el mundo y lo extraño

mayo 4, 2026 § Deja un comentario

La familiaridad, el hábito, en definitiva, el mundo nos vuelven insensibles a la posibilidad de una genuina alteridad, la que provoca nuestro deslumbramiento y espanto. Todo, en el mundo, es anticipable. Por eso mismo, la extrañeza de lo absolutamente otro es imposible —y aquí conviene subrallar el es. Pues lo imposible siempre fue el sostén de lo posible. Así, en lugar de la alteridad, su simulacro: la novedad, lo circunstancialmente inesperado, la sorpresa. Sin embargo, debido a la anterioridad de lo imposible, aún cabe ver lo habitual como excepción. Aun cuando no podamos permanecer en esa visión.

finitud y creencia

mayo 3, 2026 § Deja un comentario

Difícilmente nos haremos una idea de lo que significa hallarse expuestos a la realidad de Dios, la cual no es, aunque así nos lo imagnemos, la de un ente superior, sin partir de la propia finitud, esto es, sin descentrarnos, por no decir, desquiciarnos. Y por finitud no me refiero, o no solo, a las limitaciones corporales o a las propias del carácter, sino al hecho, por ejemplo, de que nada a lo que damos importancia y de lo que, por lo común, nos enorgullecemos resiste el paso del tiempo. Ni siquiera el amor de una madre hacia sus hijos podría soportar una existencia de mil años, de vivirlos. Quizá no fuese casual que, en la Antigüedad, Cronos fuese el dios. Al fin y al cabo, la muerte es fuente de valor (y por eso mismo, según Atenas, los dioses envidiaban a los hombres). Ante lo divino, nadie cuenta. Y este es el punto de partida. Al menos, para comprender que supuso la revelación del Gólgota.

nietzscheanas 80

abril 30, 2026 § Deja un comentario

El envés de la muerte de Dios es el sujeto de la Modernidad. Lo uno va con lo otro. Me refiero a cómo se sitúa dicho sujeto frente a lo ontológicamente superior, por así decirlo. Y es que lo ontológicamente superior —léase un tsunami, la desproporción de un cosmos donde hay más vacío que materia, el horror de los campos de exterminio o, simplemente, el que haya algo en vez de nada— no fuerza nuestra devoción. El orgullo de los héroes griegos, aquel por el que se mantenían en pie ante el dios, ha dejado atrás su sesgo trágico. El exceso tan solo nos enfrenta a un problema meramente táctico. Es lo que hay. Y la única tarea es cómo lidiar con lo que hay. De ahí que, modernamente, la religión sobreviva como un asunto interno. Que Schleiermacher defendiera que la base de la fe es el sentimiento de dependencia no fue simplemente una opinión entre otras. SIn embargo, donde Dios ha perdido pie —donde ya no cabe dar su realidad por descontada— el creyente acaso creerá que cree. Pero no creerá.

Con todo, el diagnóstico cambia… de tener en cuenta que Dios, conforme a la tradición bíblica, nunca se reveló como un dios que pudiera darse por descontado. Para los profetas de Israel, el exceso de Dios nunca fue el de lo gigantesco, sino el de una radical trascendencia, la cual, y en tanto que, precisamente radical, anda rozando la nada. De ahí la proximidad entre la fe de Israel y el nihilismo nietzscheano. Pues, al fin y al cabo, no se trata de enfrentarse a lo desproporcionado —y aquí coincidirían el homo religiosus y el no creyente, aunque las actitudes sean, sin duda, diferentes—, sino de responder a una nada que se revela como el horizonte del presente histórico. Y, ciertamente, no es lo mismo la Torá —en definitiva, el mandato de la fraternidad como acto de resistencia— que el delirio que permanece indiferente ante la monstruosidad de los campos de la muerte. Incluso me atrevería a decir que, en Auschwitz, quien dio el pan de cada día, siempre escaso, al compañero que agonizaba de inanición le puso más cojones al asunto que aquel que se puso a bailar sobre el montón de los gaseados. Y ello en nombre de Dios. Esto es, en su lugar. Como el que se encara al silencio mortal de Dios. Pues nadie obedece a Dios sin enfrentarse a Dios. La Ley es de Dios en tanto que se desprende de su hallarse en falta. De hecho, no es casual que la palabra valor también signifique tener valor. Y solo Dios —su eterno porvenir— nos exige tenerlo.

fuera del mundo

abril 29, 2026 § Deja un comentario

Bíblicamente, el más allá se entiende como un volver a empezar —como una nueva creación, algo así como un reset de dimensiones cósmicas. Para Israel es inconcebible una vida de espectros puros. Al fin y al cabo, de haberla, no tendría que ver con nosotros. Por su lado, los griegos estuvieron convencidos de que el instante verdadero era el único modo de trascender, en el presente, la prosa de los días. Así, Rimbaud, siglos después, pudo escribir que los amantes se hallaban fuera del mundo. Y, en cierto modo„ es así. Como también lo es que no podemos permanecer en el destello de esos momentos en los que todo es afirmación. De ahí el imperativo de Goethe: ¡detente instante! Eres tan bello… Es algo parecido a la experiencia de la Gracia.

El contraste con la tradición de Israel, sin embargo, se torna patente. Pues quienes se encuentran realmente fuera del mundo —quienes lo trascienden— no son los amantes, o, mejor dicho, no solo, sino los excluidos, los que no cuentan para nada, los desperdiciados. Por eso, bíblicamente, no es posible, cuando menos, comprender de qué va esto de la trascendencia sin tener en cuenta a quienes se revelan como su índice. Esto es, al margen del mandato de una justicia final.

más dos maneras

abril 28, 2026 § Deja un comentario

Quien vive como siendo vivido permanece en el campo de lo que hay y, por tanto, de la cosmovisión. Así, puede creer que hay espíritus en los bosques o una buena vibración de fondo con la que estaría bien sintonizar. O también que hay lo misterioso o, si se prefiere, el secreto. La nada, a lo sumo, se presenta como un asunto de fondo… que pronto es dejado de lado. Quien vive como siendo vivido permanece, por tanto, en el mapa mental. Y esto significa que vive alejado de la distancia que impone la reflexión. Pues la reflexión pone en cuestión los presupuestos de los mapas. Y ello en nombre de lo más duro , inmodificable, verdadero.

Lo anterior, sin embargo, no implica que quien se pregunta por qué hay lo que hay y no más bien nada —quien intenta ir más allá de la perspectiva o el mapa mental— sea incapaz de experimentar la Gracia. Solo que la acogerá desde el horizonte, ciertamente paradójico, de la nada. Y probablemente obre en consecuencia.

Con todo, quien experimenta hasta el fondo el aguijón de la reflexión tarde o temprano regresará, como Ulises, a casa. Y esto significa que quizá vuelvan a haber espíritus en los bosques. Aunque no sean exactamente los mismos. Pues hay una diferencia entre quien se cree Napoleón y quien asume el papel de Napoleón sabiendo que tras el papel hay quien aún ignora quién es.

nietzscheanas 79

abril 27, 2026 § Deja un comentario

Se dice: no hay sentido ni valor. La nada como horizonte. ¿Es así? Quizá. Pero la cuestión es ¿desde dónde se decide este haber? En principio, desde un enorme distancia. Es decir, desde la posición del dios. Los ácaros del polvo —e imaginemos que fuese una especie en extinción— ¿no harían el rídiculo si se dijeran a sí mismos que su existencia tiene un significado; que la mota de polvo radioactivo, por ejemplo, posee un gran valor? Sub specie aeternitatis, lo que se da por descontado es que lo que hay es un cosmos indiferente al destino humano —la humanidad es apenas un holograma donde un millón de años es un primer paso. De hecho, si hubiese un sentido —una meta, un final de trayecto—, tampoco podríamos admitirlo. Pues inevitablemente nos preguntaríamos y ahora qué más.

Ahora bien, lo que no puede negarse es que, precisamente por eso mismo, el valor se impone como un acto de resistencia frente a un cosmos ciego y descomunal. Esto es, frente al dios, el cual, y por definición, nunca tuvo un rostro humano. Nihilismo significa, por tanto, no hay otro poder que el de una anónima voluntad de poder. De ahí que los que claman al cielo invoquen otro poder: ¿habrá un Dios de nuestra parte? Y no parece que lo haya. Por eso la fe de Israel es indisociable de un clamar a Dios por Dios. Las veces —incontables— que dio por supuesto este Dios, Israel cayó en la idolatría. Para el judaísmo, la Torá ocupa el lugar de Dios. No en vano la respuesta de Israel al descenso de Moisés del monte Horeb fue: primero obedeceremos y, luego, ya comprenderemos. O, mejor dicho, ya veremos cómo acaba. Y aquí la Ley debe entenderse como un acto de rebeldía ante el silencio de Dios —y por esta razón es de Dios. Estamos lejos, incluso como cristianos, de asimilar el alcance de esta respuesta.

