vetero
julio 7, 2010 § Deja un comentario
El hallazgo judío, si cabe hablar así, consistió en tomarse en serio el logos —el decir— acerca de Dios. Y por eso mismo, una de sus prohibiciones fundamentales es, como sabemos, la de no tomar el nombre de Dios en vano. Pero ¿cuándo hacemos esto? Pues cuando apelamos a Dios para justificar nuestra buena fortuna o bondad. Bíblicamente, sin embargo, no puede haber verdad cuando nos limitamos a hablar sobre Dios. Tan solo quien invoca a Dios —o mejor dicho: solo quien le pro-voca a la manera de Job— puede pronunciar el impronunciable nombre de Dios. Ahora bien, si un creyente puede nombrar a Dios es porque nadie puede dirigirse en verdad Dios, si no es Dios mismo —esto es, su real inexistencia— quien toma al hombre por la garganta. O dicho de otro modo: el decir a Dios en verdad es el decir mismo de Dios en el corazón del hombre. Únicamente puede dirigirse con honestidad a Dios quien sufre en su carne el peso de la trascendencia de Dios. Si la Torá es, literalmente, palabra de Dios no es porque Dios la haya dictado desde los cielos, como quien dice, sino porque el conjunto de la Torá puede comprenderse —en realidad, debe comprenderse— como una sola invocación de Dios, en el doble sentido del genitivo. Así, lo que el hombre puede hacer en relación con Dios no sería, en definitiva, otra cosa que el poder mismo de Dios.