si vis pacem, para bellum
mayo 12, 2010 § Deja un comentario
Donde nos preguntamos cómo debemos moralmente comprometernos con este mundo que nos ha tocado vivir, la lucidez acaso consista en admitir que una cosa es la moral y otra la política. Tampoco es que se trate de ámbitos claramente diferenciados. Las interferencias son inevitables. La tensión, sin embargo, irresoluble. Por ello, los pensadores utópicos —quienes suelen exhortarnos con proclamas del tipo «seamos realistas, pidamos lo imposible»—, al confundir los términos, suelen acabar justificando su impotencia… por no hablar de su cómoda situación. Al fin y al cabo, mala fe. Nuestra conciencia queda, ciertamente, más tranquila donde podemos decir, mientras alzamos nuestras manos impolutas: hicimos lo debido y si el mundo sigue como antes es porque nadie nos hizo caso. Pero, darle la culpa a los demás —a su impiedad, a su falta de corazón— ¿no es acaso un síntoma de la más grave irresponsabilidad? ¿Podemos estar tan convencidos de que no se nos pedirán cuentas por haber sido tan buenos? ¿Y si la realización del «bien» no exigiera también ser astutos como serpientes? Quien dice que otro mundo es posible, mientras apela a la conversión de los corazones es como si dijera que los cerdos volarían, si tuvieran alas. Obvio. Pero el caso es que los cerdos no pueden tener alas… y seguir siendo unos cerdos. Un cerdo siempre se revolcará sobre el fango. Este es el dato que hay que tener en cuenta, si uno quiere poner la granja en paz. Si todos fuéramos ángeles, sencillamente, estaríamos en el cielo. Quien dice que otro mundo es posible olvida, por tanto, cuál es la esencia del mundo. Olvida la necesidad del enemigo. Aquí la tautología resulta significativa: otro mundo es otro mundo… no éste. Otro mundo ya no sería en ningún sentido un mundo. Así, la cuestión de la política —la cuestión que debe plantearse quien pretenda realizar algo bueno— es qué hay que hacer teniendo en cuenta que no todos los hombres van a ser buenos. La cuestión sobre lo que deberíamos hacer para que todos pudiéramos ser buenos es irrelevante cuando se trata de realizar el bien, esto es, la justicia y la paz. Por tanto, si tiene que haber paz en este mundo, tengamos en cuenta la posibilidad de la guerra. Sin duda, esto tiene sus riesgos. Un arsenal, no es un Lego. Pero nadie dijo, sin embargo, que tuviéramos que ahorrarnos los riesgos. De hecho, no es posible. Pero quienes no asumen riesgos son, de hecho, unos irresponsables. Pensadores de palacio —de palacios de cristal—.
(Otra cosa, sin embargo, es que quieras la paz. Quien quiere la paz no puede coger un fusil. El querer no entiende de cálculos. Quien ama no admite negocio. Es intratable. Deberíamos saberlo: tan solo ama en verdad quien se encuentra sometido al innegociable «mandato de Dios». Una locura. Como si uno solo pudiera querer en verdad lo imposible. Por eso la finalidad del querer —su objeto, su horizonte— solo puede articularse con imágenes increíbles: «y los extranjeros [esto es, vuestros enemigos] se pondrán a cuidar vuestros rebaños» (Is 61, 5). O bien: «el lobo y el cordero pacerán juntos, y el león comerá hierba…» [!!] (Is 65, 25). ¿Es que alguien que no sea un estúpido cree que esto es posible aquí? En modo alguno estamos ante un objetivo político. En modo alguno se trata de hacer lo debido para que sea posible la transformación del mundo. Quienes quieren en verdad otro mundo solo pueden esperar el fin del mundo. En realidad, no pueden esperar nada más. Creer otra cosa sería confundir las cosas. Algo típico, no obstante, de estos tiempos que creen posible prescindir de Dios para aquello que sigue siendo un asunto de Dios.)