la boquería

octubre 17, 2010 § Deja un comentario

El otro día en una charla sobre las nuevas sensibilidades religiosas tuvimos que oir aquello de que el verdadero dialogo interreligioso no se da en los foros de los «especialistas», sino en la cola del mercado, en el autobús, en la sala de espera del CAP… allí donde, se sobreentiende, nos vemos obligados a compartir espacio con el musulmán, el hindú, el animista. Sin embargo, esto sencillamente no es cierto. En la cola del mercado, por lo común, no se dialoga sobre religión. Lo que se lleva en las colas del mercado es, en el mejor de los casos, un modelo de convivencia o un comportamiento ejemplar, cuyo presupuesto es, precisamente, vamos a dejar a un lado nuestras diferencias religiosas y, sobre todo, sociales. Así, una cosa es que no debamos pelearnos por los asuntos de Dios y otra creer que sólo podremos estar en paz, mientras podamos decir que en el fondo todos creemos en lo mismo o, lo que es peor, mientras no le demos una especial importancia a nuestras certidumbres. Pero donde nos tomemos en serio el diálogo con quien piensa de otro modo, difícilmente podremos ahorrarnos la cuestión de la verdad. Es posible que la verdad —y más en estos temas— no se imponga, al fin y al cabo, como algo constatable por cualquiera. Sin embargo, lo cierto es que, sea como sea, la cosmovisión que comprendre el sufrimiento humano como debido a un karma maldito no parece armonizable con la fe que invoca infructuosamente a un Dios que debiera ser justo. Una de las dos, sencillamente, tiene que estar equivocada. Y es que el Dios de los arrojados de este mundo —el Dios de los deportados— no puede ser, precisamente, una divinidad cósmica, un dios presente por doquier. Una vez más, el pensamiento progre de hoy en día termina por escupir, contra pronóstico, sobre los cuerpos de las víctimas en nombre de una divinidad devaluada.

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