AT

julio 10, 2010 § Deja un comentario

El Antiguo Testamento es, ciertamente, un libro tan extraño que solo con reparos podríamos calificarlo de religioso. Su historias podrían resumirse como sigue: haga lo que haga, el hombre no puede cumplir con lo que Dios le exige. Tarde o temprano, el hombre vuelve a caer. «Cada uno ha vuelto a tomar al esclavo y a la esclava que había dejado libres y los ha sometido de nuevo» (Jer 34, 13-16). Lo dicho: no hay nadie que sea justo (Sal 14). La moraleja es inmediata: la relación del hombre con Dios no es la de quien logra la bendición de Dios con el debido sacrificio, sino la de quien aguarda de rodillas el acontecimiento de Dios. El judío supo antes que nadie que solo (un) Dios podría liberarlo de la enajenación de Dios.

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