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marzo 1, 2011 Comentarios desactivados en aceras

Hoy me crucé con dos ancianos. Uno andaba con dificultad. No podía, literalmente, levantar cabeza de tan curvado que iba sobre sí mismo. Hurgaba en las papeleras. El otro, en cambio, hurgaba en La Central. Vestía bien y acabó por comprar la edición de la pléiade de los ensayos de Montaigne. Charló un buen rato con Marta, la dueña de la librería. Diría que estaba lo suficientemente satisfecho de sí mismo. Lo más probable es que su vida sea, lo que se dice, una vida lograda, mientras que nadie quisiera para sí la vida quebrada del primer anciano. Resulta, pues, desconcertante, por no decir humanamente inaceptable, que alguien pueda decirnos que, del lado de Dios, la vida del primero es más verdadera que la del segundo. ¿Qué clase de Dios es aquél que dice amar a quienes abandona? ¿Cómo hemos podido creer con tanta facilidad que posee más valor una vida sin valor? El cristianismo, hoy en día, está lejos de ser esa provocación que originariamente fue. Se confirma una vez más que la mejor manera de desactivar al provocador es dándole, precisamente, la razón. En un mundo cristiano —en un mundo en donde el escándalo del evangelio se ha convertido en un lugar común— el cristianismo ya no tiene, ciertamente, nada que decir.

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