tatoo
julio 16, 2010 § Deja un comentario
Con un poco de suerte, podemos llegar a ver lo que debe ser visto. Podemos tener, lo que se dice, una visión. O dicho en judío: podemos escuchar la palabra que ahoga la cháchara de los hombres. Sin embargo, la cuestión es cómo permanecer ahí —en definitiva, cómo el cuerpo puede seguir las alucinaciones del espíritu—. El espíritu avanza en el vacío, pero el cuerpo sabe de buen comienzo a qué atenerse. Con la punta de los dedos acariciamos el más allá, la indigencia de los hombres, su invocación. Pero el cuerpo solo se mueve por el sabor. El espíritu quisiera una obsesión, mientras el cuerpo se distrae con cualquier cosa que sacia su hambre. La cuestión, al fin y al cabo, es cómo evitar la dispersión —cómo alcanzar una cierta integridad—.
(El antiguo, con todo, sabía perfectamente qué tenía que hacer: cercenar, marcar el cuerpo, someterlo al poder del ritual… justo lo que, en aras de nuestra libertad, hoy en día se nos prohíbe. Así, porque nos faltan cicatrices, lucimos tatuajes. Doblegados por la estulticia del consumidor, fácilmente hemos olvidado que la vitalidad no admite la inocencia del cuerpo.)