aurea mediocritas

enero 29, 2011 § Deja un comentario

La historia posee sus constantes. Una es la del desprecio que sufren quienes al levantar la cabeza por encima del resto, ven que tras el muro no hay nada. O lo que viene a ser lo mismo: que lo que hay es la nada. Sin embargo, solo porque descubren la nada más allá, pueden ver el más allá en el rostro de los hombres. Si los cuerpos son más que cuerpos —si son en realidad transfigurados por la presencia del más allá— no es porque representen, ejemplifiquen una imagen arquetípica, sobrenatural, sino porque soportan en lo más íntimo el peso de la nada. No obstante, ésta es la intimidad que la turba no podrá admitir fácilmente. De ahí su desprecio: «filosofadas», dicen. ¿Debería extrañarnos, pues, que la reacción de quienes pudieron ver por encima del muro sea, de hecho, la de un tomar las debidas distancias? El «pathos de la distancia», como decía Nietzsche, no es orgullo: es supervivencia. La mediocridad es, al fin y al cabo, irrespirable. Aunque por eso mismo, para los espíritus elevados no deja de ser desconcertante que quien sufrió hasta la maldición el peso de esa nada —aquél que debería haber mantenido, precisamente, la máxima distancia con el resto de los hombres—, decidiera ponerse en manos de los más miserables. Como si, en definitiva, la única redención fuera, no ya la que podría alcanzar una imposible paideia —ése en todo caso sería el sueño de la cultura, sino la que nace del sacrificio de los hombres que vienen de Dios, aquellos que en verdad fueron engendrados por su gran silencio.

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