amalek

abril 24, 2010 § Deja un comentario

Dt 25, 17-19. «Recordad lo que os hizo Amalek cuando estabais en camino, después de haber salido de Egipto. Recordad que, sin ningún temor de Dios, os atacó en el camino y se aprovechó de que estabais cansados y fatigados. Atacó por la espalda a los que se sentían débiles y se habían quedado atrás. Por lo tanto, cuando Yavhé vuestro Dios os haya librado de vuestros enemigos en el país que él os dará por herencia, deberéis borrar de la tierra la memoria de Amalek. No lo olvidéis.»

¿Cómo entender este pasaje? ¿Cómo puede Dios ordenar un genocidio? Por lo común, sorteamos la dificultad a la manera de Marción, arrancando las páginas incómodas, ésas que no acaban de coincidir con lo que esperamos de Dios. Podemos también ser más sutiles y decir que Israel, ahí, no entendió verdadaderamente a Dios. Sin embargo, Israel difícilmente puede prescindir de los acontecimientos que inspiran el temor de Dios. Los episodios de la ira de Dios —esos que provocan el temor del hombre— no son, precisamente, episódicos en el Antiguo Testamento.  Por otro lado, tampoco parece que se trate de un pasaje que solo pretenda justificar a posteriori el exterminio de los amalecitas a manos de Israel, pues Israel se resiste, de hecho, a exterminarlos. Saúl, por ejemplo, tendrá piedad de Agag, el rey de los amalecitas, cuando tras la exhortación de Samuel, se vea obligado, como primer rey de Israel, a ejecutar el antiguo mandato de Yavhé, sin excepción de “hombres o mujeres, niños o recién nacidos, buey u oveja…”. Podríamos estar tentados de creer que fue Saúl y no Samuel quien interpretó adecuadamente la voluntad de Dios. Pero ¿pudo equivocarse Samuel con respecto a Dios? ¿Pudo errar el primero de los grandes profetas en un asunto tan crucial? En cualquier caso, el fragmento bíblico no parece que esté de parte de Saúl. Samuel decide cumplir él mismo con el mandato de Yavhé y, poniendo a Agag de rodillas, pronuncia la sentencia antes de ejecutarlo en nombre de Dios: “así como tu espada ha dejado sin hijos a tantas madres, así tu madre será ahora una madre sin hijo. Y, sin más, Samuel lo descuartizó en Guilgal, ante el Señor.» 1Sam 15.

¿Cómo pudo Samuel comprender el exterminio de los amalecitas como algo querido por Dios? Para ponernos en la piel de Samuel quizá debamos admitir lo que nuestra sensibilidad moderna —una sensibilidad, al fin y al cabo, tópicamente cristiana—, no está dispuesta a admitir, a saber, la posibilidad de un mal humanamente irredimible. Pero desde la experiencia de la extrema transcendencia de Dios, ¿acaso no estamos obligados a reconocer esta posibilidad? Más aún, quien permanece a la espera de Dios ¿puede tomarse en serio a Dios, sin tomar en serio lo anterior, esto es, sin temer desobedecer la orden de Dios contra Amalek? Amalek no fue simplemente alguien que hizo el mal, ni tampoco alguien que llegó a simbolizarlo. Fue, sencillamente, el mal. Fue el enemigo y un enemigo, en tanto que inseparable del mal que realiza, no puede servir como símbolo. El enemigo es Satán, la entera encarnación del Mal —un psicópata, diríamos hoy—. Según un comentario rabínico, Amalek no se arrepiente ni siquiera a las puertas del infierno. Un enemigo es, sencillamente, intratable, alguien con quien no podemos pactar la paz. Algo así como el reverso de Dios. En este sentido, tomarse en serio la realidad del mal —la existencia concreta de Amalek, su dureza, su impenetrable oscuridad, su esencial resistencia a la luz— supone afirmar que tan solo Dios puede librarnos del Mal, esto es, que tan solo Dios puede transformar el corazón de Amalek. Por eso, mientras Dios esté aún por llegar —mientras Dios siga siendo el por-venir del hombre—, estámos obligados, en nombre de Dios, a exterminar al enemigo. Para que el judío —el sin dios, el sin tierra, el desgraciado— pueda vivir, el nazi ha de ser exterminado. Esto es tomarse la vida en serio, sobre todo, donde la vida —la vida débil— se encuentra amenazada por los poderes de este mundo. Quien aún permanece a la espera de Dios, no puede aceptar la exhortación, no solo cristiana, sino también rabínica, a amar al enemigo. El hombre, sencillamente, no puede cumplir con este mandato.

PS: Por otro lado, no es casual que el Antiguo Testamento preceda al Nuevo, pues únicamente desde el Antiguo podemos hacernos una idea del alcance del Nuevo, de su escándalo. El amor al enemigo tan solo puede ser reconocido como mandato de Dios, donde Dios ha sido crucificado en nombre de Dios. Tan solo porque el Dios crucificado le ha amado antes, debe el hombre amar al enemigo… aun cuando siga sin poder amarlo.  Tan solo porque Dios se hizo presente como Crucificado —solo porque cristianamente ya no permanecemos a la espera de Dios—, deja el hombre de estar sometido al mandato contra Amalek. No debería, por tanto, extrañarnos que crucificaran a Jesús de Nazareth, pues ¿quién puede atreverse a ofrecer un perdón que solo Dios podía ofrecer? Únicamente el cristiano reconoce el perdón del Crucificado como el perdón mismo de Dios —un perdón imposible— y, por tanto, como la confirmación misma de Dios al perdón que ofreció anticipadamente ese hombre de Dios que fue Jesús de Nazareth. Quien dice que podemos prescindir de Dios —de hecho, de su historia—  a la hora de enfrentarnos a la posibilidad de perdonar al enemigo, simplemente, no sabe lo que dice. Esto es lo que pasa cuanto pasas demasiadas horas viendo los episodios de la abejita maya.

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