éxodo

julio 13, 2010 § Deja un comentario

A pie del Sinaí los esclavos huídos de Egipto respondieron a YWHW (Ex 24, 7): naasse ve nishma —haremos [lo que el Señor ha ordenado] y, así, escucharemos [comprenderemos]—. Esto es, para el judío, la obediencia es anterior al reconocimiento de la verdad. Estrictamente hablando, sería su condición. El contraste con Atenas no puede ser mayor. Para Sócrates, como sabemos, una vida que no vuelva sobre sí misma —una vida que no cuestione las verdades que parecen sostenerla— no es digna de ser vivida. El valor de lo que uno hace o deja de hacer depende, en definitiva, de lo que se admita como real. La visión, pues, va por delante. Una vida en falso es para el griego una vida equivocada, ignorante, bestial. Así, una cosa sería buscar la belleza como la vaca busca la hierba y otra buscarla porque sabemos que es lo único que humanamente debe ser buscado. Es indudable que nosotros estamos en esto más cerca de Atenas que de Jerusalén. Es muy difícil que nosotros, hombres y mujeres hinchados de libertad, podamos posicionarnos junto al judío; es muy difícil que no interpretemos su situación, a pie del Sinaí, como la propia de una inaceptable sumisión. Sin embargo, es muy posible que aquí la decisión del esclavo posea más alcance que la visión del tábano. Y es que un desarraigado —y qué somos, en última instancia, sino esto: hombres y mujeres sin arraigo— o bien responde a un mandato imposible —e imposible en tanto que su situación es la propia de quien se encuentra sin salida— o bien se convierte en un muselmann. Esto es: para un esclavo, la obediencia incomprensible al Señor de los cielos y de la tierra —a un Dios, al fin y al cabo, sin imagen— se convierte en la condición misma de la libertad, la voluntad, el querer. Así, tan solo quien cree que el hombre no es un en verdad un desarraigado, sino simplemente un extraviado, puede aspirar a la libertad de los dioses. O con otras palabras: tan solo quien se cree un espíritu celestial —quien cree que su patria es el más allá—, puede pretender ser señor de sí mismo.

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