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octubre 16, 2010 § Deja un comentario
Nada de lo que sucede en verdad puede ser constatado. El acontecimiento —lo que provoca nuestra estupefacción— no es propiamente el hecho, sino lo que tiene lugar en el hecho. Un simple hecho no tiene nada de simple: ahí todo es mezcla. De este modo, un mal aliento, una mirada distraída o preocupada, el crujido de los intestinos… pueden, sin duda, aparecer en el momento decisivo, aquél en que nuestra mano de príncipe, por ejemplo, busca a tientas y no sin temblor acariciar los párpados de nuestra bella durmiente. Será cierto, pues, que para caer en la cuenta de lo que en verdad sucede necesitamos alejarnos, tomar las debidas distancias, abstraer. Como si la verdad solo pudiera darse como lo que fue. Como si lo que debe ser solo pudiera acontecer como la fatalidad del ayer o de un destino vacilante.