survey

julio 11, 2010 § Deja un comentario

No deja de resultar curioso el interés común por conocer la opinión ajena. Como si una opinión valiera gran cosa. De hecho, vale tanto como pueda valer una barretina o una falda escocesa. Nada digno de interés, salvo para el costumari. Así, uno no hace más que el rídiculo cuando dice, por ejemplo, que, según su opinión, todos somos iguales —o bien que la libertad es un valor fundamental—. Por poco que pensemos caeremos en la cuenta de que una opinión es algo que, como tal, decimos sin pensarlo dos veces. Y es que una verdad por defecto difícilmente puede ser reveladora… de la verdad que se le supone. Más aún: con respecto a lo esencial no cabe opinión alguna. De hecho, cuando alguien nos pregunta qué opinamos de Mozart o del libro de Job hay que ser muy estúpido para responder.

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