Otro asunto es la ilusión. Pero Israel nunca fue un pueblo iluso. Pues su esperanza siempre apuntó a lo imposible… en nombre de un Dios igualmente imposible —el monoteísmo de Israel nunca concibió a Dios como una posibilidad del presente. Frente a este delirio, la Antigüedad propuso morir como un héroe, esto es, de pie ante el dios. Sin embargo, el destino trágico de los hérores nunca fue un horizonte para los desahuciados del mundo —y que, por eso mismo, no son de este mundo. Israel no busca ser heroico. Busca ser escuchado. La fe, como decíamos, es indisociable del clamor. Nietzsche diría del lloriqueo.

nietzscheanas 78

abril 25, 2026 § Deja un comentario

Que nadie pueda reconocerse en la pulsión que le constituye como sujeto —que la conciencia de sí sea, en el fondo, una falsa conciencia— es, de pensarlo bien, un trasunto secular del viejo hallarse en manos de Dios. O, siendo politeístas, de poderes que nos sopresan por enteros y con los que no cabe negociar. Ciertamente, que aquí no se apele a un mundo sobrenatural ya cambia —y bastante— las cosas. Pero el recurso al mito a la hora de intentar comprendenos a nosotros mismos y, consecuentemente, a la hora de enfrentarnos a lo incomprensible de sí, continúa estando ahí. Como el dinosaurio de Monterroso.

La diferencia entre ambas incógnitas, sin embargo, es aún trazable. Pues, y a diferencia del inconsciente, Dios es la ignotum X que abraza el mundo y que no cabe resolver —pues, con respecto a Dios, no hay nada que resolver. En cambio, la falsa conciencia que nos caracteriza —literalmente— no trasciende los limites de la individualidad. Y, en este caso, menos no es más.

dos maneras

abril 24, 2026 § 2 comentarios

Hay dos espiritualidades, por así decirlo: la de quien padece la distancia y la de quien se siente formando parte. Con la primera nos enfrentamos a Dios, a su silencio mortal. Es la espiritualidad de Israel, la de la Ley y la Gracia. Ambas, en nombre de Dios. Esto es, en su lugar —y no porque Dios dicte la Ley o arroje la Gracia como si fuese lluvia. Moisés no fue un abducido. Con la segunda, la vida se vive como ser vivido. En términos generales, podríamos decir que es la de los espiritus de los bosques —no siempre amigables—, de las buenas vibraciones, de los océanos. La primer sería masculina, como quien dice. La segunda, femenina. Si es que se me permite coger el rotulador grueso.

Más aún: solo la primera admite la reflexión, en su sentido más estricto, el de un volver sobre lo dado para ponerlo contra las cuerdas. Y es que poca reflexión —poco extrañamiento— puede haber donde nos sentimos integrados. Aunque el extrañamiento de Israel, su inquietud por la verdad, fue antes el resultado del sufrimiento que tuvo que soportar que el del ocio. Y, ya de paso, nos podríamos preguntar si la segunda espiritualidad no es la que Israel entendió como paganismo.

singular

abril 23, 2026 § Deja un comentario

Cualquier flor es la flor. Sus defectos —aquello que la aleja del concepto, del paradigma, lo normativo, el Bien— constituyen su particularidad, pero no su singularidad. Pues esta, a diferencia del adjetivo que perfila la particularidad, no añade: niega. Y niega, precisamente, el concepto, eso real de la flor en tanto que, precisamente, flor. Así, un hombre no es el hombre. Una mujer no es la mujer. Ambos tienen un nombre —y este no es simplemente un post it: es el índice de su diferir, de su apartarse, de su no a aquello universal de lo que, sin embargo, participan. Tener un nombre es un signo de resistencia. De hecho, la uniformización —que cada uno forme parte, por ejemplo, de una serie de cuerpos que han sido desnudados y agrupados— supone una reducción a lo general y, por eso mismo, una humillación: cada cual deviene un cualquiera.

Es verdad que la singularidad es, en el fondo, un decirse a uno mismo no soy como cualquier otro. Soy diferente, divergente, esto es, no soy cualquier hombre o mujer. Pero esto es como decir soy mi tara. La singularidad, por eso mismo, es incómoda, juzgable, condenable. Aun cuando, al final —y el final es la muerte del tarado— terminemos admirándola. Y quizá lo hagamos porque, aunque sea inconscientemente, no ignoramos que la singularidad es una exigencia de lo universal.

De hecho, nada universal o paradigmático puede realizarse o llegar a ser sin negarse a sí mismo. La Belleza, con mayúsuculas, solo es real en tanto que se realiza. Pero su realización solo es posible como cuerpo más o menos bello. Lo mismo podríamos decir, por ejemplo, de la idea de unidad, acaso la más abstracta. Pues lo uno solo puede incorporarse —literalmente, hacerse cuerpo— como algo divisible. La resistencia a lo universal que expresa tener un nombre es, en el fondo, el sello de una obediencia a lo universal.

Ahora bien, debido a esta negación de sí de lo universal, lo singular queda desgajado, abandonado a sí mismo, colgando solitariamente de un madero. Como si el todo se concentrara en ese cuerpo. Como si fuera, al fin y al cabo, el Único. Y aquí el como si no es el índice de una metáfora banal, sino de aquella que sostiene el mundo,lo que verdaderamente es. Nada hay que no sea un como si. Y porque el como si es lo que queda de la negación de sí en que consiste lo universal. De ahí que lo que hay apunte inevitablemente a lo que tuvo que anularse a sí mismo —o mejor dicho, a lo que originariamente ya fue no siendo nada, doble negación— para que hubiese el mundo, al fin y al cabo, lo que hay.

nietzscheanas 77

abril 22, 2026 § 1 comentario

Niezsche fue un filósofo cristiano. Y no porque fuese, precisamente, a misa. O porque su propósito fuese el de legitimar racionalmente los contenidos de la fe. Tampoco porque su pensamiento solo se entienda, obviamente, desde la tradición cristiana. Lo fue porque comprendió, de igual manera que el cristianismo, que el sí o el no de lo humano se decide en relación con lo sobrehumano.

Sin embargo, el übermensch nietzscheano no es, evidentemente, el cristiano. Para Nietzsche lo humano es sobrepasado cuando el espíritu noble se libera del juicio sacerdotal, el que lo ata a los buenos sentimientos, al sentido de la culpa, al arrepentimiento de sí. La liberación, en este caso, pasa por abrazar los efectos de una extrema lucidez: de aquí a un millón de años la humanidad se habrá extinguido y el cosmos seguirá como si nada. Dioniso, no Cristo, es el único dios ejemplar. Y a Dioniso le da igual abrazar a quien le salvó de la extinción, como quien dice, que ahogarlo lentamente con sus manos. Nietzsche hubiese admirado al resucitado si este, tras regresar del sheol, se hubiese atrevido a escupir sobre el rostro de Dios. Evidentemente, la libertad dionisíaca nos parece monstruosa a los que aún permanecemos en la orilla de lo humano. Pero una cosa es que nos lo parezca, y otra, que lo sea.

Desde el lado cristiano, el exceso no es exactamente el mismo. Ciertamente, el débil —el tarado, el defectuoso— inspira una compasión natural. Y aquí no hay ningún exceso. Pero no lo hay porque, por lo común, la tara es aceptable. De no serlo, por ejemplo, en el caso de un leproso, la compasión fácilmente se transformaría en rechazo. Y frontal. De ahí que el carácter sobrehumano de la compasión cristiana se vuelva patente cuando traspasa la frontera de lo asumible: Francisco de Asís, pongamos por caso, besando las pústulas del leproso. Tanto la desmesura de Dioniso como la de Francisco son, ciertamente, delirantes. En modo alguno, se nos pueden humanamente exigir.

Ahora bien, de lo anterior se desprende que si todo da igual, el baile de Dioniso se encuentra en el mismo plano que quienes luchan por un mundo más justo. La crítica de Nietzsche a la obsesión cristiana se cancela a sí misma, de conducirla hasta el final. Sobre todo, si esa lucha se lleva a cabo frente a la nada de Dios —y no por fidelidad al ídolo que ocupa su lugar. En cualquier caso, el presente sigue estando sub iudice. De hecho, es condenado como ilusión miserable ante la posibilidad de la aniquilación.

