person

julio 12, 2010 § Deja un comentario

Decir que Dios es persona equivale a decir que la relación del hombre con Dios no puede entenderse como la relación del hombre con una fuerza, ni siquiera en el caso de que definamos esa fuerza como la fuerza misma del amor. El creyente bíblico propiamente no se conecta con el fenómeno divino, sino con la realidad de Dios, esto es, con el deber ser de Dios, su promesa, al fin y al cabo, su todavía no. Sin embargo, bíblicamente  —y acaso sea ésta la gran lección de la Torá— la invocación de Dios se resuelve no ya como la intervención directa de Dios, sino como la invocación misma de Dios al hombre, es decir, como esa llamada que el hombre no puede satisfacer pero tampoco eludir. Dios responde sometiendo al hombre a una demanda sin excusas. En este sentido, su radical trascendencia —en místico: su nada— funciona al modo de esos muros que nos permiten reconocer nuestra voz como la voz debida a otro. O por decirlo en judío: no ya la satisfacción, sino la Ley —el mandato que nace de la garganta de las víctimas— es la única respuesta de Dios a la invocación del hombre. Que esto sea en verdad liberador —y no fuente de neurosis— es algo que, cuanto menos, debería provocar nuestro más profundo desconcierto.

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