hybris

noviembre 17, 2019 § Deja un comentario

El hombre estropea cuanto toca. Pues el hombre tiende al exceso. Esto es, sencillamente, así. No obstante, puede que no nos lo parezca, si nuestra vida va por el camino trazado. Puede que nos digamos que no hay para tanto. Pero lo cierto es que el hombre es incapaz de encontrar por sí mismo la medida de sí mismo. Tiene que recibirla desde fuera —tiene que atarse al mástil de la institución, de lo impersonal: de lo que se hace, se dice, se espera. Ahora bien, esta incapacidad para encontrar la justa medida no obedece tanto a su ambición —al hecho de que siempre quiera más—, sino a su voluntad de verdad. Pues de perseverar en ella, tarde o temprano terminará donde habitan los dioses. Y ahí es difícil no quedarse sin nadie. Ver el mundo como un dios, pero no serlo. Es lo más a lo que puede aspirar el insecto.

milagros

noviembre 16, 2019 § Deja un comentario

¿El milagro? Un gesto de bondad en medio del infierno, el único motivo por el que cabe esperar, contra toda evidencia, que el verdugo no pronunciará la última palabra. No hay fe que no parta del milagro. Pues donde no partimos del milagro tan solo hay suposición. Ahora bien, muy pocos pueden dar testimonio del milagro. De ahí que la fe más honesta respose sobre aquel que da (la) fe —sobre aquel a quien el creyente le debe la fe—, y no sobre la opinión o lo que nos parece con respecto a los asuntos de Dios.

filosofía y empiría

noviembre 15, 2019 § Deja un comentario

Que la mayoría razonemos solo para justificar post hoc nuestra posición inicial, a menudo fuertemente cargada de emoción —que se recurra por lo común a la verdad como el ardid de la justificación de sí—, no implica que no debamos seguir pensando en dirección a la verdad, aun cuando esta se revele como una especie de horizonte asintótico (y por eso mismo inalcanzable). Que de hecho la mayoría no nos preocupemos por la verdad, sino en cualquier caso por simularla, no significa que la pasión por la verdad esté de más (y aquí podríamos preguntarnos por qué nos interesa decirnos que la verdad está de más). Ahora bien, ir en dirección de la verdad supone, cuando menos, no fiarse demasiado de lo que de entrada nos parece verdadero y, en definitiva, del factor emocional. El jugador de ajedrez sabe que, si quiere encontrar el mejor movimiento, debe tener en cuenta la posible respuesta del contrario, poner en entredicho su primera intuición. Cuanto afecta a la mayoría no deja de ser un dato estadístico, un asunto relativo a lo que de hecho hacemos. Sin embargo, no somos enteramente lo que hacemos. También cuenta —y quizá sobre todo— aquello a lo que aspiramos íntimamente. Pues en gran medida somos nuestra aspiración. Y me atrevería a decir que una de nuestras aspiraciones más fundamentales es nuestra aspiración a la verdad —que es lo mismo que decir a lo real, a lo que en verdad tiene lugar y no simplemente pasa. En el fondo nos importa saber si el amor que sentimos hacia alguien, pongamos por caso, es verdadero o si, por el contrario, no es más que el encubrimiento de nuestro miedo a la soledad. Aquí no basta con decir que, de hecho, no nos importa —que lo que nos importa es tener un pareja y que funcione… aunque sea con la excusa del amor. Al menos, porque al conformarnos con el dato —al legitimar lo que de hecho sucede— posiblemente renunciemos a lo mejor de nosotros mismos. De ahí que el que hoy en día tenga más peso el dato que el destino —lo fáctico que lo prescriptivo— puede que tenga que ver con el haber olvidado que, aunque siempre estemos en falso con respecto a lo último, nuestra búsqueda de la verdad no es una impostura. En realidad, va con lo que somos. Así, es posible que, como hombres y mujeres modernos, caigamos fácilmente en la trampantojo de la zorra de la fábula, la cual, como sabemos, termina despreciando las uvas que tanto deseó porque no las alcanzaba.

