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noviembre 23, 2010 § Deja un comentario
Si es cierto aquello tan cristiano de que las víctimas nos juzgarán, entonces ¿por qué nos sorprende que la turba se atreva a colgar al aristócrata, incluso si se trata de un aristòcrata del espíritu? Si es cierto que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja… ¿debería escandalizarnos que aquellos que se arrastrán por la vida como bestias y encima huelen mal acaben por escupirnos en la cara mientras nos dirigimos al cadalso? ¿O acaso creemos que un juicio final va en serio sin guillotina? Las revolución francesa —y, por extensión, la rusa del 17— solo fueron posibles como revoluciones cristianas —o, como se dice técnicamente, como tiempo escatológico—. Como si se tratase de un trailer de los últimos días.
(Sin embargo, se confirma una vez más que Dios y Mundo no acaban de entenderse. Si bien, una revolución social solo cabe en una era cristiana, en definitiva, allí donde no hay más Dios que un pobre Dios, ninguna revolución acaba por ser cristiana. Pues lo que ningún revolucionario puede admitir sin traicionar el espíritu de la revolución es que el juicio de las víctimas se dé cristianamente como perdón. Y quizá sea por eso que una revolución, al fin y al cabo, mantiene el mismo orden de siempre… solo que del revés.)