pan-(de)-rico

octubre 23, 2010 § Deja un comentario

Una cosa dedicar gran parte de tu vida a, por ejemplo, aumentar la venta de donuts y otra preguntarse qué hay más allá de todo eso. Una cosa es adaptarse con mayor o menor eficacia a la circunstancia y otra cruzar el desierto. Una cosa es ganarse la vida y otra ganarla. Una cosa es ceder al deseo y otra preguntarse qué quiero en verdad. Una cosa es verte como cuerpo digerible y otra asombrarme ante el hecho de que estés ahí, frente a mí. Una cosa es el cuerpo y otra el alma. Entre una cosa y otra se diferencian los hombres. La vida de quien se interroga a sí mismo —la vida sin quietud de quien busca eso inalcanzable que, sin embargo, debe ser alcanzado— no posee el mismo valor, el mismo alcance, precisamente, que la de quien se contenta con reaccionar… aun cuando la primera no sepa a ciencia cierta qué hacer de sí misma y la segunda, probablemente, lo sepa demasiado. La primera vuela —sus manos están vacías—, la segunda se arrastra por ahí.

(Y, sin embargo, este el vértigo: que ninguna de estas diferencias valga ante Dios. Cualquiera de los que desprecias, sea una sucia rumana o una pija —un kumba o un snob— puede, perfectamente, responder antes que tú. No obstante, si alguien puede responder es porque ya ha dejado de ser lo que parece —ya habrá sido debidamente despellejado—: y es que nadie responde a Dios —en realidad, a sus enviados, las víctimas de la Tierra— como aquello que es en medio de la vida, sino como ese resto que pervive más allá de la muerte.)

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