city lights

mayo 20, 2010 § Deja un comentario

Hay como dos actitudes básicas: la de aquellos que creen poseer la certeza del sentido de la existencia —esto es, la de quienes están sometidos a una imagen del bien— y la de aquellos que están convencidos, por lo común a través de un sufrimiento sin salida, que el hombre, al fin y al cabo, se encuentra sometido a lo que no puede integrar como propio y que, sin embargo, exige ser reconocido como lo más íntimo, esto es: el trauma de una suciedad imborrable —del No que aguarda—, el persistente silbato de Chaplin… El primer caso es el de quienes eluden el peso de la existencia, aun cuando sea bajo la forma de la voluntad de transformación del mundo. El segundo es el característico de las vidas abisales, profundas, heroicas —¿quién dijo que el heroísmo fuera envidiable?—, las vidas que, en el límite, constatan que, sea cual sea su esfuerzo, nadie sabe de qué va todo esto, aquéllas para las que el sentido es siempre un por-venir, algo propio del final de los tiempos y, por tanto, algo que de hecho nos nos incumbre. En el primer caso, suele recurrirse a la “trascendencia”, o bien explícitamente, es decir, por medio de las imágenes arquetípicas de un mundo sobrenatural, el cual en tanto que mundo no es más que una proyección especular de nuestro mundo; o bien a través su forma secularizada, la de un horizonte ideal e inmanente. En cambio, en el segundo caso, la trascendencia no puede ser un recurso: es un abismo. En el primer caso, el Sí —su Sí— es irrelevante. En el segundo, salvífico. La primera actitud es propia de las almas bellas. El segundo, de las quebradas. En cualquier caso, solo estas últimas encaran lo único que debe ser encarado. Tan solo éstas segundas poseen un origen. Tan solo ellas puede comenzar en verdad. La cuestión es si está en nuestras manos elegir.

PS: ¿cómo es, entonces, que el kerygma evangélico —el imposible Sí de Dios, ese segundo trauma— no escandaliza a quienes aún poseen la certeza de Dios? ¿Acaso no se nos dijo claramente que la palabra solo podrá ser reconocida por quienes no poseen —porque ya nada pueden poseer— un alma bella? ¿Acaso el misterio de Dios no consiste en el hecho de que Dios, ese Dios que se identifica con un Crucificado —con el abandonado de Dios que no abandona a Dios—, aún decidiendo lo más íntimo de nosotros, no puede ser interiorizado hasta el final sin morir?

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