clase de Historia
julio 8, 2010 § Deja un comentario
El cristianismo solo ha podido hacer las paces con la Ilustración adoptando como propias la creencias de su enemigo interior, el gnosticismo. Así, la creencia de que en el fondo de la existencia humana habita algo así como una chispa divina se ha convertido en la creencia básica de muchos cristianos de hoy, una creencia, por otro lado, asumible incluso por aquellos que, desde otras sensibilidades religiosas, no saben qué hacer con un Dios crucificado. Tras esta notable reducción, no debería extrañarnos, entonces, que muchos consideren evidente que el cristianismo, en el fondo, dice lo mismo que otras religiones: al fin y al cabo, un cristianismo del dios interior es homologable a cualquier cosmovisión que crea en la autorredención del hombre. Y por eso mismo, para una buena parte de los creyentes actuales, la figura de Jesús de Nazareth convence más como maestro que como Señor. Así, solo enmascarando su verdad el cristianismo ha logrado desprenderse de lo que la modernidad ilustrada encuentra inaceptable, a saber: el temor de Dios. Sin embargo, un Dios que no obligue traumáticamente al hombre a salir de sí mismo —un Dios que no le someta a una demanda infinita— ¿en qué sentido puede seguir siendo Dios? Cabe, por tanto, la posibilidad de que un cristianismo sin temor de Dios —o como suele decirse, una espiritualidad transconfesional— no sea otra cosa que la piel de cordero del lobo positivista.