gaza

junio 8, 2010 § Deja un comentario

Una vez más —se dice— Israel ha actuado desproporcionadamente. Una vez más, quienes están a favor de la causa palestina, acusan a Israel de falta de humanidad. ¿Cómo se atreve —proclaman— a hundir un barco de ayuda humanitaria? ¿Cómo justificar la muerte de quienes iban en ese barco? Ciertamente, no hay muerte que podamos justificar… pero ¿se trata de eso —de justificarla—? No me lo parece…  Aquí, de principio a fin, el juego se juega en la cancha de la política. Y la primera regla de la política es aquella que reza que lo mejor es enemigo de lo bueno. Es decir: me parece que no podemos cuestionar el uso de la fuerza diciendo, por ejemplo, que mientras cojamos un fusil, nunca tendremos la paz que anhelamos. Eso ya lo sabemos. Es obvio que si nadie cogiera un fusil, no habrían guerras. Pero la cuestión que debemos plantearnos, si tiene que haber paz, es qué debemos hacer, teniendo en cuenta que ellos sí que cogerán un fusil. No digo que esta manera de entender la responsabilidad política legitime cualquier respuesta. Digo simplemente que, independientemente de la cuestión de fondo —aquélla que se interroga sobre el derecho de Israel a ocupar Palestina—, lo cierto es que no podemos denunciar a Israel desde las posiciones, al fin y al cabo u-tópicas, del pacifismo radical. Se trata de la vieja oposición entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. Una cosa es que queramos la paz —y, ciertamente, este querer, como casi cualquier otro querer, no admite componendas—. Y otra que tenga que haber paz. Lo dramático es que aquí, en este nuestro mundo, no cabe la paz donde no estemos dispuestos a pagar un cierto precio. Si vis pacem, para bellum dijeron los latinos… y, probablemente, con razón. Sometidos a Dios —a su radical trascendencia—, la prohibición de matar se revela como incondicional, esto es, como innegociable. Pero este mandato ¿hasta qué punto nos obliga a dejarnos llevar a las cámaras de gas como corderos que van al matadero? ¿Acaso el hecho de que los nazis tuvieran también a sus hijos jugando por los campos, nos obliga a aceptar que los nuestros sean arrojados vivos a las llamas? El pacifista debería preguntarse si, en los tiempos finales, no será juzgado más seriamente que el político por el hecho de haber preferido tener la manos limpias a habérselas manchado luchando por la paz. Una vez más, Dios y Mundo no parecen del todo compatibles.

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