 30, 2020 § Deja un comentario

1. Cabe sentir que hay Dios —sentir su invisible presencia. Cabe, sin duda, vivirlo a flor de piel. Como los antiguos paganos vivieron a flor de piel la presencia de dioses. Estamos, por tanto, ante un sentimiento espontáneo, natural —pagano, como es sabido, significa campesino—, aun cuando hoy en día haya dejado de ser un sentimiento común. En cualquier caso, quienes viven bajo el sentimiento de una presencia se decantan actualmente por otro lenguaje que el de la tradición cristiana: hay algo, en el fondo vivimos atravesados por el espíritu de interconexión, etc. El credo cristiano resulta modernamente poco razonable, por no decir ininteligible. De ahí su actual irrelevancia. Y de ahí también los esfuerzos de algunos por traducirlo. Pero el riesgo de la traducción es la traición. Como suele decirse, traduttore, traditore.

mediocridad cristiana

mayo 29, 2020 § Deja un comentario

El cristianismo actual parece que se sitúa ante la siguiente disyuntiva: o pacta con el mundo, traduciendo su kerigma de modo que pueda ser admitido por las tragaderas modernas; o sigue en sus trece, repitiendo las fórmulas de la tradición como si la crítica ilustrada —y postilustrada— al imaginario religioso no fuera con él. En el primero caso, el cristianismo termina cayendo en la tibieza, convirtiéndose fácilmente en una variante de una ética emancipativa o, lo que acaso sea peor, de una espiritualidad de trazo grueso. Como si la sentencia del Apocalipsis —¡Ojala fueses frío o caliente! Pero porque eses tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca (Ap 3, 15-19)— fuera simple retórica. En el segundo, el cristianismo mantiene un cierto vigor, pero al precio de caer en el talibanismo. Es lo que tiene un cristianismo en retirada. En los campos de combate, la derrota, mientras que dentro de la fortaleza amurallada en la que se replegó el cristianismo más conservador, todo está impregnado de un fuerte olor a formol. La sensibilidad religiosa, que la hay, hace tiempo que ha optado por otros lenguajes. Hay algo; el amor es lo fundamental; deberíamos conectarnos al fondo nutricio del cosmos… Carnaza para imberbes. Es como si el cristianismo hubiera perdido la batalla de la inteligibilidad —como si se avergonzara de la revelación o ya no supiera qué hacer con ella. ¿Jesús es Dios? ¿En serio? ¿La cruz nos salva? ¿De qué? No vamos a ir tan lejos, decimos… Jesús, a lo sumo, representa el poder de una bondad sin resquicio. Vale. Pero ¿qué poder? ¿Acaso la victoria no está del lado de los que carecen de piedad —de los psicópatas? ¿Dios? Hay una energía, un poder subyacente. De acuerdo. Pero ¿quién asegura que juegue a nuestro favor? Los cerdos de pata negra se equivocarían si creyesen que sus cuidadores los aman. Ciertamente, el perdón —la resiliencia— nos hace humanamente mejores. Pero ¿tenemos aún que hablar de redención de una culpa original, una redención de dimensiones cósmicas? Por no hacer referencia a la cuestión decisiva, a saber, qué vida pueden esperar los que murieron injustamente antes de tiempo. Y aquí no vale suponer que para ellos, el cielo. Al menos, porque esta suposición no es cristiana. Podríamos decir que el cristianismo sobrevive, aunque agónicamente, reproduciendo las herejías que en su momento condenó. Así, o Jesús es un ejemplo de integridad moral, pero no más; o es un Dios paseándose por la tierra. Pero el cristianismo proclama que Jesús fue hombre y Dios —que no hay otro Dios que el crucificado. Y esto es incomprensible donde nos mantenemos en la órbita de lo que espontáneamente entendemos por divino. La revelación es reveladora porque es religiosamente inaceptable. Pues la cruz no solo afecta al hombre, sino también —y quizá sobre todo— a Dios (y no porque Dios sienta en lo más íntimo el dolor de su enviado). No deberíamos olvidar que las viejas herejías no dejan de ser un intento de hacer razonable la confesión cristiana.

