trippy

mayo 9, 2010 § Deja un comentario

De Ap 21: «y el ángel me transportó en éxtasis a un monte altísimo, y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria. Brillaba como una piedra preciosa [… pero] no vi ningún santuario, porque su santuario es el Señor, Dios del Universo, y el Cordero.»

Esto es: la Encarnación —el descenso sacrificial de Dios— es incompatible con el Templo. Por lo común el conflicto entre Jesús de Nazareth y  los sacerdotes del momento suele interpretarse como un conflicto, al fin y al cabo, de naturaleza moral: como si esos sacerdotes, los saduceos, con el paso del tiempo, se hubieran dejado corromper por el poder y el afán de lucro. Sin embargo, diría que las raíces del conflicto son más profundas. Si la denuncia profética de Jesús de Nazareth, al menos tal y como fue comprendida tras el acontecimiento de la Cruz, no hubiera alcanzado al hecho mismo de que haya un lugar para el cultivo de Dios, la destrucción del Templo de Jerusalén en el 70 dC —el trauma que dio pie a la condición judía tal y como la conocemos hoy en día— difícilmente hubiera sido interpretada cristianamente como una confirmación divina de la fe en Cristo. Y es que si es verdad que en la Cruz no solo muere el enviado de Dios, sino Dios mismo; si es verdad que la  identificación entre Dios y el Crucificado es radical, de modo que no solo podamos decir que el Crucificado es Dios, sino que Dios es el Crucificado; si es verdad que el sacrificio de Dios es la condición misma de la vida del Espíritu…, entonces no puede haber lugar para Dios. O dicho de otro modo: la relación del hombre con Dios no se decide en ninguna cumbre o templo… sino en el Sí o el No que el hombre pueda pronunciar ante la situación de un Dios-Crucificado. Ahora bien, si esta es la verdad del cristianismo, entonces se comprende que resulte inaceptable para quien posee la actual sensibilidad religiosa, pues para esta sensibilidad Dios, en tanto que universal, debe permanecer más allá de cualquier mediación histórica. Más aún: los presupuestos del vínculo religioso del hombre con lo divino —a saber que «dios» siempre aguarda al hombre purificado— son incompatibles con el escándalo de un Dios que desciende hasta su muerte en Cruz… para salvar a quienes no lo merecen: los verdugos, los hijos de puta, los hombres. Nadie que posea una sensibilidad religiosa podrá admitir que Dios debe morir para que el hombre pueda vivir ante Dios, en el Espíritu de Dios. Otra cosa, sin embargo, es que el cristianismo haya sobrevivido a la neutralización de los tiempos modernos ocultando su verdad, esto es, presentándose, cada vez con mayor impudor, como una religión entre otras. Pero éste es, sin duda, otro asunto.

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