paradise
febrero 28, 2011 Comentarios desactivados en paradise
¿Alguien se imagina un Paraíso con deberes morales? En el mundo de la comunión de los santos todo se haría por inclinación (sobre)natural. Ningún conflicto puede habitar en lo más profundo de los entes espirituales. Ninguna exigencia se les impondría contra su sensibilidad. De hecho, el combate interior solo aparece donde seguimos divididos y, por defecto, no hay división que valga para quien ha logrado, más allá de la muerte, la anhelada integridad. Un santo coincide, pues, con su modo de ser. La vida de los santos sería, al fin y al cabo, un juego y el cielo un chiquipark. La estética, el puro gozo de vivir, se revelaría como el summum de la existencia y la ética, en definitiva, no sería más que esa escalera que dejamos caer una vez alcanzamos la altura deseada. Los santos son, así, como niños. Son lo que son. Sin mandato que los mantenga fuera de sí mismos. No obstante, ¿quién puede desear honestamente esta santidad? Un cielo paradisíaco ¿no supondría el más espantoso de los vaciamientos? ¿Acaso esa beatitud —esa inocencia, esa integridad— no es la de las alimañas? Para los hombres, no hay beatitud que no sea un descenso, una humillación, una kenosis. Un santo que haya dejado atrás la posibilidad del mal, tampoco puede, propiamente, ser bueno. Un santo, en este sentido, es un idiota moral, una bestia etérea. Una vez más se confirma el carácter perverso de nuestros ideales de pureza. Y es que la imagen de una vida sin mácula siempre representa lo que en modo alguno podríamos humanamente admitir.