Jerusalén

mayo 25, 2010 § Deja un comentario

Para una sensibilidad judía lo decisivo no es el carácter ineluctable del paso del tiempo —el hecho de ser-para-la-muerte—, sino el Horror, la radical impiedad del Holocausto. Para esta sensibilidad, el sufrimiento inocente —el grito irreparable de los niños que fueron arrojados vivos a las llamas del infierno de Auschwitz, el silencio pétreo (y petrificante) de los «muselmänner»…— no es solo algo indignante: es, literalmente, algo físicamente insoportable. Algo que clama a un cielo… que no puede ya responder, pues un Dios que se situa siempre más allá, incluso más allá de lo sobrenatural, desactiva por principio la posibilidad de un trato religioso con lo divino, el trato que no puede dejar de exigir a dios una respuesta al sacrificio creyente. «Justicia y no sacrificios es lo que quiero», proclama Yavhé, una y otra vez. No es cuestión, así, de alcanzar la pureza religiosa, sino de responder, sea cual sea nuestra situación inicial, enfrentados solo a la falta de respuesta de un Dios… que debería responder. De lo contrario, el mandato de Dios —ése que se desprende de su radical ausencia— solo se dirigiría a los puros… y no parece que sea éste el caso. La naturaleza insoportable del sufrimiento —eso y nada más— se impone como el centro de la relación del hombre con la realidad trascendente de un único Dios.

(Resulta obvio que estamos en las antípodas de la doctrina del karma. Para esta doctrina, el sufrimiento es, por defecto, transitorio. Cuestión de quemarlo. ¿Cómo es que aún tenemos coraje para defender que, en el fondo, todas las religiones son la misma religión? Sencillamente: quien sostiene lo anterior toma el nombre de Dios en vano. Reirle las gracias supone darle la espalda a esos inocentes que fueron condenados a una muerte atroz. O lo que viene a ser lo mismo: supone darle la espalda al Dios que se identifica con esos abandonados de Dios. Pero ésta y no otra es la definición misma de la blasfemia.)

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