una historia del pensamiento occidental en dos pasos

mayo 16, 2010 § Deja un comentario

1. El mundo real se encuentra más allá de lo sensible. La verdadera realidad —lo que en verdad tiene lugar, lo que persiste— es invisible a los ojos. Más aún: es la condición misma de lo sensible. Si las cosas de este mundo se muestran como se muestran es porque participan en cierta medida de lo que existe en verdad, plenamente. Y lo que existe en verdad es, por defecto, lo bueno, lo que se da sin falta, por entero. Si lo real es, por definición, lo que se manifiesta, entonces lo que se manifiesta siempre se encuentra, en sí mismo, más allá de su manifestación. Por ejemplo, la realidad de un cuerpo bello —lo que se muestra en ese cuerpo— es, precisamente, la belleza. Sin embargo, ese cuerpo bello no acaba de ser (enteramente) bello. Por eso, estrictamente, deberíamos decir que se muestra como (si fuera) bello —que parece bello—. Un cuerpo bello no acaba de ser la belleza que re-presenta (y lo que no acaba de ser, sencillamente, no es). Y si los cuerpos bellos no acaban de ser lo que parecen es porque la materia con la que están hechos se resiste a adoptar los límites de lo que es bello en verdad —los límites de la belleza ideal, de su idea—. En cualquier caso, si podemos decir de ese cuerpo que no acaba de ser enteramente bello es porque, en cierto sentido, se encuentra sometido a la exigencia de lo bello. La realidad, en definitiva, se impone como lo que debe ser. La naturaleza de la cosa es lo que debe ser esa cosa. Paralelamente, quienes intentan alcanzar la perfección tan solo intentan ser lo que, al fin y al cabo, son: realizarse como lo que son. La virtud es, por eso mismo, la excelencia: ser bueno es ser bueno en ser lo que uno es. Así pues, el bien es lo propiamente real —y el mal, carencia—. Esto, como sabemos, es Platón.

2. La realidad ya no se encuentra por encima de su manifestación. La realidad es, propiamente, lo que se resiste a la realización de lo que debe ser. La realidad es, antes que nada, materia —decepción—. Y, así, lo que debe ser —lo bueno en verdadya no coincide con lo real. Lo que debe ser pasa a ser un ideal, un horizonte, algo siempre por-venir, estricta u-topía. De este modo, lo real del cuerpo bello —lo que ese cuerpo hace presente, revela— es, de hecho, esa falta de coincidencia con el canon, el cual ha pasado a tener, precisamente, el carácter irreal de la imagen. La ley se ha quedado sin naturaleza —o, mejor dicho, nuestra naturaleza sin ley— y, por eso, la obligación acaba teniendo mala prensa: no se desprende de lo que somos. Así, porque ya no encuentra su (antiguo) lugar, el absoluto bien no puede tener lugar —y lo que no tiene lugar propiamente no es—. El absoluto bien ha quedado desplazado al ámbito de lo imaginario. La realidad es la cruda realidad —lo indefectible del desengaño, el desajuste, el no—, mientras que el absoluto bien —el bien sin mácula— es propiedad de Walt Disney. Esto, como sabemos, es nuestro ahora.

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