intelectualismo moral

octubre 24, 2010 § Deja un comentario

La librería de segunda mano es atendida por un empleado gris. Nunca le he visto sonreir. Vive solo y es muy probable que en casa se pase las hora muertas colgado del televisor o del sexo virtual. Tampoco se le conocen amigos. Lo dicho: un hombre gris, un hombre triste. Sócrates diría que es como es porque no sabe ser de otro modo. Que su infelicidad es, al fin y al cabo, fruto de su ignorancia. La circunstancia no lo explica todo: en un mismo mar, hay quienes saben sortear tempestades y quienes ni siquiera saben cómo levar anclas. Es difícil no admitirlo: su vida parece, pues, un error. Y probablemente lo sea. Con todo ¿es posible que tan sólo quienes fracasan, aquellos que no saben llevar su vida a buen puerto sean más sensibles, en definitiva, a la nada que nos soporta? Como si la felicidad fuera simplemente una ilusión…

Sin embargo, la buena vida de Sócrates en modo alguno fue un espejismo. ¿Acaso puede seguir fantaseando quien reconoce que, al fin y al cabo, él sólo sabe que no sabe nada? La confesión socrática ya nos da a entender que el saber propio de quien sabe vivir no puede entregarse como receta, con sus ingredientes y sus tempos; que, en cierto sentido, se trata de un saber acerca de la nada. Y es que, en cualquier caso, caben dos actitudes ante esa nada fundamental, subyacente, decisiva: la de quien se hunde con ella y la de quien reconoce desde esa misma nada el milagro de un día de más. Esto es: o depresión o ironía.

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