criadillas
septiembre 28, 2010 § Deja un comentario
Las plañideras progres del actual cristianismo suelen quejarse, como sus antagonistas conservadores, de la moderna crisis de valores. Hasta aquí nada qué objetar… aun cuando, en el diagnóstico, dejen de lado la posibilidad de que el nihilismo de ahora sea un daño colateral de esa misma Fe cuya debilidad constatan. En cualquier caso, con qué facilidad nos exhortan esas plañideras a practicar un buenismo, políticamente correcto, que tan dispuesto está a admitir cualquier (gran) religión como verdadera. Como si el valor —la pasión por lo que, en definitiva, vale— fuera posible allí donde todo vale por igual. Un consumidor no suele apasionarse, salvo que siga siendo un niño, por aquello que consume. ¿Debería extrañarnos nuestra contemporánea falta de vigor? Recogemos lo que sembramos. Una cosa es que (casi) cualquier religión sea legítima, esto es, que tenga derecho a ejercerse y otra que sea verdadera. Y es que donde ya no cabe la polémica religiosa, una religión no puede ser otra cosa que una oferta de vida plena, entre otras igualmente disponibles. Como si, al fin y al cabo, todo fuera cuestión de temperamentos, por no decir, de gustos. Quién sabe de lo que habla cuando habla de lo que vale—por lo común, porque lo ha sufrido en las propias carnes—no suele andarse con componendas, aun cuando su espíritu sea el de la paz. Quien ha vuelto con vida del infierno, como quien dice, difícilmente podrá decir que la resurrección de los muertos es como el nirvana. Tampoco le negará al maestro zen el derecho a la existencia… pero la cuestión aquí es quien posee la última palabra. Y la última palabra no la pronuncia quien aún anda ocupado con su satisfacción, aun cuando sea espiritual.