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mayo 25, 2010 § Deja un comentario
Kierkegaard lo dijo a propósito de la caída de Jerusalén, pero también vale, y quizá sobre todo, para Auschwitz: toda habla significativa queda puesta en tela de juicio para siempre —cualquier cosmovisión que ofrezca un sentido, una solución al problema de la existencia, es puesta definitivamente en suspenso—. La sola idea de que el hombre —o Dios mismo— se sobrepongan al Horror es, sencillamente, inconcebible. Literalmente, un escándalo. Por eso, cabe aún hablar del misterio de Dios: porque su realidad no se nos ofrece como la efectividad de un sentido. El sentido —como Dios mismo— sigue siendo un por-venir: algo aún pendiente, a pesar de su anticipación en la Cruz; algo que, en tanto que Dios sigue siendo increíble, no puede exigir creencia, sino propiamente una fe. Y, por eso también, desde la óptica cristiana, un dios tranquilizante —algo así como un vibrador fantasmal—, es sencillamente, un anti-Dios. Un creyente es, al fin y al cabo, alguien que vive (de)pendiente de Dios —alguien cuya vida pende del hilo de un Dios que decidió descansar el séptimo día—.