carlos y martin salen de paseo cogidos de la mano

marzo 12, 2011 Comentarios desactivados en carlos y martin salen de paseo cogidos de la mano

Marx dijo, con cierta razón, que la existencia precedía a la esencia. O por decirlo a la manera de Heidegger: el trato cotidiano con las cosas que nos rodean posee, aunque no seamos conscientes de ello, una carga teórica, una visión de largo alcance. Así, nadie puede ser, por ejemplo, budista zen, si su modo de vida le impulsa inevitablemente a tratar a las cosas como, en último término, desechables. La ceremonia del té no puede hacerse con vasos de plástico. Nuestro modo de ser —la esencia según Marx— se encuentra determinado por nuestra praxis. Somos, en definitiva, lo que hacemos. Y la praxis de las actuales sociedades avanzadas, en tanto que se sostiene sobre el supuesto de que todo es, por defecto, transformable, no puede reconocer ningún orden de por sí sagrado. El modo de ser que se corresponde con la visión del mundo como algo por entero disponible es el modo de ser del consumidor. O, por decirlo, llanamente: para nosotros mismos, no somos más que cuerpos sometidos a fuerzas, un amasijo de inclinaciones. Por consiguiente, es difícil que hoy en día, haya alguna norma que, por defecto, se encuentre por encima de nuestras preferencias. No hay principio —no hay orden sobrenatural— que nos indique que es lo que deberíamos desear. De hecho, para el consumidor, todo se da según la medida de su deseo. Todo deseo es, así, legítimo, siempre y cuando no interfiera sobre la posibilidad de que otros puedan también realizar sus preferencias. El único límite al deseo es, por tanto, político, legal, en modo alguno congénito. Esto se observa con claridad en la manera actual de considerar las relaciones afectivas. La preferencia del homosexual, por ejemplo, ya no se encuentra fuera de la naturaleza de las cosas. El deseo homosexual es, en cualquier caso, un deseo diferente del habitual, pero no por ello bastardo. Bien pensado, el paradigma de las relaciones afectivas en nuestras sociedades avanzadas no sería, propiamente, el heterosexual ni el homosexual, sino el bisexual. Y es que para un consumidor cuanta más oferta mejor. No sería extraño, pues, que, de aquí a un tiempo, la fidelidad sea solo un asunto de pobres, un motivo del que socialmente avergonzarse en nombre, precisamente, de la intocable libertad de compra.

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