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octubre 17, 2010 § Deja un comentario

Aquellos sacerdotes que animan a su parroquia como si fueran cheerleaders de la fe, probablemente se engañan a sí mismos, pues de lo que se trata no es de decir a la gente «ven que te lo pasarás bien», sino de dar la fe a quien no la posee, esto es, dar esperanza a quienes ya ni siquiera pueden concebirla. Necesitamos más Manolos Fortuny y menos coristas, más sacerdotes —o simples creyentes— que se atrevan a constatar con amable desprecio —esto es, como quien constata un día de sol— que, quienes nos pasamos el día en medio del super, llevamos, sencillamente, una vida de mierda. El cristianismo necesita, al fin y al cabo, sacerdotes que no tengan demasiado miedo a quedarse sin parroquia por decir las cosas por su nombre.

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