ya soltamos al chivo
enero 9, 2011 § Deja un comentario
Creemos que los hechos bastan. Que no hay más que lo cuantificable. Depende, sin embargo, de cuál sea el trato. Supongamos que nos pasamos una temporada solos en una cueva o en una celda monástica que para el caso es lo mismo. Es probable que, al disminuir el nivel de serotonina, nos sintamos deprimidos, despreciables o, cuanto menos, empequeñecidos. Si se trata simplemente de restablecer el equilibrio —si se trata simplemente de volver a sentirnos bien— tendremos bastante con añadir serotonina a nuestro sistema nervioso. Ahora bien, si se trata de la relación que podamos tener con nosotros mismos, entonces no basta con decir que tan solo se han alterado los niveles de tal o cual neurotransmisor u hormona. Nadie se relaciona propiamente consigo mismo hasta que de algún modo no deviene un extraño para sí mismo… y la fuente de la extrañeza de sí es, en cualquier caso, la irrupción de lo real, esto es, la invasión de lo en verdad otro, de lo que no puede ser asimilado. La cuestión no es, por tanto, qué sensaciones, sino qué experiencia podremos alcanzar —o mejor dicho: nos dará alcance— en medio de nuestra soledad. Y es que a diferencia del inventario de las sensaciones, en toda experiencia algo acontece precisamente como algo-otro-ahí. No hay experiencia que valga donde las sensaciones no apuntan a algo que en cierto sentido nos supera. La experiencia no es solo sensacional. Así, o bien el estado de las sensaciones revela algo o bien no hay propiamente experiencia. Por eso, si de lo que se trata es de mantener una relación con nosotros mismos necesitamos saber qué re-presentan —qué significan— esas sensaciones que surgen en la soledad de la cueva. No basta con un análisis de sangre. Más aún: lo real solo podrá hacerse de nuevo presente, esto es, re-presentarse a través de una imagen imposible —o, como en el caso del judaísmo, del nombre que no nombra—, pues toda representación, por definición, solo puede representar lo que en sí mismo no puede estar presente, a saber, la extrañeza propia de lo real. No obstante, a la hora de responder a la cuestión acerca de lo que acontece, no será lo mismo una imagen que otra. No será lo mismo decir, por ejemplo, que estamos depres porque hemos sido poseídos por los espíritus maléficos del desierto que decir que en medio de la soledad emerge lo más profundo de nosotros mismos, nuestra incapacidad, nuestra impotencia. Aquí la metáfora resulta, una vez más, fundamental. Esto es: fundante. El yo que surge en cada caso no puede ser idéntico. En el primero, el yo es tan solo un campo de batalla de potencias divinas. En el segundo, el combate es siempre interior. En el primero, la indigencia es algo que me pasa. En el segundo, aquello que me pertenece. En el primero, lo extraño permanece en el afuera. En el segundo, deviene lo más íntimo de uno mismo. Se equivocan, pues, quienes sostienen que no hay más que simples hechos. Los hechos no son más que sombras de una realidad que no adviene sin metáfora.