madre no hay más que una

octubre 3, 2010 § Deja un comentario

Cuando un hijo ve a su madre anciana, difícilmente ve en verdad a su madre: difícilmente, cae en la cuenta de que a la mujer que le dió la vida le queda ya poco tiempo. Por lo común, esa verdad se encuentra mezclada con demasiadas cosas: sentimientos contradictorios, historias pasadas, los trámites oficiales, las voces de la tele… Es como si hiciera falta la mediación de una tercera cosa, en este caso, otra mujer anciana para que uno pudiera ver con claridad —por transferencia— de qué se trata, separar el trigo de la paja. Es lo que le ocurrió el otro día a un buen amigo. Tiene a su madre ingresada. Trombo más parálisis. La relación con ella nunca fue fácil, pero tiene que estar —cómo no— al pie del cañon. Pues bien, mientras tomaba un café en el bar del hospital se le apareció su madre. A su lado se le sentó un anciana que a duras penas podía llevarse el refresco a la boca. Aunque, de hecho, esa mujer no era su madre —es obvio—, en realidad sí lo era. Esa anciana re-presentaba —hizo de nuevo presente— lo que ahora es desnudamente su madre, un cuerpo que encara su final, esto es, un alma. Y es que en los simples hechos siempre hay de sobra como para que podamos ver esa sola cosa que en verdad acontece.

(Sustitúyase ‘madre’ por ‘crucificado’ y se obtendrá una bonita explicación de cómo funcionan las apariciones evangélicas.)

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