visionarios
julio 26, 2010 § Deja un comentario
En principio parece que todo dependa de cómo veamos las cosas —que la redención sea función de la mirada—. Estamos ante la lección religiosa por antonomasia, pues ¿acaso el maestro zen no sigue convencido que incluso podemos sobrevivir al Mal, si somos capaces de verlo como Nada? ¿Acaso no se nos exhortó a que contempláramos las cosas sub specie aeternitatis, si queríamos alcanzar una libertad de espíritu? Es elemental que no vivimos del mismo modo donde los cuerpos se muestran como cosas que pueden más o menos satisfacernos que donde se revelan, pongamos por caso, como don de Dios. Y decir que no vivimos del mismo modo equivale a decir que el yo, al fin y al cabo, no es el mismo en un caso que en otro: con el tiempo uno termina transformándose en aquello que ve, en aquello que, al fin y al cabo, ingiere (y, por tanto, defeca). Sin duda, uno se acaba viendo en lo que ve. Si tratas a los demás como si fueran piedras, te conviertes en una piedra —y, por consiguiente, crees que no hay más que piedras—. Si tratas con cerdos, acabas oliendo como ellos. No obstante, la cuestión es si la iluminación es, en verdad, aquello determinante de la existencia. Si no será más decisiva, a la hora de alcanzar una cierta integridad, la obediencia que libera del poder de la circunstancia que la visión beatífica —la pertenencia a un señor insatisfacible que la autosuficiencia del sabio—.