pachá

octubre 8, 2010 § Deja un comentario

Una cosa es ponerse a bailar y otra ponerse a bailar sabiendo lo que está en juego. Si le preguntaras a quien mueve el esqueleto en las pistas de Pachá por qué mueve el esqueleto de ese modo, probablemente te diría que porque le gusta. Sin embargo, cualquiera que observase una pista de baile desde una cierta distancia —cualquier espectador, cualquier teórico— no tardaría mucho en darse cuenta de que lo que está en juego no es, propiamente, el darse un gusto, sino el hecho de ofrecerse como un cuerpo reproductivamente apto. De lo que se trata es —cómo no— de ligar. Una discoteca es, en el fondo, un mercado. La cuestión, sin embargo, es si uno puede regresar a la pista —o mejor dicho: cómo puede hacerlo— una vez sabe de qué va tot plegat. Esto es: si uno puede volver a bailar diciéndose que va a ofrecerse como cuerpo reproductivamente apto. Hay ciertos juegos —probablemente, aquellos que importan— que solo pueden jugarse si no se explicitan las reglas del juego. Una vez éstas han salido a la luz —una vez uno es consciente de lo que se juega en verdad— o bien deja de jugar o bien juega irónicamente, esto es, con aquella sinceridad con la que el buen actor representa su papel. Sin embargo, ¿qué tipo de relación —qué tipo de vínculos— podrá establecer el actor con quienes comparten la representación, si solo él es consciente de lo que, en el fondo, se trata? ¿Acaso podrá darse un trato entre iguales? Es obvio que el yo que subyace en cada caso no es el mismo. El yo de quien baila porque le gusta no es el mismo que el de quien se pone a bailar manteniéndose a una cierta distancia de su deseo de bailar. Este segundo yo es, sin duda, más elevado o, si se prefiere, más abisal. Al fin y al cabo, puede que la cuestión del regreso sea la única cuestión pendiente de quien ha visto más de lo debido.

 

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