mitológicas

febrero 14, 2011 Comentarios desactivados en mitológicas

El hombre, por defecto, habita un mundo mítico, el mundo de la infancia. Pero ¿qué dice el mito? Pues que hay bien y mal como hay día y noche, belleza y fealdad. El espacio abierto por el mito —el espacio mismo de la cultura— es necesariamente un espacio bipolar. El cosmos nace del corte seco, preciso, sanagrante de Teseo. Tan solo en el interior de este espacio, el hombre puede comprenderse a sí mismo como un ser definido por su indefinición, esto es, como alguien marcado definitivamente por el lugar que ocupa entre la divinidad y las bestias. Ahora bien, este espacio solo es posible donde la realidad ha sido dejada atrás, olvidada, repudiada. Y es que lo último no es la separación, sino la indistinción de esos poderes incompatibles que el mito expone, precisamente, como si fueran algo último. La realidad es en realidad densa, opaca, impenetrable. ¿Debería extrañarnos, pues, que el hombre, por decirlo a la manera de Eliot, no pueda soportar demasiada realidad? Únicamente en el seno de una cultura —y, por consiguiente, en lo falso—  pueden los hombres existir humanamente. Como la imagen de la Górgona, la realidad es fascinante y repulsiva a la vez. Por eso quienes soportan el peso de la realidad tarde o temprano se dan cuenta de que la máxima belleza es monstruosa; que el día exige la noche como su condición de posibilidad; que el bien no puede realizarse sin una u otra forma de violencia; que una de las raíces del mal es querer cortar el mal de raíz…  Una vez se derrumbaron los altos muros del mito —la cultura, la religión—, el hombre solo puede sobrevivir a la irrrupción de lo real como resucitado.

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