enrojecer

septiembre 18, 2010 § Deja un comentario

Nietzsche lo defendió sin rubor: la violencia es más originaria que la bondad. Esto es: más verdadera, más necesaria. La cuestión es si el origen ha de comprenderse al mismo tiempo como un final, un límite, un destino. Occidente no lo discute: la primera cosa —ese arjé— es, indefectiblemente, algo último. En este sentido, nada nuevo podemos esperar, esto es: nada más allá de la violencia. De otro modo: o la bondad –ese Sí indiscutible— coincide con el fin del Mundo o no es otra cosa que un encubrimiento de la violencia —en nietzscheano, una modalidad del resentimiento—. En este sentido, el Apocalipsis se revela como la fatalidad de la fe bíblica.

(Sin embargo, que la bondad que define lo humano del hombre esté ligada a un por-venir absoluto —o, en judío, a la irrupción de un Dios para quien el Mundo es, sencillamente, inhabitable— es algo que, cuanto menos, debería llenarnos de estupor. Y es que la existencia creyente, al fin y al cabo, no es creíble salvo como una forma de enajenación.)

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