distancias

marzo 1, 2011 Comentarios desactivados en distancias

Cualquiera de los nuestros, a diferencia, por ejemplo, de los orangutanes es capaz de sentir vergüenza. De hecho —¿quién podrá negarlo?— la posibilidad de la vergüenza es lo que provoca la gran brecha entre ellos y nosotros. Al fin y al cabo, si podemos decir ‘yo’ es porque nuestro cuerpo es algo extraño, algo a lo que, tarde o temprano, debemos enfrentarnos. Si soy alguien para mí mismo es porque no termino de admitir la integridad de mi cuerpo. El mandato fundacional es, así, incuestionable: hay algo en mí —algo de lo que no puedo desprenderme— que debe ser ocultado, encubierto, ignorado… como si no existiera. Decir humano es decir, pues, intimidad. No hay humanidad que no cabalgue sobre el secreto. Ni siquiera los nudistas pueden andar desnudos: ellos también tiene su rincón para hacer sus cosas. De esta forma y salvo que decidamos vivir en un tonel, existimos como culpables. Nadie nunca se encuentra donde está. Y quizá por eso mismo el colmo de la conciencia —el síntoma de la mayor elevación— sea el de sentir asco, no ya de ese grano de pus que siempre nos acompaña, sino de la propia felicidad. Como si otro y no yo fuera, en cualquier caso, quien gozara en medio de mi goce.

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