si Dios existe…: un ejercicio de teo-logica
junio 25, 2010 § Deja un comentario
¿En qué sentido podemos decir que Dios es un misterio? Si Dios pertenece al orden del ente —esto es, si Dios posee una cierta entidad—, entonces Dios solo puede ser misterioso en el mismo sentido en que pueda serlo una cosa misteriosa, a saber, como algo que sabemos que es pero no en qué consiste. Así, uno toparía con Dios como quien topa con un virus: no podría negar su existencia pero no sabría a ciencia cierta si se trata de un ser vivo o bien de una estructura proteica en el límite de la vida. Los virus, como es sabido, se reproducen como los seres vivos, pero no poseen estructura celular. Una cosa misteriosa sería, pues, algo que no acabaría de encajar con los patrones disponibles. Sin embargo, Dios no es un virus. Veamos el porqué.
Si Dios fuera una cosa, aun cuando fuera misteriosa, entonces Dios poseería una esencia, un determinado modo de ser. De igual manera que no podemos concebir una rosa sin el ADN propio de la rosa, tampoco podríamos concebir a Dios sin, por ejemplo, su bondad. Sin embargo, al comprender el hecho divino en los términos de unos rasgos esenciales, dejaríamos de lado la cuestión de su alteridad. La daríamos, eso sí, por descontada… pero, por eso mismo, no nos enfrentaríamos a ella. Si Dios es algo en verdad otro no es porque sea bueno —o , en general, así o asá—, sino porque su realidad se sitúa más allá de la bondad y la maldad (Is 45, 7) —más allá de la esencia—. Si Dios es real es porque su ser —eso que se muestra de un modo u otro— no acaba de coincidir propiamente con su modo de ser: su realidad permanece, como quien dice, siempre más allá de su determinación. Por eso, si Dios fuera una cosa, aun cuando fuera una cosa suprema, su realidad se encontraría, en un cierto sentido, separada de la cosa-divina. Dios estaría más allá de lo divino. O con otras palabras: Dios, en sí mismo, sería lo contínuamente dejado atrás por la cosa-divina. El hecho divino solo sería posible por la continua negación de Dios en sí mismo. Así, quien proclama que Dios es bueno en el sentido de que Dios es algo que se presenta como bueno, debería admitir que, la bondad, en tanto que manifestación de Dios, no coincidiría con Dios en sí mismo. En cualquier caso, quien concibe a Dios al modo de un ente, debería admitir que Dios, en sí mismo, no es otra cosa que la idea de Dios —en judío, un puro nombre—. Si Dios es un misterio —mejor dicho, el misterio— no es porque sea una cosa misteriosa —una especie de virus—, sino porque Dios en sí mismo es una idea —en realidad, la idea—, al fin y al cabo, algo que debe ser y que, sin embargo, no acaba de darse… o, mejor dicho, que no puede darse sin que finalice la Historia. Esto es: Dios como promesa de Dios.