excursus
octubre 12, 2010 § Deja un comentario
La experiencia de la realidad propiamente dicha no coincide con las sensaciones que provoca nuestro trato habitual con las cosas. Ciertamente, no puedo evitar la sensación de que estoy cogiendo una botella real cuando efectivamente la cojo. Pero cuando la cojo con un determinado propósito, por ejemplo, cuando pretendo tomar un trago, difícilmente caigo en la cuenta de que se trata de algo otro ahí. Lo que tengo presente —lo que se hace presente— no es la alteridad de la botella, sino mi propósito, o siendo más preciso, la imagen de aquello que lo satisface. Así, el carácter otro de lo real —el hecho de que lo real se encuentre siempre ahí— no se hace presente mientras lo real (a)parezca como lo que se halla a nuestra entera disposición a la manera de los productos de un supermercado. Cuando las cosas se muestran como aprehensibles, todo pasa y nada en verdad otro acaba de tener lugar. El carácter otro de las cosas es, precisamente, lo que olvidamos, mejor dicho, lo que debe ser olvidado en nuestro trato con las cosas, precisamente, para que ese trato sea eficaz. Más aún: cuanto más eficaz sea este trato, cuanto mayor sea nuestra adaptación al entorno, menor será percepción de algo en verdad otro. Una vez nos hemos integrado en nuestra circunstancia somos una cosa entre otras, un centro de procesamiento de datos, un cuerpo capaz de reaccionar eficazmente a ciertos estímulos. El trato debe interrumpirse —tiene que hacerse el silencio— para que algo tenga en verdad lugar. Así, tan solo es posible caer en la cuenta de la alteridad de lo real una vez se interrumpe el intercambio propio de cualquier adaptación, es decir, una vez fracasamos en nuestro intento de hacer del mundo un hogar. Como enajenados del mundo, las cosas dejan de hablarnos, caen en el sopor de las cosas muertas. Todo deviene extraño. Sin embargo, sigue siendo cierto que solo en medio de un mundo des-animado —solo en medio del desierto, del simple y vacío ahí—, algo puede, mejor dicho, tiene que ocurrir en realidad. Porque no hay nada ahí —porque la nada es, en definitiva, lo que hay— se da algo así como un deber ser. O por decirlo a la manera de Heráclito, únicamente hay oscuridad donde la oscuridad se da como lo que reclama la luz. Al fin y al cabo, algo otro solo puede acontecer en verdad sobre el fondo mismo de la nada. La realidad —el carácter Otro de lo que tenemos a mano— es el porvenir de un mundo inerte.