Nietzsche, ciertamente, no fue un iluso. Pero puede que no fuera consciente de que puso la nada en el altar vacío de Dios —como tampoco de que fue Israel quien lo puso antes. Y que, por eso mismo, la muerte de Dios supone, en realidad, su definitiva confirmación. Pues el verdadero Dios siempre fue anodino —y, por eso mismo, terrible. De ahí que quizá sea más nietzscheano el cristiano que se enfrenta a Dios —a su silencio de muerte— con la Ley que nos exhorta a la fraternidad —el abrazo de los huérfanos de Dios— que aquellos que se levantan para ponerse a bailar sobre la pira de los gaseados. Aun cuando sean capaces de leer The Hollow Men.

milagro e individualidad

abril 22, 2026 § Deja un comentario

La vida es una excepción —un milagro— donde el final es la aniquilación. Pero caer en la cuenta de ello es raro. Al fin y al cabo, todo acontecimiento es vertical. Horizontalmente, prevalecen las demandas de la adaptación, los juegos del poder, la preocupación.

Sin embargo, la excepción —aquella que nos obliga a descalzarnos, en definitiva, a la contemplación— siempre se nos presenta bajo el aspecto de lo paradigmático, lo general, incluso podríamos decir de lo abstracto si la excepción —la vida— no fuese carne. Me refiero a que el cuerpo, para que produzca la conmoción de lo verdadero, ha de sernos desconocido. De hecho, el de cualquiera. Así, la mujer, el hombre, el anciano, el niño. En el momento que se añade la individualidad —las cojeras del carácter— surge el trato, la negociación, el compro o no compro. De ahí que en el fragor de las costumbres el único modo de recuperar la verticalidad sea a través del perdón. Pues el perdón rescata la humanidad —lo ejemplar o común— que habita bajo la crosta de la individualidad. Y más si tenemos presente que solo cabe perdonar lo imperdonable. Una reconciliación que no se enfrente a lo que no admite perdón es, de hecho, una mera disculpa.

nietzscheanas 76

abril 19, 2026 § Deja un comentario

Porque no hay nada que decir, todo puede ser dicho. Y no hay nada que decir —porque no hay nada que reconocer como fijo, sólido, verdadero; nada que señalar, indicar, nombrar.

Sin embargo, necesitamos decir, esto es, juzgar —en definitva, deshacer la ambigüedad, clavar la mariposa en el tablón— porque no podemos soportar demasiada realidad, el gris, el entre una cosa y otra. La oscilación —creemos— no es. O no es aún. De ahí que tenga que ser o una cosa u otra. Así, decir, por ejemplo, lo nuestro es amor supone haber decidido entre dos posibilidades: que lo sea o no. Y ambas están ahí, incrustadas en el mismo gesto. Todo es mezcla —luz y sombra. Tiene que ser así. Donde todo fuese luz, no habría luz. Decir lo que es supone, por tanto, juzgar antes de tiempo —algo así como anticipar el juicio final.

Ahora bien, lo curioso del caso es que el decir —el juicio—, al resolver precipitadamente, y por tanto en falso, la indecisión ineherente a cuanto es de hecho, apunta a una realidad que no podríamos asumir como tal. Y es que de habitar un mundo perfecto, sin tara o rastro de sombra —lo que debe ser, según creemos—, no podríamos evitar la convicción de que ese mundo es irreal. Esto es, lo que, precisamente, no puede ser. Ahora bien, si esto es así —que lo es—, entonces lo que debe ser no es lo sin tara, al fin y al cabo, nuestra ingénua, por no decir ridícula, aspiración, sino lo que ya es, la mezcla. En cualquier caso, de lo que se trata es que las sombras no nos sepulten —que haya más luz que oscuridad.

Nietzsche acierta cuando sostiene que todo es, en definitiva, combate o, en sus términos, voluntad de poder. Y esto no esta tan lejos de lo que, hace milenios, sostuvieron los apocalípticos de Israel al defender que en este mundo se enfrentan las fuerzas del Bien y el Mal. Nietzsche, sin embargo, prefirió eludirlo al proponer bailar con igual alegría tanto en una fiesta de cumpleaños como en un funeral. Probablemente, porque estuvo convencido de que no hay fuerzas del Bien o del Mal, sino solo vida que avanza fagocitándose a sí misma. Pero la luz solo es luz porque tiene que abrirse paso contra la oscuridad. Hay luz y hay oscuridad. Y no solo para nosotros.

nietzscheanas 75

abril 18, 2026 § Deja un comentario

Dios es la muerte. Y lo es por defecto. Estar ante el dios es hallarse ante la inminente posibilidad de morir. Esta es la experiencia más originaria de lo divino: tras el tsunami, el oso, el fuego devastador… hay el dios. No cabe separar la experiencia de lo sagrado de la del poder. Por tanto, mantén una distancia de seguridad: ni te acerques. En un principio, decir sagrado supuso decir peligro. Pues peligroso es lo que nos puede por entero, la posibilidad de la aniquilación.

También, sin embargo, hubo un dios en el crecimiento de la hierba. La ambigüedad de lo real atraviesa cuanto es, incluyendo a los dioses. De ahí nuestra inicial dependencia de lo divino. Pues en manos del dios esta tanto nuestra vida como nuestra muerte. Que sigamos con vida obedece, al fin y al cabo, a una medida de gracia. O puede que también al hecho de que pasamos desapercibidos —de que no interesamos a ningún dios. Y esto quizá sea lo mejor para cualquiera que no ignore qué significa hallarse ante un dios.

Este es el punto de partida, a la hora de pensar qué significa proclamar la muerte de Dios. Así, la muerte de Dios corre paralela a nuestra manera de situarnos ante la muerte. Esta se experimenta simplemente como un simple cesar —como un hemos sido desenchufados. Esto es, como algo que pasa… aunque aún provoque nuestro temblor de piernas. Quiero decir que difícilmente vamos a situarnos ante la muerte como la irrupción—el acontecimiento— de lo absolutamente otro. Y, por eso mismo, probablemente seamos arrojados a la irrelevancia de una existencia sometida a la inercia de los días, una existencia fragmentada que, en modo alguno, logrará ser dueña de sí misma. Al fin y al cabo, el asunto de la muerte de Dios es que nos ahorra enfrentarnos a Dios —a su silencio mortal. Y quien no se enfrenta a Dios, como Jakob en Penuel, difícilmente llegará a escuchar su palabra, aquella que emerge de la garganta de los huérfanos de Dios.

la seriedad del nihilismo

abril 18, 2026 § Deja un comentario

¿Nihilismo? Sencillo: de aquí a diez mil años, es un decir, nadie sabrá, salvo acaso un par de eruditos, que hubo un galileo que, habiendo sido crucificado por Roma, pasó por Dios. De ahí que o hay un final de los tiempos —un día D en el que Dios irrumpe para imponer un nuevo orden— o el nihilismo es una evidencia.

apocatástasis

abril 17, 2026 § Deja un comentario

¿Cómo se imaginó Orígenes el cielo? Pues como si los verdugos y sus víctimas, ya reconciliados por el acto salvífico de Dios, bailaran Got to Give it up de Marvin Gaye… sin parar. Es un decir. ¿Qué no llegó a imaginar? Que, incluso, la dicha cansa. El baile, tarde o temprano, debe detenerse. ¿Y, entonces, qué sigue? ¿El ennui? Y aquí algunos dirán: pero la eternidad nunca fue un tiempo indefinido. De acuerdo. Pero, en ese caso, ¿qué conciencia de sí podría sobrevivir al instante?

No obstante, las paradójas a las que conduce la reflexión no le restan peso a la esperanza creyente. Pues esta, en realidad, nunca fue una expectativa, sino un imperativo: al final, debe haber reconciliación en nombre de. Y quien dice imperativo, dice invocación. ¿Cómo sucederá? Ni idea… salvo la delirante. En verdad, Dios siempre tuvo que ver con lo imposible —con lo que los mundos no pueden admitir como su posibilidad. Y quien lo ignora, sigue hablando de sí mismo cuando se llena la boca con las cosas de Dios.

nietzscheanas 74

abril 16, 2026 § Deja un comentario

Al fin y al cabo, Nietzsche tampoco evita el exceso propio del dios. Pues ¿acaso la indiferencia mortal del cosmos no es la desmesura con respecto a la cual hemos de encontrar nuestra medida o, mejor dicho, nuestra posición? ¿Es que, quizá, no nos enfrentamos, de nuevo, a lo gigantesco, ese simulacro de lo divino, según Israel? La voluntad de dominio a la que se reduce cuanto es, ¿no sería un trasunto secular de Moloch?

