gran Houellebecq
junio 12, 2010 § Deja un comentario
Primer caso: al comienzo de Ampliación del campo de batalla, una chica, en una fiesta, monta el numerito de la striper encima de una mesa. Nadie, sin embargo, le hace caso. Peor aún, los hombres la miran con una mezcla de perplejidad e indiferencia. Avergonzada, va recogiendo sus ropas y se va.
Segundo caso: un superviviente de Dachau da una charla a una grupo de estudiantes universitarios. Nadie, sin embargo, parece escucharle con atención. La mayoría cree que es un palo. Al acabar, se levanta, con una mezcla de desconcierto y tristeza. Se retira en medio de tímidos aplausos.
¿La diferencia? Muy sencillo. En el primer caso, es ella quien hace el ridículo. En el segundo, los estudiantes. En el primero, el sentido de lo que hace la chica depende enteramente de la respuesta de los hombres. En el segundo, el sentido de la confesión del superviviente —quizá porque, en verdad, no hay aquí sentido que pueda valer— es independiente de la réplica de los estudiantes. En el primero, la fría mirada del espectador condena a quien monta el espectáculo. En el segundo, es el espectador quien es juzgado por quien tiene algo que decir —acaso porque tenga más cosas que callar—.