café para todos

julio 28, 2010 § Deja un comentario

Lo que quizá conviene preguntarse no es si la espiritualidad transconfesional es o no verdadera, sino quién necesita esa verdad. La idea de que en el fondo de cada uno de nosotros habita el espíritu de la bondad y que el Mal es el fruto de nuestra ignorancia —o, si se prefiere, de nuestro no saber hacer bien las cosas— es, ciertamente, seductora. ¿Quién no se siente confortado cuando sabe qué tiene que hacer para ver la luz al final del tunel? Se trata, al fin y al cabo, de una cosmovisión al servicio de aquel que aún posee la suficiente fuerza como para confiar en su posibilidad. Sin embargo, este modo de ver las cosas resulta irrelevante, por no decir vejatorio, para quien se halla sepultado por el sufrimiento, para aquellos que abandonados por Dios ya no pueden concebir esperanza alguna. Para las víctimas, el Mal no es el efecto de nuestra ignorancia, sino la última palabra del Mundo. Para las víctimas, la buena noticia no puede ser «yes, we can», sino que Dios resucita a los muertos, esto es, que es posible regresar con vida del Infierno. Otra cosa es de qué Dios estamos hablando, teniendo en cuenta que no se trata de un deus ex machina —o en qué sentido la vida de los resucitados puede seguir siendo una vida enteramente humana—. Sea como sea, lo cierto es que los relatos bíblicos no hablan del espíritu en el mismo sentido que pueda hacerlo un maestro zen. La convicción bíblica es que sólo quien se encuentra sin salida —el cuerpo sin alma— se halla en la situación de poder responder al Mandato de Dios. Y es que, cristianamente, la respuesta de Dios no es más —pero tampoco menos— que la respuesta del crucificado al Mandato de Dios. Jeremías, sin ir más lejos, declaró maldito a quien, ante el espanto de tantas vidas arrojadas al horror, se atreviera a confiar en las posibilidades espirituales del hombre. O lo que viene a ser lo mismo: a la víctima —esa víctima con la que YWHW, conviene subrayarlo, se identifica— se la suda el nirvana.

De momento, no escribiremos más. Demasiado calor.

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