Ciertamente, la posición que propuso Nietzsche no fue la de Israel. Sin embargo, en ambos casos, se trató de responder a la provocación de lo que nos supera por entero. Para Nietzsche, la respuesta, como sabemos, fue la de la impiedad. La compasión es la estrategia de los espíritus débiles para venirse arriba . En la voluntad de dominio hay aún algo demasiado positivo como para tomárnosla defitivamente en serio. Israel, quizá, fuese más lúcido. Y es que ponerse a bailar, dando igual si es sobre la hierba fresca o sobre los cadáveres de quienes murieron de hambre, es, en el fondo, reirle las gracias al dios cuyo pasotismo provoca la lucidez más implacable. ¿Acaso Nietzsche no trata de imitar la crueldad del vacío para no sentirse devorado por él? Pero Israel probablemente comprendió, y no sin sufrimiento, que por encima de la voluntad de dominio está la nada de Dios —su extrema trascendencia. Y que por eso mismo, la voluntad de dominio admite dos rostros. El de Dioniso, sin duda. Pero también el de aquel que incorporando el silencio de Dios decide enfrentarse al mismo ofreciendo a sus verdugos el perdón. Y ese perdón, confiesa el cristianismo, ¿no es de Dios porque es, en realidad, debido a Dios?

De ahí que podamos preguntarnos si la posición de Nietzsche no sería como la del hijo que, ante un padre despótico y arbitrario, decide cortar amarras, entregándose al desvarío o a la ebriedad, aun cuando siga siendo capaz de apreciar a Eliot. ¿No fue Israel quién mejor comprendió que obedecer a este padre exige, precisamente, enfrentarse a él… para, posteriomente, obrar en consecuencia? ¿Acaso ese padre no se reveló como un niño indefenso? El perdón de Dios ¿no se hace cuerpo en el abrazo de los huérfanos de Dios? Más aún: en ese perdón ¿acaso no residirá la última libertad?

nietzscheanas 73

abril 15, 2026 § Deja un comentario

Ningún mundo más allá —ningún ideal realizado— es un verdadero más allá. Pues de habitar un mundo sin tara ¿acaso no nos parecería irreal? No puede ser, diríamos. Ahora bien, si no puede ser, lo que debe ser es, precisamente, un mundo imperfecto, en donde las luces y las sombras compiten por el espacio. Cuando aspìramos a la perfección… no sabemos, por tanto, a lo que aspiramos. Pues, de realizarse, tampoco podríamos admitirla. ¿De qué se trata, entonces? De que haya más luz que sombra —no, de que haya solo luz o únicamente sombra. Al final, Nietzsche dio en el clavo: todo es combate —voluntad de poder. SIn embargo, quizá su lápíz no tuviera la punta tan fina como quiso creer. Pues Gabriel, el arcángel, también tiene derecho a la victoria. Nietzsche, probablemente, no estaría de acuerdo. Pues su distinición entre el fuerte y el débil —el noble y el esclavo—, una distinición asentada en lo biológico, es su a priori, en el fondo, un prejuicio racial. No obstante, la nobleza solo aparentemente es anterior a la victoria. De hecho, quién sea el fuerte y quién el débil —si Cristo o Dioniso— se decidirá en el último round. De ahí que, si es cierto que la voluntad de poder es lo que hay, incluso la verdad de Dios esté por decidir. En verdad, Dios se la jugó con nosotros —y por nosotros. Y, por eso mismo, quien dice Dios, dice su nadie aún.

nietzscheanas 71

abril 11, 2026 § Deja un comentario

La crítica de Nietzsche al cristianismo admite dos registros, el explícito y el implícito. Este último nos obliga, obviamente, a leer entre líneas. Pues Nietzsche no pudo ignorar que la declaración sobre la muerte de Dios —Dios ha muerto y nosotros clavamos el último clavo— fue antes una declaración cristiana que atea. Y es que proclamar, como hace el cristianismo, que el que muere en una cruz como un apestado de Dios es Dios —y no simplemente su enviado— está muy cerca de admitir que no hay Dios. O, cuando menos, altera, y significativamente, lo que entendemos espontáneamente por divino. En este sentido, el registro implícito de la critica al cristianismo no sería tanto una crítica al mismo —pues el cristianismo pasaría a entenderse como la raíz del ateísmo moderno—, sino a la cristiandad. Al menos, porque el triunfo de la cristiandad supuso un pasar de puntillas sobre lo que el Golgota reveló acerca de Dios.

El registro explícito, en cambio, es conocido y apunta a la identificación de Nietzsche entre el platonismo y el cristianismo tradicional —y es en este sentido que dejó escrito aquello de que el cristianismo es un platonismo para el pueblo. La idea es simple: si la vida solo adquiere valor donde el origen del valor se encuentra por encima de la vida —donde el criterio de la evaluación es una realidad trascendente— la vida, en sí misma, carece de valor. Así, cuanto nos traemos entre manos tendrá más o menos valor en tanto ejemplifique, en mayor o menor medida, lo que vale en verdad, el ideal. Por ejemplo, la relación que pueda mantener una mujer con un hombre valdrá la pena cuanto este más se parezca al chico de las películas románticas —al “príncipe”.

Ahora bien, al proclamar la muerte de Dios —y esta muerte también arrastra a lo que ocupa hoy en día su lugar: al ideal, al valor supremo que esperamos que se realice—, Nietzsche no se limita a decir que solo cabe aproximarnos al Bien —esto, de hecho, sería platonismo—, sino que el Bien, escrito con mayúscula, es, de hecho, un imposible, un trampantojo. No hay un absoluto por encima de la vida que nos ha tocado en suerte. Por eso mismo, tomar lo que no es como horizonte es, sencillamente, un error, el que conduce, precisamente, a una existencia equivocada. Y es un imposible porque el absoluto —la norma que juzga cuanto hay— siempre fue algo así como una contradictio in terminis. De continuar con el ejemplo anterior, podríamos decir que cualquier mujer aspira a un amo que coma de su mano. Sin embargo, si es un amo, un príncipe, no comerá de su mano —no será la única—; y si come de su mano, terminará despreciándolo. Sencillamente, no es posible que sea ambas cosas… salvo que él lo simule. Sin embargo, la simulación forma parte del juego del poder. Y es que donde no hay valor que deba realizarse —donde no habrá ningún juicio que decante la balanza hacia un lado u otro—, todo no es más que voluntad de dominio. Así, lo único que debe dirimirse es quién se alza con la victoria. Aun cuando sea bajo las formas de la seducción.

La cuestión es y ahora qué. Si somos débiles, entonces tan solo cabe la resignación del último hombre. Es lo que Nietzsche designa como nihilismo negativo. En cambio, de encontrarnos del lado de los fuertes, el asunto es otro. Aquí, el nihilismo deviene positivo. Pues quien abraza la ausencia de valor o sentido, en definitiva, que no haya ningún hacia dónde, asume que, ante la indiferencia del cosmos, da lo mismo ejercer como verdugo o padecer como víctima, acariciar la mejilla de un niño que ahogarlo con las propias manos para experimentar la fascinación que provocará el instante de su muerte. Ciertamente, lo habitual es que no nos parezca lo mismo. Pero, en realidad, da igual lo uno que lo otro. En definitiva, donde Cristo ha sido olvidado, tan solo cabe o bien la sumisión a lo que, simplemente, sucede, o bien elevarse para bailar, siendo indiferente que el baile se lleve a cabo sobre un campo de amapolas que sobre la pira de los gaseados. Como Dioniso, el dios de la ebriedad. Y, evidentemente, el precio de este baile es convertirse en sobrehumano. Aun cuando, desde el lado de los resignados, lo superación de lo humano sea juzgada como inhumana. De hecho, cuando dejamos atrás al chimpancé también fuimos condenados por ello.

del uno al otro

abril 10, 2026 § Deja un comentario

Tarde o temprano, nos preguntaremos qué hay de verdadero —de sólido— en cuanto nos traemos entre manos. ¿El sentimiento más intenso? ¿La medida? ¿El gris? De no hacerlo —de pasar de largo— seguiremos jugando a la Oca: y tiro porque me toca. La reflexión siempre supuso una elevación, aunque se trate de un ponerse de puntillas, para ganar en libertad. Pues esta comienza con un tomar distancia con respecto a la inercia de los días.