Quizá el cristianismo haría bien en recuperar la fuente judía. Pues solo a partir de ella, el cristianismo podrá situarse de nuevo en la posición desde la cual la palabra Dios resulta significativa —la posición de los excluidos, de los que no cuentan para el mundo. Y no porque los excluidos necesiten imaginar a un Dios de su parte, sino porque ni siquiera pueden ya imaginarlo. Desde la óptica de Israel, Dios en verdad no es aún nadie sin el fiat del hombre. Y esto es difícil de admitir para quien quienes dan a Dios por descontado. El cristianismo falsea la encarnación donde parte de un Dios cuya esencia o modo de ser está decidido de antemano, esto es, al margen de la historia. En lo que respecta a la fe, todo comienza con aquellos que, como abandonados de Dios, ofrecen un gesto de piedad donde la piedad no es posible —y lo ofrecen como muertos, esto es, como los que no tienen vida por delante: las madres cuyos hijos fueron asesinados por el enemigo; la víctima que comparte el pan con su verdugo en tiempos de hambruna; aquel que se da asco a sí mismo porque hay niños que viven de los escombros. Y es que hoy, como siempre, la única clave de lectura del credo cristiano son las historias de aquellos hombres y mujeres que volvieron con vida del infierno, una vida con no es solo suya. Aunque tampoco solo la de Dios.

un cristianismo para los que pueden

mayo 28, 2020 § Deja un comentario

El problema de un cristianismo reducido a una espiritualidad de amplio espectro, aunque sea con la excusa de Jesús, es que deviene ininteligible en sus términos. Por eso, se nos insiste, incluso desde los púlpitos, que hay que interpretar —que las fórmulas del credo son, al fin y al cabo, modos de hablar. Y algo de esto hay. Pero no hasta el punto de convertir el cristianismo en una variante del budismo. Pues nuestra dificultad de intelección no tiene que ver únicamente con la Modernidad —no solo es cuestión de lenguaje—, sino con nuestra incapacidad sociológica, por decirlo así. El cristianismo se ha convertido, una vez más, en la religión del poder, aunque no ya político. Esto es, en la creencia compensatoria de aquellos que aún pueden confiar en sus fuerzas. Hay algo, en el fondo todo es luz, el amor mueve montañas, etc. Así, en vez de en la verdad, creemos en lo que nos gustaría que fuese verdad. Por debajo no hay más que ilusión… con una fuerte carga emotiva, en algunos casos. La fe no está al alcance de cualquiera. Para llegar a la fe —para que la fe, antes que una suposición, sea una respuesta— hay que situarse en la posición de los que sobran. La fe no deja de ser, en definitiva, un asunto corporal. Tradicionalmente, las cimas han representado el lugar de la experiencia de Dios. Pero cristianamente la cima es un Calvario —en realidad, una sima. La clave hermenéutica del kerigma cristiano son, como siempre, las historias que hay detrás, aquellas de las que da fe el testigo. He visto la bondad en medio del abismo —lo que significa que lo inconcebible ha tenido lugar. Ciertamente, los que viven como aplastados esperan la intervención de un Mesías, algo así como una variante del deus ex machina. Y esto está más cerca de la ciencia ficción que de la fe. Sin embargo, cristianamente, todo comienza en este punto. Pues el Mesías no se presentó como imaginamos. Y esto afecta, no solo al hombre, sino también, y quizá sobre todo, a Dios. El Dios que se revela al pie de la cruz no es en modo alguno homologable a lo que entendemos espontáneamente como divino. Decía Merton que tarde o temprano deberíamos caer en la cuenta de que formamos parte de aguas que nos cubren. De acuerdo. Pero esas aguas no son siempre plácidas: ahogan a muchos. De ahí que los profetas de Israel insistieran en que, donde formamos parte de un mundo injusto, no hay fe que valga, sino en cualquier caso idolatría, un tomar el nombre de Dios en vano. 

qué rara eres, vista desde dentro

mayo 26, 2020 § Deja un comentario

“Qué rara eres, vista desde dentro”, escribió Elisabeth Bishop de sí misma. ¿Quién no diría algo parecido? Y sin embargo, decirlo no basta. La descripción por sí sola no alcanza lo cierto. Como tampoco podemos distinguir entre la expresión de un sentimiento y quien es capaz de simularlo a la perfección. Necesitamos forzar las palabras, decir lo mismo de un modo sorprendente para captar la extrañeza de lo que se nos da como costumbre. Necesitamos poetas. Pero nuestra época desprecia al poeta. Y acaso de este desprecio nazca nuestra indigencia.

