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junio 18, 2010 § Deja un comentario

Vivimos de las penúltimas palabras, pero sobrevivimos —mejor dicho: resucitamos— con las últimas. O lo que viene a ser lo mismo: podemos disponer de las penúltimas palabras, pero no de las últimas. Que podamos pronunciar sinceramente las últimas palabras no va a depender de nuestro esfuerzo por apoderarnos de ellas. Y quizá por eso mismo la vida no pueda caer bajo principios generales —quizá por eso solo pueda ser contada—. El esquema del cuento es más o menos el mismo: nacimiento, caída, renacimiento. Traducción: primero intentas alcanzar la satisfacción, vivir conforme a lo que tiene que ser, lograr el reconocimiento: del padre, del amante, del mundo…; luego caes en la cuenta de que no es eso… aun cuando todo vaya bien; esto es, comprendes que todo es un error —que el éxito es un malentendido; y, finalmente, con un poco de suerte, todo comienza en realidad; esto es: con un poco de suerte, deberás responder a una demanda insatisfacible. Así, la vida es más verdadera como cuento que como concepto —más verdadera como historia que como hecho o naturaleza—. Por eso mismo el evangelio —esa historia total— es, para quien comprende de qué va el juego, más convincente que cualquier receta religiosa.

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