Sin embargo, la pregunta adquiere otro rumbo cuando se plantea, como hizo Descartes —y antes, los escépticos— en los términos de las condiciones de un saber, en definitiva, de la certeza. Pues los presupuestos no serán los mismos. Y porque el ejercicio de la razón especulativa se limita a explicitar lo implicito, tampoco las conclusiones. Así, donde partimos de la sospecha y no de un encontrarse en medio del haber —al fin y al cabo, del asombro—, el resultado es la centralidad del ego cogito. Y de aquí a la muerte de Dios media un paso. A pesar de las demostraciones racionales de su existencia. O por eso mismo.

sensación y realismo

abril 9, 2026 § Deja un comentario

“No hay juicio, sino, más bien, la sensación de hallarnos bajo juicio.” ¿Pero quién puede decirlo? No, quien se halla dentro de la escena. Pues, no responder —el pasar de largo— es ya responder. Uno solo se encuentra sub iudice ante el resto de personajes, no en la cima del dios que se limita a observar. La mirada teórica se ahorra el juicio. El que no nos sintamos acusados por quienes viven —y mueren— como perros no quita que no debamos responder a su demanda. Aquí la cuestión es por qué debemos. ¿Acaso no podría ser que, únicamente, creamos que debemos responder? Que sea lo uno o lo otro se decide con respecto a la cuestión de si quien nos acusa es —o no— “nuestro señor”. En definitiva, con respecto a la realidad de Dios. Así, teniendo en cuenta que la realidad de Dios, en tanto que en sí mismo aún no es nadie, es indisociable de la de quienes ocupan su lugar —en bíblico, los abandonados de Dios—, que nos sintamos responsables de quien nos acusa con su sufrimiento es el envés de un tener que responder ontológico. Pues la ley de la fraternidad se desprende del hecho de que la existencia es un tener que sobrevivir a la indiferencia —la amenaza— de Dios. Quizá Jerusalén comprendió mejor que Atenas que realidad y mandato van de la mano.

va de botellas

abril 8, 2026 § Deja un comentario

La ambigüedad de los hechos se expresa en el tópico de la botella a medias: hay quienes la ven medio llena y hay quienes la ven medio vacía. Pero aquí el racionalismo no duda: el contenido de la botella pesa, por ejemplo, 500ml. Esto es lo que hay. De acuerdo.

Pero, quizá para un aborigen de las islas Fiji la medida podría variar. Así, pongamos por caso, a plena luz del día, el contenido equivaldría a dos puños, mientras que en la oscuridad de la noche, a dos dedos. Sea como sea, la medida no sería la misma. Y esto para nosotros resultaría incomprensible. Pero para ellos podría tratarse de una evidencia.

Lo mismo podríamos decir con respecto a lo divino. Y aquí no hay denominador común, salvo el tautológico y, por eso mismo, irrelevante. En las culturas desarrolladas, la cuestión de la verdad frente a lo que simplemente nos parece verdadero exige el salto a la alta abstracción. Es decir, el amor a la verdad, tradicionalmente, ha adoptado la forma de una crítica de la opinión, en definitiva, de los mapas mentales que nos proporcionan, espontáneamente, una orientación. También con respecto a la verdad de Dios. De ahí el carácter duplex de las religiones mayoritarias: por un lado, la devoción popular; por otro, la experiencia del místico. Y no parece que ambos lados sean fáciles de conciliar. Como tampoco parece que sea lo mismo haber interiorizado una cosmovisión que el efecto existencial de poner contra las cuerdas una cosmovisión —de mostrar, en definitiva, sus contradcciones internas.

Llegados a este punto uno podría preguntarse si el despliegue especulativo implica una superioridad antropológica. Sin embargo, una respuesta convincente debería tener en cuenta que cualquier progreso va de la mano de una pérdida. Y valiosa.

el decir y la metáfora (y 2)

abril 7, 2026 § Deja un comentario

La metáfora asume lo desconocido por lo conocido: Dios como Jesús. Pero la metáfora más antigua quizá sea la inversa: la de lo conocido por lo desconcido: Jesús como Dios. Lo primero es reducción. Lo segundo, expresa la aspiración a lo real. Pues lo real nunca fue prosaico.

el decir y la metáfora (1)

abril 6, 2026 § Deja un comentario

Decimos el mar es azul. Y, así, creemos, que el mar posee una propiedad: la de ser azul. SIn embargo, lo primero no fue el concepto, sino la analogía: el mar es azul como lo es el cielo. El mar como el cielo: esto es, azul. Tras los conceptos, siempre hubo —y sigue habiendo— una equiparación.

y fue levantado

abril 4, 2026 § Deja un comentario

La expectativa de los primeros cristianos que creyeron en la resurrección —hubieron otros: lo que entendieron las apariciones como el reflejo de una exaltación— fue que el resucitado volviese en breve para juzgar a vivos y a muertos en nombre de Dios. Sin embargo, esta esperanza no se cumplió. El relato de la ascensión quizá fuese, además, un modo de dar a entender que dicho regreso no sería, como quien dice, de un día para otro. Ahora bien, lo que esto significa es que el maranatha con el que se expresó inicialmente la expectativa creyente paso de ser una ilusión a, de nuevo, un clamor. De ahí que quienes, en la noche de Pascua, salen por las calles proclamando, y con forzado entusiasmo, que Jesús ha resucitado nos parezcan, precisamente, unos entusiastas.Como si el resucitado no conservase en su cuerpo las marcas de la cruz.

fenomenología de la alteridad

abril 2, 2026 § Deja un comentario

¿Cómo surge espontáneamente la alteridad? Por el miedo a la cucaracha, al oso, en definitiva, a lo imprevisto. Que alguien nos toque en esa oscuridad donde, creemos, no hay nadie. ¿Acaso no es el temor más atávico el de ser devorados —el de estar en manos de…? Luego, al acostumbrarmos, le perdemos el miedo a la cucaracha, al oso… Ya les cogimos la medida. Así, decimos que es cuanto podemos dominar. Luego, el salto a la abstracción: el ser en cuanto tal. Tras este salto, la alteridad pasa a concebirse como lo perdido tras el dominio del fuego. También, la pregunta por el en sí de lo Otro. Así, nace la nostalgia de la alteridad —de lo absoluto. Nostalgia de las emociones de la infancia. Hume diría no hay más. De ahí que la cuestión metafísica —por qué hay algo en vez de nada—, de resolverse, sea la única que puede hacer frente al positivismo. Los a priori del racionalismo no bastan. Por su exceso de ego cogito.

Sin embargo, la respuesta a la cuestión metafísica, siempre paradójica, —hay lo que hay porque el haber no es nada, estricta negación de sí— roza el nihilismo. Y por eso mismo, la última cuestión será, al fin y al cabo, ética: y ahora qué. Y diría que solo caben dos posiciones: la de Israel en Horeb o la de Dioniso, el dios bailongo.

política y utopía

marzo 30, 2026 § Deja un comentario

La utopía tiende a ser, obviamente, contrafáctica. Dejando a un lado las de corte materialista, suelen basarse en una tautología moral: si todos hiciésemos… Lo que suele derivar en un: si todos fuésemos… El problema es que no es posible que todos hagamos o seamos. Este planteamiento, por lo común, suele conducir a la desactivación del compromiso político. O, lo que es peor, a Robespierre.

El cristianismo lo tiene claro al tener presente que la masa es damnata. De ahí que la cuestión de la política, al menos la cuestión en cuya respuesta encuentra la política su legitimación, sea —y tenga que ser— qué bien… teniendo en cuenta que el edificio deberá erigirse sobre tierras arcillosas. Es verdad que la tentación de la política, por eso mismo, es el pragmatismo: ir achicando el agua de un barco que hace aguas… sin saber a ciencia cierta adónde va. Y de ahí a convertirse en mera gestión del poder media un paso —y un paso maquiavélico. Pero una cosa no quita la otra.

nietzscheanas 70

marzo 29, 2026 § Deja un comentario

¿Olvidarnos de Dios? ¿Es posible? No, a menos que aceptásemos retorceder al estado de las bestias: comer, distraernos, dormir, reproducirnos y morir. Esto es, sin inquietud —sin preguntas. Nietzsche no se olvidó de Dios. Simplemente, propuso pasar de largo. En su lugar, ponerse a bailar, dando igual si es sobre un campo de amapolas o sobre la pira de los gaseados. No hay juicio, sino, más bien, la sensación de hallarnos bajo juicio. Y una sensación de la que deberíamos liberarnos. Pero ¿en nombre de qué este nuevo deber? De la verdad —por eso, Nietzsche sigue siendo un filósofo, aun cuando filosofe a matillazos. Y la verdad es que no habrá redención. Pero tampoco condena. Al cosmos les es indiferente que haya creyentes. De hecho, no hay luz sin sombra —bien sin mal. Esta es la única eternidad.

Ahora bien, ¿desde dónde se sostiene lo anterior? ¿Desde la atalaya del espectador imparcial? ¿Acaso no es esta la visión del entomólogo, cuando contempla sin juzgar el despiece de las hormigas negras por parte de las rojas? C’est la vie, dice. La cuestión es, por tanto, si lo que hay se decide o no desde dicha atalaya. Nietzsche, obviamente, lo da por descontado. Como casi cualquier pensador a partir de Descartes.

