split

mayo 15, 2010 § Deja un comentario

Lo asombroso: que haya un animal que se atreva a mirar por encima, que posea valores, que divida las cosas del mundo no ya en convenientes e inconvenientes, sino en comestibles (y, por consiguiente, excretables) e intocables. Sin embargo, ¿de dónde proceden esos valores que juzgan el mundo, que lo ponen en cuestión —las ideas que nos obligan a decir que el mundo no es lo que debería ser—? Antes decían: del mundo ideal, sobrenatural. El cielo era, ciertamente, un lugar, un lugar en donde esos valores podían tener lugar, es decir: ser en verdad. El cielo como raíz, como fundamento. En cambio, hoy estamos obligados a reconocer que el valor —lo que al fin y al cabo debe ser— no es más que la proyección especular de nuestra insatisfacción. El ideal se convierte en algo demasiado nuestro como para que nos obligue a un reconocimiento incuestionable.  ¿A quien echar la culpa de este giro? Probablemente, a Galileo. El fue el primero en señalar las imperfecciones de los astros, sus manchas, sus arrugas. El cielo dejó de ser algo otro para ser simplemente una distancia. Y es cuestión de tiempo que un cielo accesible acaba siendo tan solo esa pantalla en donde se proyectan nuestras fantasías.

(Y, sin embargo, esta catástrofe —literalmente, la caída del cielo estrellado— ¿no fue acaso ya anticipada por el mismo Dios que prefirió descansar el séptimo día?)

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