Paris

noviembre 24, 2010 § Deja un comentario

Muchos cristianos creen sin pestañear que de lo que se trata es de llegar a ser buenos. Y esta convicción tiene algo de indiscutible. ¿Acaso esas personas que son buenas de mena no nos hacen sentir bien? ¿Acaso ellas no extraen por simpatia —por vibración— lo mejor de nosotros mismos? Como si de hecho se tratara al fin y al cabo de sintonizar con la frecuencia de la bondad… ¿Quién podrá discutir que se trata de una posibilidad muy nuestra? ¿Quien negará que una vida buena sea, precisamente, buena? Sin embargo, de lo que se trata, cristianamente, es de otra cosa. Propiamente, no se trata de sintonizar, sino de responder. O por decirlo de otro modo: no es cuestión de ser buenos para poder, así, responder, sino de responder a secas. Admitamos que quien se encuentra en verdad sometido al mandato de Dios —el que nace del estómago de los marcados por el silencio de Dios— no puede seguir siendo como antes. Demos por hecho que quien responde terminará por ser más bueno, como quien dice, pues resulta difícil que nuestra sensibilidad no se transforme donde respondemos a la llamada de lo alto. Pero lo desconcertante, por no decir inaceptable, es que nada de lo pueda hacer el hombre para alcanzar a Dios garantiza que pueda en verdad responderle. Más bien —y ésta es, sin duda, una convicción cristiana— quien cree que puede aproximarse a Dios orgullosamente, quien cree que es posible amar al pobre sin que ese mismo amor le destruya —sin que esa entrega disuelva cualquier posible confianza en uno mismo—, no se contará entre aquellos que fueron capaces de Dios.

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