Pi

julio 17, 2010 § Deja un comentario

Hay tres situaciones —o etapas— posibles.

Primera: tus padres se quieren. Todo lo que te rodea se muestra tal y como debe ser. Hay un orden que sostiene el Mundo y tú formas parte de ese orden. Las cosas te van lo suficientemente bien. Quizá llegues a saber que por ahí hay algunos que sufren más de lo debido, pero para ti es como si estuvieran fuera del mundo. Tú te sientes protegido. Permaneces en la infancia. Tienes un hogar.

Segunda: descubres que tus padres no se quisieron en verdad. Vivieron juntos —funcionaron correctamente— pero no se encontraron. Te das cuenta de que la vida no acaba de ajustarse a lo que debería ser. O puedes incluso ser más dialéctico y entender que el Mundo exige a partes iguales la unión y la discordia. Al fin comprendes que vivimos como desencajados. Nunca acabamos de estar allí donde nos hallamos. Seamos ricos o pobres, bellos o no tan bellos, sabios o ignorantes… siempre nos encontramos en falta. Es decir, algo nos falta y no sabemos a ciencia cierta qué. Descubres, pues, que tus padres son antes que padres, individuos… y un individuo no tiene hogar. Quizá haya un orden, pero no nos pertenece. Dejás atrás tu infancia. Con todo, puedes negar lo que has visto y seguir fantaseando. Es de hecho lo más común.

Tercera: tus padres aceptan su fracaso… pero no se separan. Al contrario: se abrazan como naúfragos. Comprendes que éste sea acaso el único comienzo. No se trata, sin embargo, de algo común. Más bien, de un milagro. Alcanzas una segunda ingenuidad. Puedes esperar.

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo Pi en la modificación.

Meta