la esencia del politeísmo

julio 23, 2010 § Deja un comentario

Un hombre tiene ante sí la imagen de su mujer y sus tres hijos. Se les ve felices. No puede evitar la sensación de que, en principio, todo ocurre conforme a lo que debe ser, la sensación de que la relación que mantienen es, al fin y al cabo, verdadera. Sin embargo, con qué facilidad puede quebrarse esta situación. ¿Deberíamos atribuir esta quiebra al hecho de que hombres y mujeres no siempre estamos a la altura de nuestra satisfacción —a que no sabemos cómo resistir una fuerte tentación sin sentirnos privados de libertad—? Sabemos que para una sensibilidad típicamente monoteísta solo caben dos posibilidades: o bien cumplimos con la voluntad de Dios; o bien estamos en falso. No obstante, hay otra manera de ver las cosas. Podemos, así, entender que la quiebra —la infidelidad— no se debe tanto a nuestra culpa, sino al hecho de encontrarnos frente a otra verdad, no ya la de la unión, sino la del encuentro, mejor dicho, la del encuentro con el extraño, pues solo los extraños pueden encontrarse en realidad. Aquí no se trata de la disputa entre lo que debe ser y lo que no debe ser, sino entre dos demandas válidas por igual, como quien dice. Esta situación —en el fondo trágica, pues ambos bienes son aquí irreconciliables— es la que intenta expresar la convicción politeísta: los dioses luchan entre sí por el corazón del hombre. O lo que viene a ser lo mismo: no hay un solo dios verdadero. Por eso, el hombre de la convicción politeísta, si quiere evitar el desgarro interior, tiene que aprender a navegar entre Escila y Caribdis. Para una sensibilidad politeísta, no hay culpa, sino error; no hay falsedad, sino falta de astucia. La alternativa podría, pues, resumirse como sigue: o bien desarrollamos, como Ulises, una cierta habilidad, o bien, sometidos al exceso de una sola Ley, en tanto que abocados necesariamente a la culpa, deberíamos admitir que en el fondo no podemos hacer otra cosa que invocar la misericordia de Dios.

(No obstante, para un monoteísmo estricto, la voluntad de Dios tampoco acaba de coincidir con lo que exigen las figuras arquetípicas que regulan en gran medida nuestro sentido de lo que debe ser. De hecho, Abraham abandona el hogar a causa de su obsesión por Dios. Como si la creencia en la verdad de un solo Dios fuera el envés de un desencanto por las cosas del mundo —por cualquiera de ellas—, al fin y al cabo, de un desarraigo sin vuelta atrás. Aquí la Ley de Dios sigue siendo, eso sí, excesiva, pero no tiene nada que ver con nuestra adaptación. Más bien, el Dios del Sinaí exige lo que en modo alguno puede encajar en este mundo, ni siquiera habilmente. Pero éste ya es otro tema.)

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