mitologías

diciembre 14, 2010 § Deja un comentario

Un mito disecciona la realidad: por un lado el bien, por el otro, el mal; por un lado, lo deseable, por el otro, lo repugnante. Ahora bien, un mito no describe el mundo: lo somete a su exigencia. La madastra de Blancanieves no puede ser bella. Un cuerpo bello no puede oler mal. Un mito, al fin y al cabo, nos orienta en este mundo, lo hace habitable. Por medio de los relatos míticos, sabemos a qué atenernos, qué podemos esperar. Lo siniestro —la presencia del mal en el corazón del bien— es lo que nos resulta no ya incomprensible, sino, sobre todo, inadmisible. Sin embargo, no hay que ser Lacan —no hay que alcanzar las sutilidades de la dialéctica— para descubrir que la experiencia de la realidad es, por defecto, traumática:  nuestro contacto con lo real es, sencillamente, insoportable. La Cosa —el núcleo duro de lo que tenemos ahí delante— es al mismo tiempo fascinante y repugnante. Una vulva. Literalmente, lo real es monstruoso, excesivo. Como el Dios bíblico que es indistintamente misericordioso y terrible. Por eso, la condición misma de nuestro trato con las cosas es expulsión de la Cosa al más allá. Si hay mundo es porque la Cosa —lo real— no puede ser algo de este mundo. Quienes creen —a saber, todos nosotros— que es posible separar las dos caras de la moneda viven pendientes de una imagen, en lacaniano de un fantasma. Al fin y al cabo, es como si solo pudiéramos adaptarnos a este mundo en falso. No en vano Lacan retuvo durante tanto tiempo el cuadro de Courbet sobre el origen del mundo. Por algo será. Lacan pudo ser un impostor, pero, desde luego, no fue ningún imbécil.

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