matar

noviembre 14, 2019 § Deja un comentario

En la guerra, la mayoría de los hombres se comportan como bestias, como aquellos que se encuentran sometidos al dictado de un poder impersonal. Matan porque se mata. Y matan como si estuvieran en un videojuego: simplemente disparan y el otro cae. Ciertamente, cuando hay que matar cuerpo a cuerpo la cosa cambia: tienes que soportar la mirada de aquel a quien matas. Y aquí fácilmente podemos caer en la cuenta de que no estamos en una versión del Call of Duty. En cualquier caso, la guerra revela lo alejados que estamos de la verdad. Pues la verdad —lo que acontece o tiene lugar como inalterable— es el carácter sagrado del otro. Su rostro es, literalmente, inalcanzable, el más allá del cuerpo cuya vida cabe extirpar. De la mirada del otro —y solo de su mirada— se desprende el mandato de no matarás. Una cosa va con la otra. Pero actuamos como si ese mandato no fuera con nosotros. En medio de la acción, el otro no es más que lo que representa —el mal, la cucaracha que hay que aplastar, el aliado. Quizá sea cierto que existir —el encontrarnos en el mundo como arrancados— suponga un estar de espaldas a Dios y, por eso mismo, en permanente estado de guerra. Desde esta óptica, no hay paz que no sea una tregua.

del otro mundo

noviembre 13, 2019 § Deja un comentario

Las religiones no son aún lo suficientemente radicales con respecto al más allá. Para la religión lo sobrenatural es, literalmente, un territorio cualitativamente superior, arquetípico. Como si nuestro mundo fuese una matriz. El zulo tiene una puerta de salida. Puedes esperar algo más (y mejor). Hay sentido, un hacia dónde. Tendrás otra oportunidad. Sin embargo, el mundo que imagina la religión es un mundo aún demasiado creíble como para que podamos hablar de una genuina trascendencia. Sería como la tierra firme con la que sueña el náufrago. Sin duda, se trata de una esperanza legítima. Pero es posible que, una vez alcanzáramos tierra firme, volviéramos a plantearnos las preguntas de siempre. A menos que déjaramos, literalmente, de ex-sistir —a menos que viviéramos como seres dopados de felicidad. Ahora bien, en ese caso, y por poca conciencia que conserváramos, no podríamos evitar la sensación de irrealidad.

del sentido

noviembre 12, 2019 § Deja un comentario

No preguntamos por el sentido de la existencia. Como si esto fuera importante. Ciertamente, no podemos evitar la pregunta. Va con nosotros. Sin embargo, lo cierto es que, de haber un sentido, solo podremos realizarlo en aquellas situaciones en las que no parece que lo haya. Al menos, esto es lo que sostiene el cristianismo. Pues solo podremos responder a la demanda de Dios sin Dios mediante. O como decía Bonhoeffer, ante Dios, sin Dios.

una esperanza tangible

noviembre 10, 2019 § Deja un comentario

El desesperado no quiere otra cosa que un motivo palpable de esperanza, no la verdad cristiana, la que se expresa en el dogma cristológico. Y un motivo palpable es algo así como una tirada de cartas que le asegure que pronto encontrará al hombre de su vida o un trabajo. Al fin y al cabo, un golpe de suerte, una predicción favorable. De hecho, esto último es lo que animó a los primeros cristianos: el fin está cerca y vosotros seréis los primeros en entrar en el palacio del zar. El problema es que este motivo ha dejado de ser creíble. Tampoco es casual que, dentro de la cristiandad, la promesa del Reino fuera desplazada con el tiempo por la promesa de una vida en el más allá en donde los sufrimientos de hoy serían compensados con la dicha eterna (y con un merecido infierno para los verdugos).

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