le bon sauvage

marzo 6, 2011 Comentarios desactivados en le bon sauvage

Es sabido que Rousseau defiende que el hombre es bueno por naturaleza. Que si es capaz de hacer el mal es porque la sociedad ha corrompido esa bondad originaria. En este sentido, ser malo sería lo mismo que ser una víctima de las circunstancias. Es menos sabido, sin embargo, que todo esto es, hasta cierto punto, gnosticismo secularizado. Lo que en Rousseau es la bondad, en gnóstico, es la chispa divina que habita en el fondo de los hombres. Y el lugar que en Rousseau ocupa la sociedad, en el gnosticismo lo ocupa el mundo. Las diferencias, con todo, son apreciables. Para un gnóstico, la transformación del mundo, más que innecesaria, es inconcebible. En cambio, para Rousseau la revolución no solo es deseable, sino también posible. Más aún: Rousseau no cree que la reconciliación del hombre consigo mismo —o como suele decirse también, la redención— pase por desprenderse de la máscara que encubre al verdadero yo, sino de transformar el mundo para que el hombre pueda vivir conforme a lo que, en el fondo, es: un buen salvaje. Así, no es causal que, en un mundo sin cielo, la divinidad gnóstica acabe por reducirse a una idea de cómo debería ser el mundo. El más allá que exige la redención del hombre deja las alturas para transformarse en el horizonte de la historia. Entender, pues, el giro que va del gnosticismo a Rousseau supone, al fin y al cabo, entender la Modernidad como el triunfo paradójico del gnosticismo frente a una tradición judeocristiana, según la cual, el hombre, sepultado por una culpa originiria, solo puede se capaz de Dios en tanto que sufre el silencio de Dios.

 

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