una historia de fantasmas
diciembre 6, 2010 Comentarios desactivados en una historia de fantasmas
Una cosa es tratarse y otra encontrarse. Un trato es, en cualquier caso, un intercambio: tú me das, yo te doy. Un trato afecta solo a los modos de ser, a nuestros rasgos o aptitudes, a lo que, en definitiva, podemos ofrecer: nuestra belleza, nuestra simpatía o inteligencia, nuestro buen hacer… Como es de esperar, no cabe ningún trato donde no tenemos nada que ofrecer, donde no poseemos valor de cambio. Un trato como tal no puede ir más allá. La misma palabra resulta ya de por sí significativa: un trato es un (con)trato. Más aún: tan solo recibo del trato aquello de lo que puedo en cierto sentido apropiarme, aquello que puedo asimilar, ingerir. Estrictamente hablando lo que el otro me ofrece siempre acaba siendo mi parte. Todo trato se juega, pues, en el terreno de la sensibilidad más o menos elemental. Y lo mejor —¿quién podría ponerlo en duda?— es llegar a un buen trato.
Un encuentro, sin embargo, es otra cosa. Quienes se encuentran interrumpen, precisamente, su trato. Dejan de tratarse… por intratables. Quienes se encuentran mantienen su distancia. De hecho, aquello con lo que te encuentras siempre se encuentra más allá de su aspecto o modo de ser. Es, literalmente, lo intangible del otro, aquello que en modo alguno podrás ingerir: su nada. Por eso nunca se encuentran los cuerpos, sino tan solo las almas. Y quizá por eso mismo también los encuentros suelen ser breves. Un alma no acaba de ser, no acaba de tener lugar aquí. Nuestros modos de ser nos diferencian, pero el alma —ese hardcore de la existencia— es siempre lo mismo: un no reconocerse por entero en nuestro modo de ser. Decir alma es decir falta de coincidencia con uno mismo. Una vaca es una vaca. Una vaca no es más que lo que muestra. Pero no hay hombre que no sea un extraño para sí mismo. O por decirlo de otro modo: lo propio del yo es que no es lo que parece. Decir alma es decir, por tanto, indigencia. Por eso solo pueden encontrarse en verdad los muertos, las existencias terminales… los restos de serie, aquellos cuyo modo de ser ya ha perdido todo posible valor de cambio. Esta es sencillamente la verdad de los hombres: que en verdad estamos, como quien dice, fuera del mundo.
(Con todo, es cierto que no podemos permanecer en esa verdad. De vuelta, el mundo nos obliga al trato, a la adaptación. ¿Cómo puede tratarse, así, aquellos que se encontraron? ¿Cómo pueden regresar? ¿Cómo evitar, si esto es posible, que las brasas se conviertan en cenizas? Puede que no tengan más remedio que fantasear. Puede que tengan que tratarse como si en su interior habitara un fantasma. ¿Acaso nuestra más íntima indigencia, como acabamos de indicar, no posee una naturaleza espectral? El problema es que donde damos por hecho que no hay más que cuerpos no pueden haber fantasmas. Sin embargo, ¿quién dijo que quienes ven fantasmas los ven como si vieran una cosa entre otras… solo que más tenuemente? Puede que haya más verdad en la imagen imposible que en la chata descripción de lo visible. Al fin y al cabo, si podemos ver a alguien ahí es porque su alteridad —su verdad, ése su no ser nadie para sí mismo— es, precisamente, invisible.)