ad hominem

mayo 25, 2020 § Deja un comentario

El reduccionismo moderno —tiene la fe que tiene porque no es más que un resentido (Nietzsche)— no deja de ser una variante de la vieja falacia ad hominem. Einstein pudo concebir su teoría de la relatividad borracho y, no por ello, la hubiéramos desestimado. La verdad, de haberla, no se decide en el plano del descubrimiento, sino en el de su justificación. 

tiempo y esperanza

mayo 24, 2020 § Deja un comentario

El final feliz al que apunta la fe cristiana no es una hipótesis —no es algo a verificar. De haber un final feliz, será un triunfo, en modo alguno la confirmación de una ocurrencia, de un optimismo congénito. Pues no nos enfrentamos a hipótesis alternativas. Unos creen que todo acabará bien. Otros, que no. De acuerdo. Pero no se trata de rellenar una quiniela. Lo que nos parezca, desde un punto de vista u otro, es irrelevante.

Ahora bien, ¿por qué un triunfo? Pues porque lo evidente es que todo pasa. Que la violencia prevalece. Que el débil no cuenta. Que los malos ganan. Si no fuera así, las películas de Marvel dejarían de ilusionarnos. El tiempo es un destructor implacable. Su poder es indiscutible. De aquí a dos mil años, Jesús —el hombre-Dios— será visto como hoy en día vemos a Tutankamon. O a Pitágoras, el cual también fue considerado un semidios. Esto es lo más probable. El cristianismo ya comienza a oler. La misma palabra cristianismo solo podrá mantenerse, si se mantiene, designando otra cosa. Desde la óptica de la fe, nos hallamos en medio de un combate de dimensiones cósmicas. Existimos porque caímos en el tiempo. Y el tiempo está del lado de Ha-Satan, como quien dice. Cuanto nos ha sido dado —la vida como milagro— es, de hecho, lo que tarde o temprano, nos será arrebatado, sometidos como estamos al imperativo de la adaptación. Ante el paso del tiempo, el hombre tiene las de perder porque no hay otra presencia —otro valor— que el que dejamos atrás. La verdad —lo que acontece— es lo que perdimos. Todo pasa porque nada acontece —porque lo que acontece es, en realidad, lo que aconteció.

Por eso, un creyente que se tome en serio su fe debería partir de la posición de los que van a perder. Hay que tomarse en serio el No. Esto es lo que significa estar del lado de los que no cuentan. El amor, como principio y fundamento, está lejos de ser un dato. Sin duda, hay gestos de bondad sobrehumana. Y esta bondad solo se revela como de otro mundo en medio del infierno. Pero son la excepción. Sin embargo, es en nombre de esta excepción que el creyente es capaz de soportar el peso del tiempo —de resistirse a su evidencia. En nombre de los santos —en nombre del cordero degollado— , el tiempo debe tener un final. Aunque no podamos suponerlo. La fe siempre fue contrafáctica. De hecho, lo que el creyente espera es algo inconcebible. Sencillamente, no es una posibilidad del mundo. Por eso la esperanza creyente no es una suposición, sino un permanecer fiel a lo que ha visto el testigo, un imposible gesto de bondad. Solo el testigo da fe, en el doble sentido de la expresión. He visto que hay vida más allá de la muerte —las que entregan como perdón los que ya no tienen vida por delante, nuestras víctimas, los muertos antes de tiempo. Perdonar es restaurar. Hay que imaginar a un superviviente de Auschwitz abrazando a su verdugo para, cuando menos, vislumbrar de qué va el asunto. En ese momento, se decide el destino de la humanidad. Pues cabe la posibilidad de que el verdugo termine el trabajo. Pero también es posible que este se arrodille ante su víctima. Con todo, seguirá abierta la pregunta sobre el destino de los que murieron antes de tiempo. De ahí que la cuestión de los tiempos —la que plantea la imposible posibilidad de una resurrección de los muertos— sea, cristianamente, ineludible.

En cualquier caso, un cristianismo que, más allá de las imágenes con las que se expresa, olvide que nos encontramos en medio de un combate de dimensiones cósmicas —una fe que se reduzca a intimidad— deviene un cristianismo sin vigor. Y esto sucede, precisamente, cuando deja de situarse junto a los que sobran —cuando se ha puesto al servicio de los satisfechos que necesitan ocultarse a sí mismos que su satisfacción es un trampantojo. En definitiva, cuando la parroquia se ha convertido en mercado.

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