Sin embargo, uno podría preguntarse si es posible una genuina experiencia de lo real que haga abstracción de la amenaza —o, cuando menos, la sacudida— que supone el carácter otro de, precisamente, lo real. Para Nietzsche no habría nada en verdad otro. Simplemente, su simulación, en definitiva, tan solo lo que aún ignoramos —y quizá seguiremos ignorando—. Pero bastaría que nos acostumbrásemos al descubrimiento para que el acontecimiento sorprendente pasara a convertirse en un déjà vu. El silencio de los espacios infinitos de Pascal sería la única respuesta a la pregunta por el sentido de cuanto es. Pascal, no obstante, creyó que ese silencio exigía otra respuesta. Nadie se la dio. Y quizá comprendiéramos la profundidad de esto último —una profunidad que se le escapó a Nietzcshe— si, cuando menos, vislumbrásemos que nadie es el nadie. Pero este sería otro asunto.

Con todo, podemos añadir un último sin embargo, a saber, si acaso la alteridad avant la lettre no podría revelarse, de hecho, como la indiferencia del dios. Y algo de esto intuyó el antiguo Israel cuando estuvo convencido de que lo decisivo , con respecto a Dios, no es el saber, sino la respuesta a su extrema trascendencia, en definitiva, la Ley. Como si, al fin y al cabo, la experiencia de la trascendencia divina fuera de la mano de un enfrentarse a Dios con el mandato que obliga a la fraternidad entre los huérfanos de Dios. La obediencia creyente —su fidelidad o sumisión— es el otro lado de una resistencia a la distancia sin medida que nos separa de Dios. ¿O acaso no fuimos expulsados del Edén? Puede que este sentido más profundo de la Ley como debida a Dios. Y aquí también tengo en cuenta que la lejanía de Dios encuentra su envés en un asumir la vida como don —como medida de gracia.

dominad la tierra

marzo 26, 2026 § Deja un comentario

Una cosa es saber —por ejemplo, que vamos morir. Y otra caer en la cuenta —y aquí nos referimos a cómo nos queda el cuerpo, por ejemplo, cuando el médico nos dice que no llegamos a la próxima primavera. La cuestión es qué nos dice esta diferencia acerca del la alteridad —de su irrupción.

Al igual que un cosa es cortar una rosa para hacer un ramo y otra, muy distinta, quedar en estado de suspensión porque la rosa es sin porqué. SIn embargo, en los orígenes, el don no estuvo exento de uso: dominad la tierra. Pero solo porque nuestra dependencia de Dios aún era vivida a flor de piel como para que el uso que procuraba el mantenimiento de la vida no encubriese la donación.

the last chance

marzo 25, 2026 § Deja un comentario

El nihilismo es, antes que una teoría, una actitud. Y quizá, por eso mismo, lo opuesto al nihilismo no sea una creencia sobre el sentido, sino la postura del agradecido. Aunque no sepa a quién. O, mejor dicho, aunque ese quien pueda ser cualquiera. Pues la rosa es sin porqué.

Kant, en plan práctico (6)

marzo 22, 2026 § Deja un comentario

Quien le pone fuerza de voluntad siempre parte de un motivo concreto y, por eso mismo, heterónomo. Así, pongamos por caso, el heroinómano que quiere desengancharse por su hija —porque siente que ella no debería tener un padre enganchado. Sin embargo, que esto sea así ¿no invalida el que debamos tratar al otro como fin en sí mismo y no como medio? Que el heroinómano quiera desengancharse —y no simplemente quisiera— ¿no depende, en este caso, de un sentimiento —la vergüenza que siente de sí mismo ante su hija— que tanto podría tener… como no tenerlo?

La clave del asunto pasa por tener en cuenta que, tarde o temprano, el motivo inicial desaparecerá, sobre todo cuando la cuesta se ponga muy empinada. Cuando esto suceda, ese por ti solo podrá realizarse como un desengancharse por desengancharse. Es decir, cuando el motivo que nos impulsó inicialmente se disuelva como azúcar en el café ante la dificultad. De ahí que la libertad vaya unida a la promesa: quiero desengancharme, esto es, te prometo que no cederé a la tentación de dejarlo estar. La libertad es dura.

Y, por esto mismo, que la libertad y la felicidad —la satisfacción que también supone— sean dos caras de la misma moneda es algo que está por ver. Aunque debe ser así. Pues, tanto una como la otra, se entienden del mismo modo: hacer lo que uno quiere, lo que, conviene recordarlo, no equivale a hacer lo que a uno le apetezca o desee. Lo que está por ver es, de hecho, la satisfacción de sí que va con la felicidad.

PS: La versión cristiana de lo anterior salta a la vista donde tenemos presente que el creyente da de comer al hambriento en nombre de DIos—y no, o no solo, movido por el sentimiento de compasión—… en aquellas situaciones donde, precisamente, no parece que haya Dios —esto es, donde no siente su presencia.

de la alteridad y el espectáculo

marzo 19, 2026 § Deja un comentario

La reflexión, como sabemos, exige una distancia teórica, literalmente, la posición del Dios. Sin embargo, desde esta posición, no accedemos a la verdad: simplemente vemos las cosas desde otra perspectiva. El espectáculo no es otro. De hecho, sustituímos una apariencia, por otra que, en principio, se nos muestra como más sofisticada —más profunda. Así, desde la atalaya, decimos: el color es una longitud de onda. O los humanos son como hormigas. En cualquier caso, ninguna alteridad se revelerá a quien sigue viendo cosas, aunque se haya ahorrado, como el dios, la implicación emocional. Pues ver es, en cualquier caso, ver algo como algo. Que veamos un tsunami como la manifestación de la ira de Poseidón o como un fenómeno meramente geológico, en el fondo, es lo de menos. Con la segunda manera de ver las cosas, ciertamente, ganamos en dominio. Pero no en profundidad. De hecho, quizá sea lo contrario.

Hay, sin embargo, otro tipo de reflexión, aquella cuyo distanciamiento es, de hecho, el resultado de un descentramiento, de una salida de quicio. La desgracia es, por lo común, el desencadenante. Únicamente bajo esta situación, aquella en la que seguimos dentro de la escena, se nos revela el verdadero rostro de la alteridad —o, por decirlo en abstracto, la alteridad en cuanto tal—, a saber, el de un nadie aún. Todo comienza a partir de este momento. Y lo que comienza es la historia como responsabilidad —literalmente, como un tener que responder.

Kant, en plan práctico (5)

marzo 18, 2026 § Deja un comentario

A diferencia del animal, somos quienes nos hallamos sub iudice, esto es, bajo juicio. Es decir, como sujetos estamos sujetos a una serie de demandas, tanto epistémicas como morales. Si el veredicto es favorable, entonces estamos en lo correcto, tanto en el territorio del conocimiento, como en el de lo práctico o moral. Esto es, si pensamos o actuamos conforme a dichas demandas, entonces bien. SI no, mal.

Que nos encontremos bajo juicio no es, por tanto, una opción que podamos descartar. Es, como decía, lo que somos. Pues lo que llegamos a ser en concreto —nuestro particular modo de ser— es el resultado de ir respondiendo a las demandas a las que nos hallamos sujetos. Y aquí la expresión nos hallamos apunta, a la vez que al estar, a un encontrarnos a nosotros mismos. Al fin y al cabo, uno permanece en su lugar —está en donde debe estar— donde se ha reconciliado consigo mismo y el mundo. O por decirlo con otras palabras, donde la única demanda a la que debe responder es la de seguir siendo el que es.

Ningún animal se encuentra sujeto a su cuerpo. Es cuerpo —y aquí conviene advertir que no digo “su cuerpo”. En cambio, nosotros tenemos cuerpo. Y, porque lo tenemos, estamos sujetos a su demanda. Esto no significa que seamos esclavos del cuerpo, sino, simplemente, que tenemos que responder a sus exigencias, posicionarnos. Esto es así en tanto que conscientes de nosotros mismos y de cuanto no rodea. Pues la conciencia de sí supone que nuestro “yo” difiere continuamente del cuerpo con el que se identifica —y quien dice cuerpo, dice deseo, instinto, un carácter… Ahora bien, este diferir de sí supone que el yo se enfrenta a sí mismo —es capaz de cuestionarse a sí mismo—… en busca, precisamente, de su identidad. Sin embargo, lo que ahora conviene subrayar es que este buscarse siempre sucede bajo determinadas exigencias o demandas. Pues intentamos ser lo que, en cierto modo, debemos ser. De ahí que nos hallemos bajo juicio.

