la humana comedia
noviembre 24, 2010 § Deja un comentario
Durante la infancia, juegas. Luego, comienzas a soñar. El ídolo, esa promesa, se encuentra ahí como un futuro garantizado. Más tarde, te juntas con alguien, quizás engendres unos cuantos hijos. Trabajas, en el mejor de los casos, y cada día se convierte en una repetición de lo mismo. Nada nuevo puedes esperar. En vez de lo extraordinario, obtienes su simulacro, la novedad. Creíste que no vivirías como los demás —creíste que tu vida sería de lo más excitante— pero con el tiempo viste cómo tu vida se convirtió en un oficio. Creíste que serías como don Juan. Pero ignorabas que todas las seducciones acaban por ser la misma seducción, que la novedad por la novedad llega, contra pronóstico, a cansar. Te soportas gracias a que tus espaldas no soportan ningún silencio. ¿Acaso vivir consiste en esto? ¿En arrastrarse? ¿Es, al fin y al cabo, tan distinto ser cajera del Caprabo que abogado en Cuatrecasas? Suponemos que sí y sin embargo… Es posible que en Cuatrecasas hayan más asuntos pendientes. ¿Cómo tenemos el tema de la SEAT? ¿Y el de la fusión de carteras? El grado de la distracción es, sin duda, mayor. ¿Basta con eso? En ambos casos, la vida misma dejó de ser algo por venir —algo que se pretende más allá del dato biológico—. En ambos casos, no queda vida por delante, sino a lo sumo una vida de más. Ya estamos, por tanto, muertos. Ahora solo queda esperar el final del cuerpo. No tienes que pasar cuentas a nadie. Morirás como si no hubieras existido. Ningún destino tiene que realizarse donde nada hay de inalcanzable.