whisful thinking
julio 5, 2010 § Deja un comentario
Hay una versión del cristianismo que se encuentra cerca de la estupidez o, si se prefiere, del hippismo que para el caso vendrían a ser lo mismo: consiste en enfrentarse a los problemas de la polis dando por descontado que no hay otra solución que la que pasa por una completa transformación moral de los hombres y, de paso, de la naturaleza del Mundo. Así, el razonamiento suele seguir siempre la misma pauta: en primer lugar, se identifica la causa del problema, a saber: o bien nuestro modo de hacer las cosas; o bien una pieza del engranaje; en segundo lugar, se propone la solución, la cual, teniendo en cuenta el diagnóstico, suele ser bastante elemental: o bien, hemos de hacer las cosas de otro modo, lo que al fin y al cabo suele implicar ser de otro modo; o bien, se trata de cambiar la pieza. Y, ciertamente, esto tiene su lógica. Pero ya sabemos que las verdades lógicas, si son irrefutables, es porque, de hecho, no dicen nada. Nadie negará que, si todos fuéramos ángeles, el mundo sería un cielo. Pero lo cierto —aquello que hemos de dar por hecho a la hora de encarar una solución política— es que, en cualquier caso, no todos podremos transformarnos en ángeles. Veamos un ejemplo de lo que acabamos de decir. Ante el problemón del cambio climático, el hippie suele ofrecer dos soluciones: o bien deberíamos dejar de consumir la misma cantidad de electricidad o bien deberíamos cambiar los tractores por el arado. Sobre el papel nada que objetar. El único inconveniente es que no se trata de una solución real. Más aún: lo más probable es que estemos, de nuevo, ante un sutil modo de justificarse. Al menos, nuestro hippie podrá dormir tranquilo sabiendo que la culpa es, como suele ser habitual, de los otros. Él ya dijo qué teníamos que hacer. Incluso da ejemplo: vive de su huerto y a oscuras.
PS: en el siguiente vídeo —DWK—, el científico David W Keith ofrece una solución al problema del cambio climático, teniendo presente lo que deberíamos tener siempre presente, a saber: que lo mejor en política suele ser enemigo de lo bueno. La imaginación científica, sin duda, es preferible a la exhortación que solo concibe como solución lo que, al fin y al cabo, se revela como algo de otro mundo. Vale la pena.