La cuestión es qué o quién nos juzga, esto es, cuáles son estas exigencias. Kant distinguirá entre dos tipos de exigencia. El primer tipo es el que configura al sujeto empírico, por decirlo a su manera. Así, empíricamente —es decir, de hecho— nos encontramos sujetos a las demandas que proceden del exterior, esto es, del propio contexto o circunstancia. Kant denominará heterónoma a este tipo de exigencia. Y esto es así, tanto en lo que respecta al saber —y aquí lo heterónomo sería la opinión, lo que se dice— como en lo relativo al hacer —y aquí lo heterónomo sería la costumbre, el deseo, la inclinación natural… En cambio, el segundo tipo de exigencia —la que caracteriza, siguiendo la terminología kantiana, al sujeto trascendental— es la propia de la razón. Es decir, la demanda que nos imponemos a nosotros mismos en tanto que sujetos racionales, y no en tanto que sujetos al poder de una circunstancia particular. De ahí que la demanda de la razón sea universal. Hume solo consideró el primer tipo de exigencia. Pues la razón, según él, no tiene nada que decirnos acerca de lo que queremos ser o hacer. Y es que, para Hume, la finalidad de lo que hacemos, incluso con nosotros mismos, siempre se decide emocionalmente, es decir, empíricamente. La razón, en cualquier caso, tan solo nos indicará cuál es la mejor manera de conseguir lo que queremos. Su ejercicio, para Hume, es meramente instrumental.

Pues bien, la pregunta sería qué demanda la razón —a qué nos obliga. En el terreno del conocimiento, coherencia lógica. Y aquí, el principio de no contradicción estaría en la base de dicha coherencia. Esto es, no podemos concebir que el gato esté vivo y muerto al mismo tiempo. Dicho de otro modo, debemos admitir que el gato está vivo o muerto —que no cabe una tercera posibilidad. Y, dado que nada es que no se ajuste al dictado de la razón, lo que no cabe concebir es, sencillamente, imposible. La pregunta, ahora, es cómo entender el imperativo racional en el terreno de la moral, el que Kant denomina práctico

Para entender lo que diré a continuación, hay que tener presente, una vez más, que, por defecto, la razón es coercitiva. La razón obliga, manda. Por eso la cuestión es qué significa, precisamente, mandar en la práctica. La respuesta es simple: imponer la propia voluntad. Ahora bien, uno puede imponer su voluntad a los demás o a uno mismo. En el primer caso, la imposición de la propia voluntad siempre obedece a un motivo o interés particular. Sin embargo, porque el interés es particular, donde imponemos nuestra voluntad a los demás seguimos atados a lo heretónomo: a un deseo, a la necesidad psicológica de tener éxito o evitar un fracaso, etcétera.

En el segundo caso, el obligarnos a nosotros mismos puede obedecer a un motivo particular —esto es, heterónomo—… o no. Si fuese lo primero, entonces la voluntad se realizaría como fuerza de voluntad. Así, por ejemplo, nos esforzamos en hacer un buen curso —le ponemos voluntad, nos atamos al mástil— cuando nos interesa, por ejemplo, entrar el la carrera que nos atrae o, simplemente, para sentirnos bien con nosotros mismos. Sin embargo —y esta es la clave del asunto—, el obligarnos a nosotros mismos también posee una dimensión a priori o pura, es decir, independiente de los motivos particulares —y, por eso mismo, heterónomos— que nos empujan a ponerle fuerza de voluntad a lo que hacemos. O por decirlo de otro modo, si le ponemos voluntad a un determinado propósito —si queremos, y no simplemente quisiéramos, algo en concreto: ser un buen médico, tenista, carpintero…— es porque antes, es decir, a priori o con anterioridad a un determinado propósito, nos hemos obligado, aunque no seamos conscientes de ello, a querer (y aquí no hay que ponerse románticos). Es decir la voluntad —el mandato, el imperativo— más fundamental consiste en querer querer. La voluntad como a priori de la fuerza de voluntad sería, por tanto, la obligación —el mandato— que nos imponemos a nosotros mismos de querer, en definitiva, de no depender de lo que, estando en nosotros, no nos pertenece. Esto es, que no nos pueda el miedo, la recompensa… Esta voluntad de voluntad, por decirlo así, se expresa a través del imperativo categórico: haz lo que debas hacer no por miedo o por conseguir una recompensa, sino porque debes, esto es, por puro sentido del deber. En esto consiste nuestra libertad. De ahí que Kant entienda la libertad como autonomía —literalmente, como darse a uno mismo esta ley, en definitiva, como voluntad de voluntad.

Con todo, también cierto que no podemos querer cualquier cosa, sino solo el bien, es decir, solo que lo pasa por el respeto al otro: serle fiel por serle fiel; decirle la verdad por decirle la verdad, etcétera. Y es que ponerle fuerza de voluntad a un propósito que le hiciese daño supondría depender, una vez más, de lo heterónomo.

Aquí la pregunta —la que le haría Hume a Kant— es si acaso la conclusión no sería otra si hubiéramos sido educados en una cultura que no valorase el dominio de sí o la fuerza de voluntad. Esto es, si lo que Kant atribuye a la razón no sería, al fin y al cabo, el resultado de un haber interiorizado la exigencia, típica de la tradición occidental, de ser, precisamente, alguien —y alguien de mérito. No es una mala pregunta.

nietzscheanas 69

marzo 17, 2026 § Deja un comentario

Dios ha muerto, proclamó Nietzsche. Sin embargo, con ello no expresó su opinión acerca del asunto Dios… como él mismo se encargó de destacar. Pues a la pregunta acerca de la existencia de Dios no la respondemos nosotros, sino la época. Y es que cada época, tiene su propio mundo, sus hechos. La declaración de Nietzsche dice precisamente esto: que el mundo en el que la presencia de Dios fue algo ambiental —el mundo de los débiles— ya pasó. El débil se siente rodeado de presencias invisibles —y, por eso mismo, amenazantes. Como el niño, para el que los bosques son siempre bosques encantados. De ahí que Dios comience a retroceder donde deja de provocar, al menos de buen comienzo, temblor y temblor. Esto es, donde deviene una variante del amigo invisible de la infancia.

una breve definición de nihilismo y un final

marzo 14, 2026 § Deja un comentario

Tras la catástrofe, no habrá una nueva tierra, ningún deus ex machina que restaure la paz. Tan solo, devastación. El héroe se sacrificó en vano. No habrá noticias de Dios. Ni siquiera, quienes clamen por él. ¿La respuesta? El monte Horeb, tras la travesía del desierto: primero obedeceremos, y luego ya veremos. La salida del nihilismo nunca fue un saber.

el nihilismo y el tiempo

marzo 11, 2026 § Deja un comentario

La eternidad todo lo disuelve. O, si se prefiere, devalúa. El valor es un acto de resistencia frente al eterno, no su donación. Nietzsche, quizá, no comprendiese hasta el final la naturaleza del valor al entenderlo tan solo como símbolo de lo trascendente. Y, por eso mismo —porque, en definitiva, no hay trascendencia—, como lo que estaba en nuestras manos crear. Y es que el modelo no es la Kaaba, sino la vida como excepción frente a una vida sustancial, esto es, como voluntad de poder, la cual solo sabe avanzar fagocitándose a sí misma.

El problema para los resistentes, sin embargo, es que no habrá ningún dios que, procediendo ex machina, les dé la razón. De ahí que el horizonte de la resistencia sea una esperanza que, en tanto que apunta a lo imposible, ignora el cómo de su realización.

la mirada histórica (1)

marzo 10, 2026 § Deja un comentario

¿Qué significa comprender el pasado? Que lo que fue —y lo que fue va adherido a un significado— no volverá. Pues ver es siempre ver como. Quien ve, por ejemplo, un martillo, ve un clavo. Un aborigen australiano de los de antes no hubiera podido ver, por tanto, un martillo, sino acaso un hacha defectuosa.

Gadamer, por tanto, tenía razón: debemos intentar comprender el pasado como quien intenta comprender una lengua extranjera o, mejor dicho, una lengua muerta. Y esto no implica, simplemente, traducir diccionario en mano. Tampoco, que ellos querían decir lo que nosotros diríamos de otro modo. No hay una experiencia común entre las mujeres y los hombres de la Antigüedad y nosotros. En cualquier caso, una condición. Y es que todos nos encontramos expuestos a la desmesura de una alteridad sin esencia. El modo de decir —el modo de ver— determina la experiencia del mundo y, por extensión, el mundo al que pertenecemos. Por consiguiente, cuando algunos de los primeros seguidores del galileo dijeron que el espíritu de Dios había levantado al crucificado de entre los muertos no quisieron decir, en el fondo, que Jesús seguía vivo en sus corazones. Pues no es, exactamente, lo mismo.

matones en el aula

marzo 9, 2026 § Deja un comentario

En lo relativo al orden escolar, la pedagogía woke maneja un mantra: las faltas de disciplina deben resolverse, no mediante medidas disciplinarias, sino por medio de la conversación edificante. Así, a los malotes —los que vacían extintores, los que rompen el mobiliario escolar, los que insultan al profe en medio de clase, por no decir, quienes lo empujan o escupen, etcétera…— hemos de convencerles, amablemente, de que lo que han hecho está muy mal. Vale. SIn embargo, ¿qué suele suceder, sobre todo con adolescentes? Pues que, tras la charla acerca de, por ejemplo, el riesgo que supone vaciar extintores —y el costo—, al cabo de pocas horas más extintores vaciados.

