óxido

octubre 3, 2010 § Deja un comentario

Un muyahidín está convencido de que alcanzará un edén repleto de vestales, si entrega su vida en plena yihad. ¿A qué occidental no escandaliza este santo vigor? Sin embargo ¿qué jugador que se cuestiona las reglas del juego podrá seguir jugando en serio? ¿Qué equipo podrá derrotar al contrario, si al menos uno de sus miembros se pregunta honestamente si en verdad se trata de vencer? Hamlet, como sabemos, fue incapaz de dar un paso al frente. En tanto que herederos de la interrogación socrática, no podemos evitar permanecer en un cierto estado de suspensión. La duda —la posibilidad de poner entre paréntesis el incuestionable dato inicial— sostiene, en gran medida, el ethos occidental. Y es que la relación entre la filosofia y el escenario de la vida no deja de ser, cuanto menos, problemática, pues es muy difícil seguir jugando el juego que se está jugando una vez uno se pregunta qué significan en verdad esas grandes palabras que pretenden justificarlo. Una vez te has planteado la cuestión —una vez te preguntas por la realidad de las imágenes que te mueven a actuar— se pone cuesta arriba seguir con el papel. El mundo deja de hablarte: los dioses se baten en retirada. Por eso, quienes no podemos evitar la reflexión —ese volver sobre lo dicho— no podemos dejar de preguntarnos cómo regresar, cómo seguir jugando una vez hemos caído en la cuenta que la verdad del juego no coincide la verdad que debe defenderse sobre el escenario.

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