una introducción al cristianismo

septiembre 26, 2010 § Deja un comentario

¿Quién pronuncia el Sí o el No sobre nuestra existencia? Esto es: ¿quién decide su valor? Caben tres posibilidades. El ídolo. La divinidad cósmica. Nadie —esto es, un nadie—. Uno puede situarse con cierto orgullo ante las dos primeras. De hecho, ambas se ofrecen como algo a imitar —algo a conseguir—. Que sea una u otra dependerá de nuestro modo de ser, al fin y al cabo, de la sensibilidad que poseamos para las cosas elevadas. En cambio, la tercera de ningún modo puede ser algo a lo que podamos humanamente aspirar. ¿Quién puede querer sinceramente no ser alguien? Y, sin embargo, si es verdad esto del cristianismo, solo en relación con el invisible —el mierda, el don nadie— hay salvación. Pero ¿cómo podemos creer que solo ése nos juzga —que sólo él decide lo podemos valer— y permanecer como si tal cosa? Más bien, deberíamos levantarnos con indignación. Por eso, es difícil de entender la complaciencia de muchos que dicen creer. Quien ha visto más allá de lo visible —quien ha visto esos cuerpos que nos obligan a apartar la mirada— permanece, cuanto menos, bajo un cierto estupor. Un creyente, por lo común, tiene peladas las rodillas, no el culo

Así, tres posibilidades, tres imágenes:

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