Es verdad que el profe no ha de tomarse, por ejemplo, el insulto como un asunto personal. Pues, en ese caso, pierde. La autoridad se gana con sangre fría. O, mejor dicho, temple. Y, por eso mismo, el profe debería evitar descender al terreno del malote. La respuesta no tiene que ser una reacción. No obstante, el exceso de buenismo conduce directamente a la quema de los claustros. Pues la mayoría de quienes los integran son humanos. Y hay que tener las espaldas muy anchas para soportar día tras día el desprecio de los alumnos, su dimisión. ¿El efecto? Cada vez hay más maestros y profesores desmotivados. Y no porque ya no les atraiga la enseñanza, sino porque a nadie le atrae entrar —y a diario— en aulas amenazantes, aquellas en las que el profe es, literalmente, ninguneado. Aunque no solo: los alumnos que quieren aprender también salen perdiendo. Pues no hay modo de llevar la clase a buen puerto, donde los malotes llevan la voz cantante. Y la llevan porque el buenismo pedagógico no sabe pararles los pies.

Y no sabe cómo hacerlo porque su enfoque parte de un error de concepto… al entender un aula, en la que, fácilmente, pueden haber treinta y pico alumnos, es una comunidad. A menos que el grupo esté formado por pocos, la relación entre el profe y la clase es, de entrada, política. Y tiene que serlo para que la relación no termine siendo solo política. Esto significa que la primera cuestión que ha de resolverse es quién manda. Si los alumnos entienden a la primera que quien manda es el profe —y lo entenderán si este exhala por sí mismo la suficiente autoridad o, en su defecto, si esta le es transferida por la institución a través de líneas rojas que se hacen respetar—, entonces todo fluye. De lo contrario, el aula se convierte en una selva. El problema de la pedagogía woke es que detesta, casi visceralmente, cualquier forma de autoridad, al confundir autoridad con autoritarismo. Como si fuese posible una formación sin autoridad. En fin…

Ciertamente, tiene que haber conversación. Pero, en su momento, nunca antes de tiempo. Los malotes hacen lo que hacen no porque estén cargados de razones. Y, como dijo Nietzsche, lo que entra por la sinrazón, no saldrá por medio de la razón. Chaval, has cogido la pelota con las manos. Tienes que salir del campo. Luego hablamos.

error de base

marzo 7, 2026 § Deja un comentario

Cuando la pedagogía woke insiste en que ya no es necesario transmitir conocimientos porque estos están disponibles en la web, olvida —no sé si interesadamente, aunque lo parece— que el verdadero conocimiento es aquel que ha sido incorporado. Y dificilmente incorporamos —es decir, hacemos nuestro— lo que está disponible como lo está un martillo o un revólver. Y es que el saber no es el resultado del corta y pega —del uso de unos conocimientos que permanecen en el estante —, sino del haberse peleado con lo que nos cuesta comprender. Y lo más curioso es que la neurociencia no parece avalar buena parte de los métodos de la pedagogía woke. Y digo curioso porque esta suele apelar, precisamente, a la misma.

Otro asunto, sin embargo, es que la escuela siga ejerciendo su función según las prácticas de una fábrica. O de una prisión. Y con respecto a este asunto sí que cabe hablar.

dos metáforas

marzo 6, 2026 § Deja un comentario

O bien, vemos el océano que hay tras el muro —y lo vemos porque nos subimos a un árbol. O bien, estamos en un campo que es visto desde diferentes ópticas. Ambas metáforas determinan, cada una por su lado, una posición existencial. En el primer caso, se da por sentado que hay que elevarse para ver lo que el muro nos impide ver… y debe ser visto. Tradicionalmente, ese árbol fue la razón. En el segundo, sin embargo, no hay nada que ver… que no esté a la vista. Y, por eso mismo, solo caben las perspectivas, una de las cuales, aunque hoy en día dominante, es la de la ciencia. Espontáneamente, y pesar de Kant, creemos que no hay un en sí que trascienda las apariencias —y que las trascienda como lo que, siendo, en modo alguno puede aparecer como tal. O mejor dicho, cualquier ir más allá consiste en sustituir una apariencia por otra, se supone, más adecuada. Esse est percipi. La primera imagen rigió la Antigüedad. La segunda, los tiempos modernos.

Ahora bien, esto equivale a decir que la verdad no es la misma —ni podrá serlo. Y lo que esto significa es que la apologética cristiana no llegará a buen puerto si, de algún modo, no recupera la concepción más originaria de la verdad. Pues antes que adecuación, lo verdadero fue revelación. Y no hay revelación que no suponga, literalmente, un volver a velar. Así, el sujeto moderno entenderá el misterio como lo aún por descubrir, mientras que para el de las viejas épocas, el misterio que abraza el mundo fue lo, de por sí, irresoluble. No es lo mismo. Y no porque nos falte capacidad, sino porque el misterio que abraza el mundo es el de aquello que, por definición, no puede pertenecer a ningún mundo. Quizá fuese por esto que Rahner dijera que, incluso en los cielos, Dios seguiría siendo un misterio.

fumando en la escuela

marzo 4, 2026 § 1 comentario

En la pedagogía woke, hay mucha ingenuidad —mucho adanismo. Pues su presupuesto fundamental —todos los alumnos están muy interesados en aprender… y las clases magistrales son algo así como un palo en las ruedas— no se ajusta a la realidad. Puedo admitir que el punto de partida del aprendizaje sea la curiosidad. Pues es así. Pero el paso de la curiosidad al interés exige otra munición que la que les proporciona a los chicos el wokismo pedagógico. El estudiante no es un territorio virgen del cual cabe extraer inmensas riquezas: viene con su mochila a cuestas. Y la mochila, si es ligera, podrá favorecer, sin duda, que el alumno sea capaz de transitar de la curiosidad al interés. Aun cuando nunca espontáneamente, salvo casos contados. Pero, si viene cargada de piedras, la escuela que dé por sentado que los chicos son —todos— una página en blanco se convierte en, simplemente, un orden disciplinario: seis horas encerrados aprendiendo a obedecer… lo que, dicho sea de paso, les ayudará a soportar largas jornadas de trabajo, aunque poco más. Ahora bien, las piedras tienen diferentes orígenes: desde familias desestructuradas, cuyo número va en aumento, hasta el mundo virtual, mucho más estimulante, en el que los chicos se instalan desde la más corta edad… de tal modo que lo que constituye un palo en las ruedas no es la clase magistral, sino la escuela en su conjunto.

Ciertamente, aprendemos lo que hacemos. Y poco aprendemos donde nos limitamos a memorizar fórmulas o párrafos —y aquí no estoy negando la importancia, fundamental, de ejercitar la memoria. Pero la escuela, si ha de formar —si ha de desarrollar aptitudes tanto humanas como intelectuales—, no puede renunciar a la cultura del esfuerzo —y quien dice esfuerzo, dice disciplina. Como tampoco, a transmitir el patrimonio cultural de Occidente. Al menos, porque no hay libertad sin saberes, ni donde la disciplina nos sigue pareciendo una camisa de fuerza. Y sin libertad —sin autonomía— continuaremos enfrentados a lo que deseamos —y ello al margen de que el deseo sea, de hecho, una imposición—, pero nunca a lo que queremos. Pues querer es perseguir. Y con insistencia. Se trata, obviamente, de la fuerza de voluntad. Y esta no se desarrolla sin cuestas lo suficientemente empinadas.

No obstante, la escuela woke abomina de lo anterior . De lo que se trata es de las competencias. ¿El resultado? Una mayoría de incompetentes. Esto es, más elitismo. Así, los alumnos saldrán sabiendo cómo se maqueta un periódico. Pero no tendrán nada que decir —nada que no sea lo que se dice por ahí. Pues quien viene con la mochila llena de piedras —la mayor parte de los chicos— difícilmente será estimulado por maestros reducidos a monitores de actividades, sobre el papel, engrescadores, pero que, de hecho, son enormemente aburridas, sobre todo si están concebidas dando por sentado que los adolescentes siguen siendo unos niños.

¿Dónde estoy?

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